El sacerdote Francisco Tomás recibe una distinción del Papa por su servicio a la Iglesia

Amigo de Madre Teresa de Calcuta, fue misionero en Venezuela y uno de los responsables económicos de la Conferencia Episcopal Española. El sacerdote diocesano Francisco Tomás Mompó recibe la “Cruz pro Ecclesia et Pontifice”, una distinción otorgada por el Papa Francisco como reconocimiento de su «abnegado ministerio sacerdotal al servicio de la Iglesia».

Asegura que es bastante testarudo para conseguir lo que se propone y, aunque intentó resistirse a la llamada que Dios le hizo, no pudo más que rendirse a su voluntad e «intentar florecer» allí donde el Señor lo ha enviado en estos 59 años de ministerio sacerdotal.

Natural de Yecla, recibió la fe de José y Elisa, sus padres, y su vocación se fraguó entre la Acción Católica y el grupo de Adoración Nocturna en Monóvar (Alicante), lugar al que destinaron a su padre como director de la Caja de Ahorros del Sureste. «Recuerdo que estaba ante la Virgen de las Angustias y fue allí donde por primera vez me sentí llamado», asegura el sacerdote. Sin haber terminado el Bachiller, comenzó a trabajar en el banco junto a su padre, donde adquirió conocimientos sobre economía que le ayudarían años más tarde en su labor como ecónomo diocesano.

«Estuve siete años resistiéndome a la llamada que el Señor me hacía para ser sacerdote y me propuse como meta hacer la mili». Con 25 años y finalizado el servicio militar no pudo más que dejarse hacer e ingresó en el seminario de vocaciones tardías de Salamanca, conocido así, según explica, aunque compartiera estudios con un chico de 16 y con un señor de 54 años. En Salamanca finalizó el Bachiller y después, ya en la Universidad Pontificia, estudió Teología. Fue ordenado por Mons. Ramón Sanahuja, entonces obispo de Cartagena, antes de finalizar el último curso, en su tierra natal, el 18 de marzo de 1961. «Nos ordenamos tres compañeros y fue la primera ordenación que se realizaba en Yecla».

Recién ordenado sacerdote y tras finalizar sus estudios se marchó en «barco stop» a conocer Tierra Santa. «Antes de que el obispo me destinara y con su permiso, me fui con otro compañero en un petrolero hasta el Líbano, y mientras el petrolero descargaba en España y volvía a por petróleo al Líbano, recorrimos toda Tierra Santa».

Su primer destino como sacerdote fue en Torre Pacheco, donde estuvo durante un curso y desde allí inició su periplo misionero. «El Papa había dicho que España tenía un compromiso con América porque había llevado la fe allí y ahora que necesitaban sacerdotes tenía que ayudar. Entonces me pregunté: ¿Por qué no dar unos años de mi vida a la Iglesia en América?». Aunque los sacerdotes murcianos solían ir a Ecuador, Francisco le manifestó al obispo su deseo de viajar a Venezuela, allí estaría como misionero ocho años, desde 1962 a 1970.

Al llegar a Venezuela le encargaron la parroquia de Cocorote que atendía una veintena de pueblos. Allí, el padre Tomás –como era popularmente conocido– trabajó con ilusión: «Fue un trabajo muy bonito, que me ayudó muchísimo porque me vi realizado como sacerdote». Una amplia labor la realizada por Francisco Tomás durante esos años de misión: celebrando la fe, construyendo capillas en los diferentes pueblos, en los que siempre había una imagen de la Virgen; así como finalizando la construcción del templo parroquial y también de la catedral.

De Venezuela regresó a Murcia con la experiencia y el recuerdo de lo aprendido allí y también con un altar portátil, regalo de su obispo venezolano.

El padre Tomás y la Madre Teresa

«Como tenía que atender tantos pueblos, el obispo quería que tuviese ayuda, pero no había vocaciones sacerdotales suficientes en Venezuela. Por eso, desde la India llegaron unas monjas para conocer la zona». Eran las Misioneras de la Caridad y entre ellas, su fundadora, la Madre Teresa de Calcuta, que fundó en Venezuela su primera comunidad fuera de la India. En ese momento comenzó una estrecha amistad entre Madre Teresa y el padre Tomás que se fue consolidando con el paso de los años y de la correspondencia (que él conserva como un tesoro).

Su relación con la fundadora de las Misioneras de la Caridad y con su sucesora, la hermana Nírmala, y su insistencia pidiendo la presencia de estas religiosas en Murcia, hizo que se decidieran a fundar en la Diócesis de Cartagena, en la capital murciana, con el objetivo de atender a mujeres embarazas en riesgo de aborto. «Y así llegaron las Misioneras de la Caridad a Murcia para fundar y abrir la casa Hogar fuente de amor, cuyo nombre recuerda la relación de amor entre madres e hijos y a la Madre de todos los murcianos, la Virgen de la Fuensanta».

De misionero a ecónomo de la Iglesia diocesana y nacional

«El hecho de saber sumar, es lo que me ha perdido…», dice entre risas. A su regreso a la Región de Murcia, Mons. Miguel Roca Cabanellas, entonces obispo de Cartagena, le nombró ecónomo diocesano con el encargo de unificar todas las administraciones de las diferentes entidades diocesanas en una sola.

Su buen hacer en la Diócesis de Cartagena hizo que tuviera que preparar de nuevo las maletas para desempeñar la misma labor en la Conferencia Episcopal Española. «En las reuniones que teníamos de ecónomos diocesanos conocí al que estaba de gerente en la Conferencia Episcopal, que me dijo que quería que lo que había hecho en mi diócesis, lo hiciera también allí». Y así llegó a Madrid, como adjunto a la gerencia y después como vicegerente del episcopado español, llevando la economía de la Conferencia Episcopal.

Volando con Juan Pablo II

En esos años se estaba construyendo, además, la sede actual de la Conferencia Episcopal, en la calle Añastro de Madrid. Unas instalaciones que bendijo el Papa Juan Pablo II aprovechando su viaje apostólico a España en 1982. Durante esa visita, Francisco Tomás formó parte de la comitiva que acompañó al Papa en su recorrido por España. Recuerda el viaje en avión junto al Santo Padre y los rostros de quienes se cruzaban con él.

Una vida entregada a su ministerio sacerdotal

Años después, ocupó de nuevo el puesto de ecónomo diocesano en la Diócesis de Cartagena en la que ha ostentado diferentes cargos. En la actualidad, aunque ya jubilado, es director y administrador de la Fundación Enrique Antón Consuelo Jiménez, de la que depende la Casa de Apostolado Jesucristo Redentor de Santiago de la Ribera (San Javier). Fue él quien insistió, precisamente gracias a esa testarudez de la que hace alarde, en la construcción de esta casa, lugar de adoración al Santísimo Sacramento que está a disposición de aquellas comunidades religiosas, movimientos apostólicos o grupos de oración que lo necesiten. Unas instalaciones que se han puesto ahora a disposición de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia para acoger a personas que estén en cuarentena con el coronavirus.

Su casa está plagada de recuerdos, de banderas de los países que ha visitado, de decenas de regalos de feligreses agradecidos que, a pesar del paso de los años, siguen en contacto con él. Y entre tantos recuerdos hay cuatro que llaman especialmente la atención: la fotografía de sus padres, junto al boliche de la escalera de la casa de su abuela, y las fotografías en las que aparece junto a dos de los grandes santos del siglo XX: san Juan Pablo II y santa Madre Teresa de Calcuta

«Si se siente uno llamado, traicionar una vocación, decir que no a Dios es muy gordo. Lo que no puedes pensar es qué será de ti, porque cuando llega la dificultad, sobreabunda la gracia, dice el Apóstol». Esa es la reflexión que Francisco, el padre Tomás, compartiría con los jóvenes sacerdotes o los que se están formando en el seminario, junto a una frase que siempre le acompaña: «Hay que saber florecer donde Dios te ha sembrado», aun cuando lo que uno hubiera planificado fuera distinto a los planes de Dios.

(Diócesis de Cartagena)

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