Carta pastoral de Mons. Jesús Fernández: Nos acompaña <> (Heb 12, 1)

A lo largo de todo el año, la Iglesia celebra la memoria de aquellos santos que ha ido reconociendo como tales a lo largo de los siglos. Consciente de que el listado no se agota con el reconocimiento oficial, la misma Iglesia ha querido concentrar en un día concreto –el uno de noviembre- la conmemoración de todas aquellas personas anónimas que realmente han vivido y reflejado la santidad de Dios.

Todos hemos sido llamados a la vida y a la amistad con el Señor por el bautismo. Peregrinos de la santidad,  tenemos a nuestro lado <<una nube ingente de testigos>> (Heb 12, 1) que nos alientan a no detenernos en el camino. Entre ellos pueden estar familiares nuestros u otras personas cercanas (cf. 2 Timl 1, 5). Todos ellos, aunque ya han llegado a la presencia de Dios, mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. En la peregrinación hacia la santidad, por lo tanto, no estoy solo, como dice el Papa Francisco, <<la muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce>>.

La cercanía y el apoyo de los santos, no obstante, no excluye nuestro compromiso, más bien al contrario: la santidad requiere una apertura permanente al Espíritu Santo que es el que, con su fuerza, hace crecer la semilla bautismal y nos configura con Jesucristo. Animados y apoyados por esa nube ingente de santos anónimos, vivamos nuestra vida en sus momentos más significativos y también en los más rutinarios, asociándonos a la muerte y resurrección del Señor, viviendo plenamente la caridad y modelando nuestra vida según la vida de Cristo. Pregúntale en cada momento al Espíritu Santo qué es lo que espera Dios de ti y permite que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy (Cf. GE 23).

Aunque litúrgicamente se diferencian con nitidez la solemnidad de Todos los Santos y la de los Fieles Difuntos, la religiosidad popular las ha venido asociando, convirtiendo normalmente el primero de los días en el de la visita a los cementerios para recordar y orar por los seres queridos que ya han dejado este mundo. Si esto ha sido tradicionalmente así, sospechamos que mucho más lo será en el presente año, teniendo en cuenta la situación pandémica que estamos padeciendo y que se ha llevado por delante a miles y miles de vidas humanas.

Dejando atrás la lamentable discusión sobre la cifra de muertos, sin duda mucho más abultada que la oficial, el hecho en sí es que todos hemos llorado la muerte de seres conocidos y amados. Los cristianos, por nuestra parte, hemos vivido su partida como la respuesta a una llamada divina: <<Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré>>.  Al mismo tiempo, hemos dado gracias a Dios por el regalo de sus vidas y hemos elevado nuestras preces pidiendo para ellos el descanso eterno.

Dice Mamerto Menapace que, cuando desaparece un árbol del huerto familiar, deja en pie un gran hueco de luz. Para quien no compartió con él, allí no hay nada. Pero, para los que se cobijaron a su sombra, ese hueco de cielo abierto lo vuelve a hacer presente en cada amanecer. Pidamos al Señor que en cada silla de ruedas vacía, en cada butaca desierta, en cada cama fría, sepamos descubrir el rayo de Luz que rescató de la sombra a nuestros seres queridos y los llevó al aposento celestial; un rayo de la Luz que quiere acariciar nuestra soledad y poblar de santidad nuestra vida.

 

+ Jesús Fernández,

Obispo de Astorga