La apatía espiritual enfermedad existencial

Tal vez el tema que voy a tratar pueda resultar escandaloso, para muchos, ante unas circunstancias actuales que no son favorables y donde el sentir general afirme que la oración ha pasado de moda. Hablando con una madre, ya mayor, y abuela y me decía: “No entiendo a mis hijos que han dejado de lado la fe. Para mí es lo más grande que he recibido en mi vida. Y he tratado de transmitírselo a ellos pero veo que no lo viven. Rezo por ellos para que un día se den cuenta que la fe en Dios y en su Amor da paz al corazón”. Como dice el Evangelio: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). La negligencia del corazón lleva a la apatía espiritual y tiene como consecuencia el vacío, el desasosiego, el descontento de todo y esto seca el alma. Y un alma de secano es como el campo árido y sin vida vegetal.

Cuando nos acecha y hasta nos puede acosar la apatía espiritual todo se convierte en pena, en queja, en negatividad, en falta de esperanza, en descontento crónico que seca el alma. “La acedia o la apatía espiritual es un cansancio más allá de lo razonable por actividades que parecen excesivas que son mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que las impregne; se trata de un cansancio tenso, pesado, insatisfecho, no aceptado; la acedia no sabe esperar y quiere dominar el ritmo de la vida; es un inmediatismo ansioso que no tolera contradicción alguna, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 82). Este modo de vivir arropa a la falta de sentido en la vida, cobija la depresión existencial y se pone en peligro el ser persona por la despersonalización.

Si hay apatía espiritual se debe achacar a que se pone el corazón en otras cosas muy distintas a la vida espiritual. “Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6, 21). Se busca con ansiedad ser felices y no se llega a serlo puesto que las fuentes donde se acude no tienen agua, están vacías y secas. Es normal que ante tal decisión equivocada se busque con ansiedad las fuentes de agua viva. “El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 14). Aquí tenemos la experiencia de la samaritana (cfr. Mt 4, 1-29) que se siente admirada por Jesucristo que le pide: “Dame de beber”, lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Cristo tiene sed de amor que significa que nos necesita para extender su Reino; no lo quiere hacer sólo y exclusivamente él, quiere que nosotros colaboremos. Madre Teresa de Calcuta lo entendió muy bien y al observar que su vida estaba en peligro al poder caer en la apatía espiritual, se lanza a mirar cara a cara a los pobres donde descubre el rostro de Cristo y dice: “Dios ha sido tan grande con nosotros que se nos ha dado en el Pan de la Eucaristía para alimentarnos. Pero qué grande es Dios que se ha hecho presente en los pobres para que le alimentemos”. Esta es la fortaleza espiritual que se identifica con el Dios vivo y verdadero.

Para superar la apatía espiritual conviene dejarse llevar por la vida interior que dialoga con el Creador y trata con él como el mejor Amigo que nos muestra su corazón de entrega por Amor. Es la oración que cambia la apatía en gozo vital: “La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre, Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él” (San Agustín, Quest. 64, 4). El amor que emana de la oración no es cansino sino resolutivo puesto que armoniza la vida de la persona y la conduce con seguridad por los caminos de la vida.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).