El buen samaritano y la eutanasia

La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española emitió el día 14 de septiembre una nota a propósito de la tramitación en las Cortes de la Ley Orgánica sobre la eutanasia, que califica como una “mala noticia”, ya que la vida humana no está a disposición de nadie. ¿Cómo yo voy a decidir qué vida merece ser defendida y a cuál excluir? Ni siquiera puedo yo disponer de mi vida que he recibido a través de mis padres de Dios creador. Desde el primer momento podemos decir que un ángel nos protege y marca con una señal trascendente. ¿No es signo de esta dignidad el estupor que sienten los padres cuando contemplan a su hijo por primea vez? Procede de ellos pero le deben un respeto especial, ya que no es propiedad suya.

Dos meses antes, el día 14 de julio, hizo pública la Congregación para la Doctrina de la Fe una Carta titulada ‘Samaritanus bonus’ sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Teniendo delante esta importante Carta y en el ambiente en que nos sitúa la triste noticia del Congreso de los Diputados escribo estas reflexiones subrayando el amor al don de la vida, uniéndome a la reflexión de la Comisión Permanente de la CEE y confiando que seamos todos responsables de lo que hay en juego.

El título de la Carta romana nos remite a la parábola del buen samaritano (Lc. 10, 25-37). Es conveniente que no se pase por alto el marco de la parábola, a saber el mandamiento principal de la Ley de Dios: “Amar a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a mí mismo”. A la pregunta del maestro de la ley por el “prójimo” responde Jesús con esta admirable narración. A un hombre medio muerto y tirado en el camino tanto un sacerdote como un levita lo ven, dan un rodeo y pasan de largo. En cambio, un samaritano al llegar donde estaba el herido y verlo, se compadeció, se acercó y vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino; se hizo cargo de él. En el Evangelio es frecuente la contraposición de actuaciones y personajes para mostrarnos en qué consiste la originalidad del mensaje de Jesús; así ocurre en esta parábola. Dos se desentienden del herido y uno se compadece. Jesús pregunta al maestro de la ley: “¿Cuál de los tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de bandidos?”, y respondió: “El que practicó la misericordia con él”. Concluye Jesús: “Anda y haz tú lo mismo”. Actualicemos la pregunta de Jesús: ¿Quién se ha hecho prójimo del herido? Notar que Jesús cambia la pregunta de “¿quién es mi prójimo a quién se hizo prójimo?” (cf. Encíclica Fratelli tutti, nº 81). ¿Quién se hace cargo de las personas “en las fases más críticas y terminales de la vida”? Ciertamente no el que da un rodeo, mira para otra parte y pasa de largo. En cambio, el buen samaritano es el símbolo evangélico del que cuida hasta el final a la persona sin temer gastar su tiempo y medios económicos por cálculos interesados.

La Carta de la Congregación desenmascara dos motivos que a veces se aducen para justificar la eutanasia: La llamada “muerte digna” y la falsa “compasión”. Dice así: <<Hoy en día algunos factores limitan la capacidad de captar el valor profundo e intrínseco de toda vida: El primero se refiere a un uso equívoco del concepto de “muerte digna” en relación con la “calidad de vida”. Irrumpe aquí una perspectiva antropológica utilitarista que viene vinculada preferentemente a las posibilidades económicas, al bienestar, a la belleza y al deleite de la vida física>>. La persona no pierde dignidad cuando envejece y le salen arrugas, cuando pierde atractivo y belleza, cuando es menos rentable económicamente. La persona no es una máquina ni un instrumento de producción. <<Un segundo obstáculo que oscurece la percepción de la sacralidad de la vida humana es la errónea comprensión de la compasión. Ante un sufrimiento calificado como “insoportable”, se justifica provocar el final de la vida del paciente en nombre de la compasión. Para no sufrir es mejor morir: es la llamada eutanasia compasiva. Sería compasivo ayudar a un paciente a morir a través de la eutanasia o el suicidio asistido. En realidad, la compasión humana no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, en sostenerlo en medio de las dificultades, en ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento>>. Esa falsa compasión es otra versión de verter “lágrimas de cocodrilo”.

En las campañas mediáticas a favor de la eutanasia se recurre a veces a situaciones conmovedoras de personas que sufren para suscitar el apoyo al proyecto legal en curso. ¿Por qué no se promueven los cuidados paliativos, que son fármacos que alivian el dolor; y también la cercanía de la familia y el ofrecimiento de la esperanza cristiana? Se puede entender que si un enfermo percibe que es una carga para su familia y para la sociedad, sea colocado en una situación desoladora de honda confusión. La compasión auténtica está en conexión con el consuelo. Así escribe la Congregación: <<La actitud de quien atiende a una persona afectada por una enfermedad crónica o en la fase terminal de la vida, debe ser aquella que “sabe estar”, velar con quien sufre la angustia del morir, “consolar” o sea de ser-con en la soledad, de ser co-presencia que abre a la esperanza>>.

La Carta de la Congregación de Roma es muy rica en reflexiones, sugerencias, matices de sensibilidad humana y cristiana. Porque a los cristianos no  basta una cierta calidad de fina humanidad, la Carta reflexiona también a la luz de Jesucristo muriendo en la cruz. Un cristiano no puede prescindir de la mirada al Crucificado, de la Cruz como llave del cielo. Si la figura del Buen Samaritano ilumina el cuidado del enfermo haciéndose generosamente cargo de él, Cristo pendiente en la Cruz, su agonía y la esperanza de la resurrección ilumina la angustia y el dolor de los enfermos en la proximidad de su muerte. Aunque la presencia de María y de los discípulos que estaban bajo la cruz fuera impotente, no obstante, la cercanía en el amor y la compasión eran un consuelo. El amor de la familia es una fuerza singular en el trance último. También los cuidadores, a veces agobiados por el dolor y el cansancio, deben ser cuidados por la Iglesia que es comunidad de compasión y esperanza.

Unamos al rechazo de la eutanasia y del suicidio asistido, por motivos humanos y religiosos, la lectura de la Declaración conjunta de cristianos, musulmanes y judíos (28 de octubre de 2019), el cuidado del Buen Samaritano y la compañía doliente y esperanzada junto a la cruz de Jesús muerto y resucitado. La muerte de una persona no es sólo de orden biológico, sino también humano, familiar y trascendente.

+ Ricardo Blázquez

Cardenal Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)