Guillermo Tejero Moya: La familia es una escuela de amor en la sociedad

Guillermo Tejero Moya, consiliario de la Pastoral Familiar de la diócesis de Málaga
El ámbito catequético y la preparación a la vida familiar son algunos de los ámbitos que trabajan con ilusión desde la delegación diocesana para la familia de la diócesis de Málaga.

El sacerdote diocesano Guillermo Tejero Moya (Málaga, 1977) ha sido nombrado consiliario de la Pastoral Familiar en Málaga, una encomienda que acepta con ilusión y alegría. «Mi labor es acompañar», afirma.

Quien le conoce sabe que el término «familia» no deja de estar en sus labios, ¿verdad?
(Ríe) Efectivamente. Lo uso mucho. Y lo hago porque estoy convencido. Considero que todos somos una familia.
¿Cómo recibe este nombramiento?
Como siempre que recibes una petición de la Iglesia: como un servicio. Puedes decir: «bueno, ¡ahora otra tarea más!», pero si puedes servir desde las limitaciones y capacidades que tienes, es lo que debes intentar. Esta delegación tiene en la cabeza a dos delegados: Toñi Delgado e Ismael Herruzo, y la misión del consiliario es acompañar, animar e ilusionar.
Ha servido también anteriormente en el ámbito de la economía de la Diócesis. ¿Qué tiene de especial este campo concreto de la familia?
Es uno de los pilares fundamentales de la sociedad, por no decir el pilar fundamental. Es nuestra primera sociedad. Nacemos en una, en ella se nos educa, se nos cría. Y la familia tiene que ser esa escuela de amor, en medio de la sociedad. Se ha descubierto en estos tiempos de pandemia que la familia ha estado ahí y que, cuando llega el momento de dificultad o crisis, esas familias que son escuela de amor, que se han creado sobre la base de la fraternidad y el amor de Dios, son familias que saben animarse los unos a los otros. La misión es ayudarles a que todas las familias sean esa escuela del amor de Dios para sus hijos, entre ellos, y a saber llevarla al día a día.
Son vacuna ante toda crisis, lugar para el cuidado de los mayores, educadoras de las nuevas generaciones… Pero ¿quién acompaña a las familias, es esa la labor de esta delegación?
Esa es, sin duda. Intentamos articular, organizar, estructurar y animar, dando instrumentos para que seamos capaces de ser esa vacuna que dices, en medio de estos tiempos, en nuestra realidad concreta (parroquia, movimiento…).
¿Cómo se encuentra la salud de la Pastoral Familiar en la Diócesis de Málaga?
La salud es buena. Me he encontrado con un equipo de gente con muchas ganas de trabajar, que está apostando por un proyecto muy importante en la Diócesis, porque la familia al final es la que sostiene la catequesis, invita a los prematrimoniales… Hay mucha ilusión y se ha trabajado mucho en el ámbito catequético y en la preparación a la vida familiar, y ahora queremos seguir creciendo y ver cómo acompañar a las familias en una situación tan difícil como en la que nos encontramos.
¿Cuál es ahora, en su opinión, el mayor reto de las familias malagueñas que quieren seguir a Jesús de Nazaret?
Quizás estar conectados por la tecnología y no estarlo por el cariño. Es algo que tenemos que cuidar, porque no podemos olvidar la necesidad del encuentro. Es verdad que hay que ser prudentes ahora, pero no podemos olvidar la necesidad de encontrarnos en la parroquia, en la familia, que no se enfríen nuestras relaciones humanas, que es algo muy peligroso. Es un reto, fruto del miedo, en el que es importante no caer. Hay que buscar formas de estar cerca de los demás.
La parroquia es familia de familias. Usted como párroco, ¿qué enseñanza recibe de las familias con las que camina?
Recibo muchas. Veo a las familias y contemplo nombres y apellidos que se esfuerzan cada día en salir hacia adelante, vivir su matrimonio, educar a sus hijos si los tienen, acompañarse… y percibo ese deseo de lanzarse cada día a vivir la voluntad de Dios. Me parece un testimonio entrañable. Son todos esos santos anónimos que el Papa dice y de los que, en mi opinión, la familia tiene muchos. Veo familias que se entregan en sus hogares, que están al lado de sus padres, que cuidan a un hijo enfermo, que se cuidan entre ellos en medio de las dificultades. Son ejemplo de que es posible vivir el amor en las circunstancias actuales y, aún más, vivir el amor de Cristo como un proyecto ilusionante. Para mí es el mayor ejemplo, y ¡para nunca cansarse!
Ejemplo que también le ha dado su familia…
Siempre partes de eso. Yo doy gracias a Dios por la familia que tengo, porque ahí se ha empapado mi corazón de una serie de valores, de Jesucristo, y aunque parece que no, esa siembra al final da una cosecha. Hay que seguir sembrando. Esa es una experiencia por la que doy siempre mucho las gracias a Dios.
¿Qué aporta la vocación a la familia a la Iglesia malagueña?
No puedo imaginarme una Iglesia sin familias. Es su misión: anunciar el Evangelio, salir. ¿A dónde? A las familias. Ir a su encuentro y que sientan que no son instrumentalizadas, sino acompañadas, que son la Iglesia doméstica, ese hogar de Nazaret.
Muchas familias no han encontrado, sin embargo, el tesoro de la fe. ¿Cómo llegar hasta ellas?
No hay mejor manera que el testimonio. Es el que acabará «contagiando» a otros. La bondad y el amor también se contagian. Y es importante crear grupos donde las familias y los matrimonios se sientan respaldados, porque cuando una pareja se embarca en el proyecto de formar una familia, y vienen los niños, los retos, las dificultades… es necesario que haya estructuras en las parroquias que les acojan y les enseñen que sus dificultades no son únicas, sino que otros las han vivido también y han sido capaces de superarlas. Si el amor de Dios está en el centro, no habrá dificultad que sea capaz de romper ese amor.

(Ana María Medina, Diócesis de Málaga)

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