Carta pastoral de Mons. Casimiro López Llorente: Oremos por los difuntos

Queridos diocesanos:

Al comienzo del mes de noviembre celebramos a Todos los Santos, el día uno, y recordamos a todos los fieles difuntos, el día dos. Todos los Santos son esa multitud  innumerable de hombres y mujeres de todo tiempo y nación, edad, estado y condición que han alcanzado la meta del cielo, que ya gozan para siempre del amor y la gloria de Dios. Todos ellos viven ya con Dios, gozando de su gloria e intercediendo por nosotros para que viviendo como ellos, unidos a Dios en esta vida, podamos alcanzar también la felicidad eterna. Y junto a los santos recordamos en la liturgia de la Iglesia a los difuntos en la Conmemoración de todos los fieles difuntos, el día dos.

En estos días acudimos a los cementerios para recordar con cariño a nuestros difuntos. Este año, debido a la pandemia del Covid-19, en nuestra visita a los cementerios, tendremos que observar las medidas establecidas para evitar los contagios. En muchos cementerios, con la colaboración de los ayuntamientos, se celebrará también este año la santa Misa. No ocurrirá así, por desgracia, en la capital, cuyo ayuntamiento no nos permite celebrar la santa Misa ni tan siquiera en la capilla católica, que han cerrado durante varios días, sin previo aviso ni consulta.

En cualquier caso en nuestra visita a los cementerios, en las parroquias o en casa no podemos descuidar nuestra oración por nuestros seres queridos, ya difuntos. La penitenciaría apostólica ha dado un decreto para favorecer la oración por los difuntos, en las circunstancias actuales del Covid-19, y para poder ganar las indulgencias plenarias para los fieles fallecidos durante todo el mes de noviembre.

“Es una idea santa y piadosa orar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados”, leemos en el libro de los Macabeos (2 Mc 2,12). Siguiendo esta recomendación, “la Iglesia peregrina, perfectamente consciente de la comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos, para que se vean libres de sus pecados. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor” (Catecismo 958). Así expresa el Catecismo de la Iglesia Católica la piadosa costumbre de hacer memoria y ofrecer sufragios por los seres queridos ya difuntos y por todos los difuntos en general. Los sufragios (oraciones, sacrificios, actos de caridad y de misericordia, y en particular la santa Misa, ofrecida por ellos) son la súplica insistente a Dios para que tenga misericordia de los fieles difuntos, los purifique con el fuego de su caridad y los introduzca en el Reino de la luz y de la vida.

Los sufragios por los difuntos son una expresión viva de la fe en la comunión de los santos, como confesamos en el Credo; una comunión que no rompe ni tan siquiera la muerte. Al orar por los difuntos hacemos profesión de nuestra fe en la vida eterna, de nuestra esperanza en un futuro reencuentro con ellos junto al Padre Dios y de nuestra confianza en la misericordia de Dios para que quienes han muerto sean purificados de sus faltas.

Estos son todos aquellos hermanos nuestros que han partido ya de este mundo y han sido salvados por la sangre de Cristo, pero todavía no disfrutan a plena luz de la gloria de Dios. Quienes mueren en la gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados de la suciedad que han dejado en su alma los pecados cometidos en esta vida, han de pasar en el purgatorio por una purificación ante Dios a fin de obtener la santidad necesaria. Dicha purificación comporta dolor y alegría. Dolor porque quema lo impuro que hay en ellos, y alegría porque sabemos que van a ser totalmente de Dios. Nosotros podemos y debemos pedir por esas personas.

Es costumbre cristiana ofrecer la Santa Misa por nuestros hermanos difuntos. Su celebración nos convierte en contemporáneos del sacrificio de Cristo al Padre, a fin de que nos podamos asociar a su gesto de ofrenda y participar en la obra de nuestra salvación,  añadiendo una intención particular por los difuntos, en especial por un familiar difunto. San Agustín recoge en Las Confesiones (IX, 11) las palabras de su madre, Santa Mónica en el lecho de muerte: “Depositad este cuerpo mío en cualquier sitio, sin que os dé pena. Sólo os pido que dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor”. Oremos por nuestros seres queridos ya fallecidos, especialmente en el día de todos los fieles difuntos.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mons. Casimiro Lopez Llorente
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Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.