Mensaje de los obispos europeos tras su Asamblea Plenaria

La Asamblea Plenaria del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (CCEE), este año en modalidad online, concluyó el 26 de septiembre con la aprobación del Mensaje Final a Europa. Los obispos europeos animan a los pueblos y naciones a no encerrarse y a mirar al mañana con confianza.

Mensaje final de los obispos de las Conferencias Episcopales de Europa

Al final de la Asamblea Plenaria, los Obispos del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) dirigen un mensaje a la Iglesia católica que vive en el continente, a los cristianos de las diferentes Confesiones, a los creyentes de cada Religión, a todos los ciudadanos europeos.

Lo hacemos con humildad, sabiendo que no tenemos nuestra propia sabiduría para traer, sino la Palabra que Dios le dijo al mundo en Jesucristo, quien murió y resucitó para que la humanidad tuviera vida eterna.

Lo hacemos con sentido de responsabilidad como Pastores de las Comunidades, sabiendo que nuestro sacerdotes y fieles se unen a nosotros, y conscientes de que la Iglesia debe ser, como indica el Señor, sal y levadura en la historia.

En este tiempo que nuestra Asamblea ha rezado, ha reflexionado no solo para constatar lo que ocurre con la pandemia y sus repercusiones en nuestra vida, en el trabajo, en la sociedad, en familias, en las relaciones entre Estados y continentes, en la vida eclesial, pero también de cara al futuro.

No tenemos soluciones prácticas a este respecto, ya que son competencia de los responsables políticos, pero es parte de nuestro deber pastoral apelar a la conciencia personal y colectiva sobre ciertas actitudes de naturaleza espiritual y ética. De hecho, la construcción de la civilización moderna debe basarse en principios, capaces no solo de sustentarlo, sino también de iluminarlo y darle vida.

Antes de nada, hay que redescubrir la confianza. Sin esta condición no es posible mirar hacia el mañana. El motivo de nuestra confianza como creyentes es Cristo que asumió la condición humana y, por la muerte, la vida redimida. Todos los días Cristo está presente entre nosotros en la Eucaristía, fuente de confianza y celo apostólico y misionero, que nos invita a salir fuera de nosotros. Tras la falta de la Eucaristía en estas semanas recientes ahora regresamos a la comunión plena en la asamblea litúrgica. Para todas las personas, la razón para confiar se encuentra en el corazón: en el fondo vive un deseo; sabe que no se puede vivir en la sospecha y la desconfianza, sino en la confianza en los demás y en la vida misma.

En segundo lugar, una solidaridad renovada entre personas, pueblos y naciones, incluso en la tumba crisis del empleo. El Señor Jesús es la solidaridad de Dios. La experiencia universal demuestra que todo ser humano necesita de los demás, que nadie es autosuficiente: que un virus invisible es suficiente para doblegar la ilusión de nuestro ser «invencible». Nuestro agradecimiento a los médicos, trabajadores de la salud, fuerzas policiales, voluntarios que, siguiendo el ejemplo de Cristo, apoyaron a las poblaciones en dificultades, especialmente las más débiles. Si la relación es parte de nuestra naturaleza, entonces replegarse frente a los demás para protegerse, salvaguardando nuestros intereses individuales, hasta el extremo de sacar provecho de la desgracia, va contra la dignidad personal, contra la comunidad: contra los derechos humanos. Nadie tiene que ser excluido, incluso en la distribución de la vacuna. Ante el drama de tantos refugiados e migrantes, es necesario trabajar juntos y seguir dialogando con los gobernantes para defender la vida y dignidad de cada persona. Hacemos este llamamiento en vísperas del Día Mundial para Migrantes y Refugiados.

La búsqueda de formas solidarias para afrontar las dificultades, así como para mantener y reanudar la normalidad de vida, expresa la conciencia de estar uno al lado del otro en el mismo destino, y exige formas concretas de expresión, incluso hacia la Creación, para lo cual estamos llamados tener un cuidado renovado, porque es una obra de Dios que nos ha sido entregada como casa común.

Sabemos que Europa sigue este camino y los Obispos animamos a todos a continuar con el esfuerzo para estar a la altura de este reto, recordando la responsabilidad con el mundo que brota de la Humanismo cristiano en el origen de su historia. La Iglesia se hace visible en esta situación poniendo en marcha iniciativas y mostrando su apoyo. Siempre estará ahí, fiel al mandato de Señor. En las actuales circunstancias, esperamos una solución pacífica en Belarús en el camino hacia diálogo y reconciliación. Además, estamos cerca del pueblo del Líbano, profundamente herido por hechos recientes.

Queremos expresar nuestra admiración y cercanía a nuestras comunidades por la pronta respuesta en esta situación de crisis, y los instamos a tener confianza: a menudo han trabajado junto con otras denominaciones cristianas y con otras religiones. También la reanudación de la vida de los creyentes requerirá paciencia y perseverancia. El Señor Jesús obra en los corazones, disipa los miedos y atrae con su amor. Si hay nuevas realidades que afrentar, tal vez dificultades inesperadas, no debemos temer. Depende de nosotros ser fieles discípulos del Señor.

A ti, amada Europa de los Pueblos, nuestro saludo lleno de simpatía, afecto y oración.

26 de septiembre de 2020

(Traducción no oficial)

(CCEE)

 

 

 

 

 

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