Carta pastoral de Mons. Salvador Giménez: Orar por los difuntos

Este tiempo de pandemia nos ha hecho conocer sentimientos con los que habitualmente no contábamos. También variadas y extrañas reacciones de las personas que nos rodean. Si todo ello es un aprendizaje que sirve para remover nuestra conciencia buscando relaciones amables, comprensivas y esperanzadas hemos ganado un tanto en este trágico momento.

Os explico una reacción puntual de personas cercanas en estos meses pasados con relación a la muerte. Personalmente me cuesta admitir la sorpresa por el enorme desconsuelo y el desconcierto de los familiares de los difuntos. Había una comunicación oficial de la defunción y una marcha apresurada al cementerio con una presencia exigua de acompañantes y una brevísima oración ante la tumba. Al golpe anímico de la muerte se añadía una despedida sin funeral ni la expresión de duelo por parte de los seres queridos. A muchos les costaba aceptar la ausencia de la dimensión religiosa ante el final de la existencia. En las parroquias se propició un responso y un acompañamiento del duelo y en la diócesis se organizó un funeral, previsto para finales de julio y aplazado, por todos los difuntos de COVID-19 en la catedral el pasado 18 de octubre por la tarde. ¡Qué menos podía hacer la comunidad diocesana!

Fue una gran lección la que recibí por parte de algunos familiares de difuntos. Necesitaban cercanía y, sobre todo, oraciones a Dios por los que habían terminado su vida en este mundo y marchaban a encontrarse con el Señor de la historia. La experiencia fue excesivamente dolorosa y era necesaria una respuesta de los pastores y de toda la comunidad cristiana. La respuesta siempre será la misma: la oración y la cercanía con los que lloran anunciándoles una vez más la esperanza en la resurrección. Si Cristo ha resucitado, nosotros también lo haremos. Ante el profundo dolor de la muerte, el consuelo de las palabras de Jesús sobre la vida eterna.

Me viene a la mente la actitud de tantos cristianos que reclamaban una atención espiritual ante la inminente muerte y un acompañamiento fraterno posterior en estos días en los que tanta gente acude a los cementerios a recordar, a agradecer y, sobre todo, a rezar. Es una nueva oportunidad  para sentirse unidos con aquellos que marcharon en la soledad más absoluta. Cuando nos llegaba la noticia de que alguien había fallecido en esas circunstancias, se adueñaba de nosotros la compasión y el deseo de prestar compañía. En esa lista improvisada de fallecidos había ancianos de residencias, enfermos de mediana edad con patologías previas, algún que otro niño o joven, profesionales sanitarios contagiados en el ejercicio de su profesión. De todos ellos nos acordaremos en nuestras visitas al cementerio. Habrá en nuestro corazón un lugar para vincular nuestros sentimientos con quienes tienen el dolor y la separación tan cercanos.

El Día de Difuntos cobra este año una nueva significación porque aún se vive con mucho miedo, con gran incertidumbre, con fuertes oscilaciones de contagios que pueden llevar a la muerte.  Por la consideración de una manifiesta fragilidad del ser humano seguramente seremos más auténticos y reflexivos cuando leamos el nombre grabado en la lápida o contemplemos la fotografía del finado. Los sentimientos marcados por la tristeza se transformarán en cantos de liberación y en oraciones de esperanza.

Además de las oraciones y los recuerdos de los vuestros, no olvidéis a todos aquellos que, aun siendo desconocidos, han fallecido en este período de la pandemia del COVID-19.

+Salvador Giménez,

Obispo de Lleida

Mons. Salvador Giménez Valls
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Mons. D. Salvador Giménez Valls nace el 31 de mayo de 1948 en Muro de Alcoy, provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia. En 1960 ingresó en el Seminario Metropolitano de Valencia para cursar los estudios eclesiásticos. Es Bachiller en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 9 de junio de 1973. Es licenciado en Filosofía y Letras, con especialización en Historia, por la Universidad Literaria de Valencia. CARGOS PASTORALES Inició su ministerio sacerdotal como párroco de Santiago Apóstol de Alborache, de 1973 a 1977, cuando fue nombrado director del Colegio “Claret” en Xátiva, cargo que desarrolló hasta 1980. Este año fue nombrado Rector del Seminario Menor, en Moncada, donde permaneció hasta 1982. Desde 1982 hasta 1989 fue Jefe de Estudios de la Escuela Universitaria de Magisterio “Edetania”. Desde 1989 a 1996 fue párroco de San Mauro y San Francisco en Alcoy (Alicante) y Arcipreste del Arciprestazgo Virgen de los Lirios y San Jorge en Alcoy (Alicante) entre 1993 y 1996. Desde este último año y hasta su nombramiento episcopal fue Vicario Episcopal de la Vicaría II Valencia Centro y Suroeste. Además, entre 1987 y 1989, fue director de la Sección de Enseñanza Religiosa, dentro del Secretariado de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la CEE, y fue miembro del Colegio de Consultores entre 1994 y 2001. El 11 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo auxiliar de Valencia. Recibió la ordenación episcopal el 2 de julio del mismo año. Fue administrador diocesano de Menorca del 21 de septiembre de 2008 hasta el 21 de mayo de 2009, fecha en la que fue nombrado obispo de esta sede. Tomó posesión el 11 de julio del mismo año. El 28 de julio de 2015 se hacía público su nombramiento como obispo de Lleida. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde 2014. También ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 2005 a 2014.