«Todo hombre es otro como yo”

Queridos diocesanos:

En este domino, XXVI del tiempo ordinario, la Iglesia fija su atención en los migrantes y refugiados y desea que todos dirijamos a ellos la mirada. Son millones de personas, de toda edad y condición, las que  se ven forzadas a dejar su tierra, para huir de la guerra y de sus consecuencias o de calamidades naturales que las sitúan en unas condiciones de vida insoportables. Son también cientos de miles las que abandonan la tierra que las vio nacer para buscar un futuro mejor para sí mismas y para sus hijos.

Es un fenómeno que tiene lugar cada día ante nuestros ojos, en nuestra propia tierra, y que, gracias a los medios de comunicación, vemos cómo se produce también, a escala aún mayor, en países más o menos lejanos de nuestras fronteras. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que se trata de uno de los rasgos característicos de nuestro tiempo.

El migrante y el refugiado, por motivos muy diversos, se ven empujados a dejar la tierra que les vio nacer y a vivir en país extranjero. Ya este simple hecho resulta dramático: la patria es mucho más que un territorio, más que un pedazo de tierra. Forma parte de nuestro yo. No es algo privado de relieve para la existencia de cada uno. Además de algo físico, es también tradición, historia, cultura, valores, sentimientos, antepasados, un modo de ver las cosas, una lengua con la que se entra “en contacto” con la realidad; es sobre todo un modo de ver el mundo, la sociedad, la familia; de relacionarse con Dios; es también una religión. Abandonar ese mundo que se resume en lo que llamamos patria, tierra nativa; expatriarse es morir a una buena parte de  nosotros mismos. Es el drama del migrante o del refugiado.

A ello se suma que en la nueva patria, en la que solo después de mucho tiempo logra “encontrarse” en casa propia, el migrante o refugiado sufre a menudo la indiferencia, la frialdad de la mirada de quien lo contempla como un extraño; puede experimentar la violencia de leyes restrictivas y discriminatorias, experimentar vejaciones, padecer la amenaza continua de ser infravalorado  menospreciado.

La Iglesia desea proyectar la luz del Evangelio sobre esta compleja realidad del mundo de la migración y de los refugiados. Nos recuerda que Israel experimentó en su propia carne la debilidad de quien está fuera de su tierra; por eso la protección de quienes se encontraban en esa situación formaba parte del derecho consuetudinario del pueblo de Dios. Poco a poco Israel fue aprendiendo a ver al extranjero no solo como alguien al que hay que ayudar, sino como alguien a quien se debe ayudar a integrarse en la vida, incluso la religiosa, del pueblo. Se pedía tratar al emigrante y refugiado con humanidad y benevolencia. Una actitud que se iba fortaleciendo con la progresiva convicción de que todos los pueblos tienen un origen común.

La historia de emigración de muchas de nuestras gentes, la experiencia, con demasiada frecuencia dolorosa, de quien se ha visto obligado a vivir fuera de las fronteras de su tierra nos ayudará a tratar a quienes se encuentran hoy ente nosotros en  esa misma situación como hubiéramos querido ser tratados: con respeto de la personal e inderogable dignidad, que ciertamente ni lengua o religión, ni color o cultura pueden rebajar o disminuir. Todo hombre es “otro como yo”, sin que obscurezca esta verdad el que, a veces, pueda resultar costoso reconocerle todos sus derechos.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).