Carta pastoral de Mons. Gerardo Melgar: Festividad de Todos los Santos

Ser santos sería la máxima aspiración que deberíamos tener todos los creyentes en Jesús porque la santidad es la vocación a la que esta­mos llamados todos.

A los niños y a los jóvenes les pre­guntamos, a veces, los mayores: Tú, ¿qué quieres ser cuando seas mayor? Y el niño o el joven nos responderá que futbolista porque son famosos, o médico porque quiere curar a los enfermos, o actriz de cine porque ga­nan mucho dinero, etc. Pero ninguno nos responderá que cuando sea ma­yor quiere ser santo.

Es que nosotros nos conformamos con mucho menos que ser santos. Hemos colocado a los santos en una peana demasiado alta e inalcanzable como para que cualquiera pueda as­pirar a conseguirlo y nos parece que la aspiración a la santidad solo es para esos pocos, que son dignos de admirar, pero no de imitar.

Es verdad que el martirologio y el santoral están llenos de personas dignas de admiración porque fueron personas extraordinarias. Son todos aquellos que han sido declarados santos oficialmente por la Iglesia, pero los santos y la santidad no se agotan en los que han subido a los altares y han sido declarados oficial­mente santos por la Iglesia. El san­toral es infinitamente mayor que los declarados como tales oficialmente por la Iglesia En el libro del Apoca­lipsis podemos leer: «Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: «¡La victo­ria es de nuestro Dios, que está sen­tado en el trono, y del Cordero!» (Ap 7, 9-10).

Los santos, salvo algunos con una vida realmente extraordinaria que hicieron y hacen milagros, la mayo­ría fueron y son personas con muchas virtudes, pero también con defectos, con una vida de amor a Dios y a los hermanos, pero también con pecados en su vida. Los santos fueron y son pecadores rescatados por el amor de Dios, que les ha convertido en seres que valoran mucho la presencia de Dios y de su gracia en su vida, que tratan de vivirla desde lo que Dios les pide en cada momento.

Los santos son personas que lu­charon, si ya han muerto, y que lu­chan si viven entre nosotros para que el bien y la voluntad del Señor fue­ra y sea la enseña de su vida: el bien supremo que es Dios y el bien moral que es la vivencia de su vida desde lo que Dios les pide.

La vida de los san­tos es una vida de lu­cha entre el bien y el mal, logrando que en su vida impere el bien y no el mal, la gracia y no el pecado. La vida según Dios y no las llamadas de la sociedad secularista.

Los santos nunca son una anti­gualla de otros tiempos. Todos los santos son plenamente actuales, los que ya murieron porque son un modelo en el que fijarnos en nues­tra vida y a quien podemos imitar; y los que viven junto a nosotros porque son constantemente un tes­timonio vivo que interpela la vida de los demás.

Nuestra vida está rodeada de personas buenas, personas cerca­nas a nosotros: familiares, amigos, etc., con las que estamos convivien­do y que son los santos actuales que tratan de vivir de acuerdo con el estilo de vida de Jesús y son un estímulo y testimonio para cuan­tos los contemplamos, que inter­pelan nuestra vida y nos ayudan a que nosotros también podamos conseguir la santidad que vemos en ellos. Son los «santos de la casa de al lado» de los que habla el papa Francisco en su exhortación Gau­dete et exultate, que son modelo de buenas personas entregadas a Dios y a los demás desde el amor.

La vocación a la santidad no es la vocación de unos pocos privilegiados, es la vocación universal a la que todos y cada uno de los que creemos en Jesús estamos llamados. Por eso, nuestra aspiración mayor en nues­tra vida debe ser la aspiración a ser santos, a encarnar aquellas actitudes que Dios ha suscitado en cada uno de nosotros. Debemos estar empeñados y comprometidos a hacerlas realidad en el vivir diario de cada día.

Dios nos llama siempre, a todas las horas, a la santi­dad, a vivir el estilo que Él quiere que vivamos sus hijos, como a los obreros que contrata el dueño de la viña a dis­tintas horas para que vayan a trabajar a la viña (Cfr. Mt 20, 1 – 13), por la mañana, al medio día y al caer la tarde.

Dios no se cansa de llamarnos, solo queda nuestra res­puesta positiva a recorrer el camino de la santidad, con­tando con su gracia y tratando de vivir desde lo que Él nos pide.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo prior de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
Acerca de Mons. Gerardo Melgar 346 Articles
Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.