Ante los emigrantes y refugiados

Este Domingo, 27 de septiembre, en la Iglesia católica celebramos la Jornada Mundial de los migrantes y refugiados. El lema de este año, “Como Jesucristo, obligados a huir”, nos recuerda que el niño Jesús en la huida a Egipto experimentó, junto con sus padres, la trágica condición de migrante y refugiado. Hoy también son miles las personas que huyen del hambre, de la guerra y de otros graves peligros en busca de seguridad y de una vida digna para sí mismos y para sus familias. Jesús está presente en cada uno de ellos, obligados como Él a huir para salvarse. Estamos llamados a reconocer en sus rostros el rostro de Cristo, que nos interpela (cf. Mt 25,31-46). Si lo hacemos, le agradeceremos haberlo conocido, amado y servido.

La Iglesia y los cristianos estamos llamados por Jesús a acoger, proteger, promover e integrar a quienes por una razón u otra se ven obligados a salir o incluso a huir de su patria. Nuestra respuesta no puede ser otra que la que nos muestra Jesús en el Evangelio. Esto comienza por sentir verdadera compasión ante los miles de personas, que huyen ante la guerra y la persecución, o que tienen que buscar una vida más digna lejos de su país. No nos pueden ser indiferentes. No podemos habituarnos a su sufrimiento y a su precariedad. Hacerlo sería entrar en el camino de la complicidad.

Ante el fenómeno migratorio hemos de examinar sus causas y analizar los problemas de estas personas desde el punto de vista humano, económico, político, social y pastoral. Nos urge repensar las actitudes personales, eclesiales, sociales y políticas, y redoblar nuestro compromiso real y efectivo con ellos y sus familias. No son números; son ante todo personas con la misma dignidad sagrada que nosotros. Ellos nos interpelan; a veces se encuentran en nosotros con sospechas, temores y prejuicios que hemos de analizar y superar. Como personas humanas, los migrantes y refugiados se merecen acogida, respeto y estima; ellos, a su vez, han de respetar y reconocer el patrimonio material y espiritual del país que los hospeda.

Entre todos hemos de fomentar actitudes y comportamientos de acogida, de encuentro y de dialogo. Jesús dice “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35); Jesús se identifica así con la persona del emigrante y refugiado; y nos llama a su acogida, como si de Él mismo se tratara. Cada uno de nosotros es responsable de su  prójimo.  Acogerlos y amarlos es acoger y amar a Jesús mismo en persona.

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mons. Casimiro Lopez Llorente
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Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.