Carta pastoral de Mons. César Franco: La purificación tras la muerte

Uno de los dogmas que más cuesta entender a los cristianos es el del Purgatorio, como estado en que, pasado el umbral de la muerte, el alma se purifica del lastre que deja el pecado en la vida del hombre antes de gozar de la visión de Dios. Los motivos de esta incomprensión son varios: Si afirmamos que Dios perdona los pecados por medio de la confesión, ¿no es suficiente el sacramento para entrar en la gloria? Por otra parte, ¿cómo entender que, si morimos en gracia de Dios, necesitamos esperar a verlo cara a cara? Y, si después de morir, el tiempo cesa, ¿qué significa entonces ese tiempo de purificación que llamamos purgatorio? ¿Cuánto dura? ¿En qué consiste? Las imágenes del fuego purificador con que se representa el estado del purgatorio también pueden confundirnos si las interpretamos literalmente. Es evidente que se trata de una metáfora que no puede entenderse con nuestras categorías materiales que son inadecuadas para representar el más allá. También el fuego es un símbolo del amor que purifica y que incita a la caridad. Sabemos, además, que Dios puede purificar el alma en un instante y devolverle la santidad perdida.

La iglesia, en la Escritura y la Tradición, no nos ha revelado muchas cosas sobre el purgatorio. Es dogma de fe definida en los concilios de Florencia y Trento. Sin embargo, lo sustancial del dogma es muy esperanzador: los fieles que mueren en gracia de Dios están salvados, son miembros de la Iglesia y participan de la comunión de los santos. Por eso, podemos ofrecer por ellos oraciones y limosnas, pues, después de la muerte, ya no pueden merecer para sí mismos. Dado que nadie conoce el estado en que una persona muere, la Iglesia celeste y la que peregrina en el mundo interceden por los difuntos para que alcancen la perfección necesaria para ver a Dios. El pecado mortal, además de romper la amistad con Dios, produce en el alma una debilidad de la fe, esperanza y caridad, que necesita ser superada para hacer desaparecer todo afecto al pecado. Por eso, la penitencia que el sacerdote nos propone al confesarnos y la que nos imponemos libremente, ayudan a purificarnos de todo lo que puede impedir la visión directa de Dios más allá de la muerte.

El santo converso John Henry Newman escribió un poema titulado El sueño de Geroncio, de gran valor literario y teológico, que inspiró al compositor E. Elgar (1857-1934), la obra musical que lleva el mismo título. Newman escribió esta obra maestra cuando tenía 64 años como el testimonio sincero y estremecedor del hombre que, ante la muerte, vislumbra el encuentro definitivo con Dios. El poema, que —repetimos— es de una gran profundidad y belleza literaria, intenta describir el momento en que el alma realiza el tránsito de este mundo al celeste, acompañada, por una parte, de la oración de la iglesia peregrina y de la iglesia triunfante, por otra, que viene en su ayuda. Si hago mención de esta obra es porque, en su ascensión hacia Dios, el alma de Geroncio descubre que la belleza y majestad de Dios es tan infinita que  se reconoce indigno de verlo cara a cara: «Yo no merezco ver de nuevo el rostro/ del día y mucho menos Su semblante/ que es el sol mismo. Durante mi vida,/ cuando imaginaba mi purgatorio,/me complacía creer que vislumbrar Su rostro/ como una intensa lumbre entre la llama oscura/me otorgaría fuerzas para el trance».

Así es. Cuando vislumbramos la belleza del rostro de Dios, comprendemos que su «intensa lumbre» nos purifica y nos prepara para el encuentro definitivo con él. Por eso, el cristiano no teme el trance de la muerte ni la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que perfecciona a su criatura.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

Mons. César Franco Martínez
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Mons. D. César Augusto Franco nació el 16 de diciembre de 1948 en Piñuecar (Madrid). Fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1973. Es licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1978. Diplomado en Ciencias Bíblicas por la Escuela Bíblica y Arqueología de Jerusalén en 1980. Es también Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1983. CARGOS PASTORALES Fue Vicario Parroquial de las parroquias San Casimiro (1973), Santa Rosalía (1973-1975) y Ntra. Sra. de los Dolores(1975-1978/1981-1986). Capellán de las Hijas de la Caridad en el Colegio San Fernando (1980-1981); Secretario del Consejo Presbiteral de Madrid (1986 y 1994) y Consiliario diocesano de Acción Católica General y Capellán de la Escuela de Caminos y de la Facultad de Derecho (1986-1995). Fue Rector del Oratorio Santo niño del Remedio (1993 -1995) y Vicario Episcopal de la Vicarçia VII (antigua VIII) de Madrid (1995-1996). El 14 de mayo de 1996 fue nombrado Obispo Auxiliar de Madrid y Titular de Ursona, recibiendo la ordenación episcopal el 29 de junio del mismo año. Desde 1997 a 2011 fue Consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas y ha sido el Coordinador general de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid 2011. Desde noviembre de 2012 hasta su nombramiento como Obispo de Segovia fue Deán de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid. En su actividad docente, ha impartido cursos sobre Biblia en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Eclesiástica “San Dámaso”. El 12 de noviembre de 2014 se hizo público su nombramiento como obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 20 de diciembre del mismo año. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis desde 2014, tras ser de nuevo elegido para este cargo el 14 de marzo de 2017. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Liturgia (1996-1999), de Enseñanza y Catequesis (1996-2008), de Apostolado Seglar (1999-2002) y de Relaciones Interconfesionales (2008-2014).