Las lágrimas del hermano

Hace quince días se publicó la nueva Carta Encíclica del Papa Francisco, titulada Hermanos todos. Como es sabido, mediante esta carta el Papa hace una llamada a vivir en concreto y realmente la fraternidad universal, un mensaje tanto más urgente cuanto más se extiende la crisis y el sufrimiento, cebándose sobre todo en los pobres y necesitados.

Esta llamada a la fraternidad, naturalmente, no es nueva. Resuena en nuestro mundo occidental y en el medio oriente desde hace dos mil años, con el inicio del cristianismo. En otras partes del mundo, más o menos claramente, de la mano de algunas religiones. Adquirió carta de naturaleza en el ámbito cultural y político hace dos siglos y medio con la llegada de la Ilustración y la modernidad en general.

Sin embargo, estamos muy lejos de vivir la fraternidad universal. La carta del Papa comienza constatando los grandes vacíos y negaciones prácticas de la fraternidad en nuestras vidas concretas y en el terreno de las relaciones internacionales. Cada uno podría aportar ejemplos claros de falta de auténtica hermandad.

Dos observaciones evidencian la gravedad de esta falta. En primer lugar, que subrayamos el tremendo adjetivo de “universal”. La fraternidad abierta absolutamente a todos es la más difícil. Porque es relativamente fácil sentirse hermano de quien comparte lazos de sangre, de paisanaje, de gustos y aficiones, de ideas y cultura… Es mucho más difícil tratar como hermano al que aparece como distante o extraño. En segundo lugar, que todo cambia cuando precisamente “el otro”, de quien soy llamado a sentirme como hermano, sufre. Entonces la exigencia de fraternidad se hace más apremiante.

En todo caso, esta es la gran cuestión: ¿qué tengo que ver con el otro, cualquiera que sea? Más concretamente: ¿qué tengo que ver yo con las lágrimas de mi hermano?

Es la gran pregunta que sonó al comienzo de nuestra historia, o mejor, de la historia de nuestros conflictos: “Dijo Dios a Caín, ¿dónde está tu hermano? No sé, respondió. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gn 4,9) Caín quiso escapar, negando cualquier deber de fraternidad.

Alguien dirá que esta pregunta “¿dónde está tu hermano”? se entiende en la narración bíblica, ya que Dios parece poner en evidencia la responsabilidad criminal de Caín. Pero ¿tendría sentido esta pregunta en boca de Dios dirigida hoy a cada uno de nosotros, por ejemplo, en la situación de la presente crisis?

Respondamos a esta cuestión con sinceridad y honradez.

Por un lado, si analizamos las cadenas de causas y efectos que ligan nuestra convivencia social, ¿quién podrá decir que no tiene absolutamente nada que ver con la crisis y el sufrimiento de los demás?; ¿quién se podrá considerar libre de responsabilidad, cuando nuestras faltas no solo son por acciones, sino también por omisiones?…

Por otro lado, todo está más claro, si aplicamos criterios evangélicos para valorar nuestras vidas. Dios Padre de Jesucristo nunca nos ve como individuo aislados, sino siempre como vinculados por lazos de fraternidad, precisamente porque Él es nuestro Padre y de Él heredamos la capacidad de amar como Él nos ama.

Las lágrimas del hermano, que Dios mismo comparte en Jesucristo, ¡también, en Jesucristo son nuestras! Han de ser nuestras, porque estamos vinculados con lazos, que nacen de las manos de Dios y se activan con nuestra voluntad de amar responsablemente.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.