«La aventura de vivir»

Vivimos en un mundo de extremos; en algunos temas nos empeñamos en buscar una explicación racional a todo, mientras que en otros aspectos de nuestra vida nos dejamos llevar y dominar por los sentimientos, emociones y afectos. Hay quien da mucha importancia a la mente, pero también hay quien se centra solo en los sentimientos. ¿Tenemos en esos extremos algún centro de equilibrio, de gravedad, de solidez? Sí, el corazón.

El corazón es, en la Biblia, la fuente de nuestros pensamientos, palabras y acciones. Es aquello más profundo de nosotros mismos. Es por ello que la Sagrada Escritura nos dice que el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón (cf. 1Sam 16,7).

Vivimos en una sociedad en la que prima invertir el tiempo en cosas aparentemente útiles y en placeres efímeros. Se sobreestima actuar y hacer muchas cosas a la vez. Está mal visto perder el tiempo, contemplar las cosas. Sin embargo, es necesario detenerse y mirar alrededor para ser capaz de apreciar la belleza de cuanto nos rodea. Es importante también saber perder el tiempo y compartirlo con los demás.

Contemplar a Jesús en los Evangelios nos descubre una nueva manera de vivir la vida. Nuestro diálogo diario con Dios a partir de la vida y el testimonio de Jesucristo nos va transformando poco a poco. Es un lento y progresivo cambio interior que va aflorando sin que nosotros apenas nos demos cuenta. Contemplar y acoger la vida y las palabras de Jesús va renovando nuestra manera de mirar la vida y de actuar. Tengamos los mismos sentimientos que Cristo (cf. Flp 2,5).

Desde esta actitud ante la vida, podemos descubrir y contemplar la belleza que atesora la creación; reconocer a Cristo en los pobres y necesitados; maravillarnos ante la mirada inocente de un niño. Aprenderemos a disfrutar de lo más sencillo y habitual. Descubriremos que existe otra manera de estar vivo.

Los cristianos, sabiendo que todo -absolutamente todo- es un regalo que hemos recibido, deberíamos fascinarnos ante la vida. No es cuestión de esfuerzo ni mentalización, sino que se trata simplemente de descubrir la vida que Jesús nos ofrece, pedirla con intensidad y disponernos a acogerla. Es impresionante saber que somos hijos de Dios y saber que camina a nuestro lado para que podamos gozar de una vida eterna junto a Él.

Atreverse a vivir una vida cristiana es el paso necesario para poder acoger el amor y la vida que vienen de Dios y que recibimos por Jesucristo. Es Dios mismo que quiere entrar en nosotros para transformar nuestra existencia y descubrir una nueva manera de vivir que colme nuestros anhelos y deseos más profundos, aquellos que emergen del corazón. ¡Cómo cambia nuestra existencia cuando dejamos que Dios ocupe el centro!

Queridos hermanos y hermanas, ser cristiano es el reto más grande y apasionante que podemos llegar a vivir. Atrevámonos a vivir esta aventura y no perdamos la oportunidad de compartirla con los que nos rodean. Que Dios os bendiga y os acompañe en esta noble misión.

† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.