Las lágrimas de Dios

Desde que Jesús proclamó “bienaventurados los que lloran”, nosotros nos hacemos eco de esta felicitación y seguimos anunciando esta Buena Noticia, sin avergonzarnos, convencidos de la verdad de estas palabras.

Sabemos quiénes son estos que sufren y merecen ser felicitados. Lo hacemos a la vista de personas concretas que sufren, sin olvidar nuestro compromiso de hacer lo posible por apaciguar el dolor ajeno, especialmente el dolor de los que son víctimas. En realidad, la proclamación de esta bienaventuranza incluye un grito a favor del derecho a la vida digna de cualquier víctima.

Pero un día, en el marco de una conversación ecuménica, un pope ortodoxo me sorprendió con la siguiente observación. “Vivimos unos tiempos, decía, en que todos reivindican sus derechos, sobre todo los propios. Pero ¡nadie reivindica los derechos de Dios!” Sinceramente no me esperaba aquella reacción. En aquel momento dudaba si darle la razón o disentir. Ciertamente era un lenguaje y un pensamiento extraño entre nosotros, los católicos, volcados en la defensa de los derechos humanos y el compromiso por la justicia. Por otra parte, inmediatamente me asaltaba un interrogante: el Yahvé del Antiguo Testamento o el Dios de Jesucristo ¿ha reivindicado sus derechos? ¿Somos nosotros quienes, conociendo supuestamente esos derechos de Dios, quienes estamos llamados a defenderlos frente a quienes atentan contra ellos?…

Eran pensamientos semejantes a los de aquellos que reivindican la defensa de los derechos de la Verdad. Una cuestión profunda, que nos llevaba a profundizar intelectual y pastoralmente.

Pero, independientemente de estas cuestiones, lo cierto era que la reacción de aquel pope ortodoxo significaba una importantísima reorientación de nuestra experiencia de fe. Constituía un cambio radical respecto de lo que entre nosotros es algo muy asumido con total normalidad: nuestra fe es vivida como un humanismo casi absoluto, nuestra mirada en mayor medida está fijada en la persona humana y sus problemas, de forma que incluso nuestra oración tiene como contenido y protagonista la petición por las personas humanas, sus causas, y por nuestro compromiso moral a favor de ellas.

En cambio la observación del pope nos invitaba de hecho a tener la mirada centrada en Dios mismo, su ser y su obrar. Nos llamaba a mirar la realidad de este mundo desde Dios, lo que era esta realidad desde el ser personal de Dios.

Ello suponía haber superado la imagen de Dios, como Dios de los filósofos o de algunas religiones, como Ser Supremo, absoluto y trascendente, inmutable y eterno, etc. para concebir el Dios “que llora”, el Dios con entrañas de compasión y misericordia. Ese Dios no era extraño al Antiguo Testamento y a la tradición judía (¿cómo no sentir el lamento de Dios a la vista de su amada viña, que le devolvía agrazones en lugar de buen fruto, en Is 5,1-7?). Ese Dios que realizó su más plena manifestación en Jesucristo.

El Dios herido, cuyas lágrimas reconocemos en el llanto del hombre Jesús de Nazaret (ante la ciudad Lc 19,41; ante su amigo Lázaro: Jn 11,32). Unas lágrimas que fueron y son para nosotros auténticas “lágrimas de Dios”, así como su compasión, su misericordia y su forma de amar al modo humano. Es posible que, fijándonos directamente en Él, ya no resulte tan extraño hablar de “los derechos del Dios encarnado”, el Dios verdadero, víctima de la más vil injusticia.

 

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 311 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.