Carta pastoral de Mons. Enrique Benavent: Esperanza y santidad

Los primeros días del mes de noviembre tienen lugar dos celebraciones importantes en el calendario litúrgico: la solemnidad de Todos los santos y la conmemoración de los fieles difuntos. No son días para avivar nuestro dolor, sino para crecer en la virtud de la esperanza. Las personas no podemos vivir sin esperanzas. Quien pasa por un momento difícil naturalmente tiene la esperanza de superar la situación que le preocupa, y quien tiene un objetivo vive con la esperanza de poder conseguirlo y lucha por ello. Una persona sin esperanza es una persona sin ilusión. La esperanza más fundamental de todo ser humano es vivir. Por ello es en la enfermedad cuando esta virtud se pone a prueba de una manera más radical.

La muerte, que es el horizonte de nuestra vida terrena, es la dificultad más grande para mantener la esperanza: “El último enemigo en ser destruido será la muerte” (1Cor 15, 26). Ante ella, para quien no tiene fe, el deseo de vida que hay en el corazón de todo ser humano parece una ilusión para poder afrontar las dificultades, pero en el fondo algo irreal. En cambio la fe en Cristo, que murió y resucitó por nosotros, nos descubre que la meta de nuestra esperanza traspasa los límites de esta vida: “Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad” (1Cor 15, 19). Para el cristiano la verdadera esperanza no consiste únicamente en desear que se superen las dificultades o que se realicen sus pequeños deseos u objetivos, sino en aspirar a la vida eterna.

La esperanza es una virtud. Eso significa que es algo positivo. No consiste en aguardar con resignación una vida posible más allá de una muerte que un día u otro llegará, sino en desear que, cuando venga ese momento, las promesas de vida y de salvación que Dios nos ha revelado en Cristo se cumplan en nosotros y en nuestros seres queridos. Una esperanza vívida como mera resignación ante algo inevitable no nace de la fe y quita la alegría de vivir. La auténtica esperanza cristiana se vive como deseo del cielo y es la fuerza que nos ayuda a crecer en la santidad.

La esperanza hace brotar en nuestro corazón un sentimiento de alegría, porque tenemos la seguridad de que las promesas de Dios se han realizado en muchos hermanos nuestros que han vivido de una manera sencilla y humilde en amistad con Dios. Precisamente hace unas semanas hemos vivido en Asís la beatificación de Carlo Acutis, un joven italiano de de nuestro tiempo, de corazón limpio, enamorado de la Eucaristía, para quien el tesoro más grande era la amistad con Cristo. Afrontó su dolorosa enfermedad con un deseo grande de ir al cielo, dándonos así un testimonio luminoso de auténtica esperanza cristiana.

De la esperanza brota también la oración por nuestros hermanos difuntos. Estos días los recordamos con la serena confianza que nos da la fe, que nos dice que la misericordia del Señor es eterna, que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad y que si ha entregado a su Hijo a la muerte por nosotros, nada nos podrá separar de su amor.

+ Enrique Benavent Vidal,
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.