La eutanasia, ¿solución o problema?

(Diócesis de Astorga)

Queridos diocesanos:

Entre las imágenes que permanecen en nuestra memoria como recuerdo de estos últimos meses de pandemia se cuela una repetida hasta la saciedad: la de un grupo de sanitarios aplaudiendo al paciente longevo o de larga estancia en el hospital que se dispone a abandonarlo, una vez superada la enfermedad. Se nos ha hurtado, en cambio, otra repetida miles y miles de veces: la de una funeraria entregando la urna con las cenizas de un ser querido a su familia en medio del dolor y el desconsuelo. De ambas podemos extraer una misma conclusión: la vida de todo ser humano es valiosa y la trascendencia de la misión de aquellos que se dedican a intentar mantenerla a flote, también.

Pero, ¡oh desgracia! A un grupo importante de nuestros políticos parece que la lección les ha caído en saco roto. Se les llena la boca diciendo que son defensores de la vida, pero es mentira. En realidad son peones de la cultura del descarte que denuncia el Papa Francisco, una cultura que desprecia al frágil, al que no es productivo, al que molesta, al que tiene dificultades para disfrutar y para consumir. Pero, como queda mal admitirlo, tienen que recurrir a argumentos falaces: con la eutanasia –dicen- se evita el sufrimiento insoportable; como si no hubiera posibilidades de evitarlo con unos adecuados cuidados paliativos, los que se les niegan a buena parte de los que los precisan, o construyendo más servicios especializados, teniendo en cuenta que, en la actualidad, sólo hay un 0,6% por cada 100. 000 habitantes. A nadie se le ocurre solucionar el dolor en un brazo cortándolo, ¿qué sentido tiene eliminar el sufrimiento acabando con la vida del que lo sufre?

También abogan por la compasión. Ciertamente nos encontramos ante un valor humano y cristiano importante a conjugar con el respeto a la dignidad del enfermo y la escucha. Nadie conoce la opinión de los enfermos terminales como los médicos de paliativos; son ellos los que constatan que, si el enfermo se siente querido y apoyado, raramente pide morir. Lamentablemente, no tienen ningún interés en escucharles, como tampoco lo tienen en escuchar al Consejo de Estado, el Comité de Ética, el Consejo General del Colegio de Médicos o la Asociación Médica Mundial a favor de la vida.

Es cierto que la ley contempla que la petición sea realizada de forma <<autónoma, consciente e informada>> y que haya una comisión de control y evaluación para comprobar el cumplimiento de todos los requisitos. Incluso se garantiza la libertad de conciencia de los médicos. Pero todos sabemos las presiones que unos y otros van a sufrir. Ya el mismo hecho de plantear la ley lanza un SOS a las personas mayores y delicadas de salud que comienzan a sospechar que su vida no es importante y que causar molestias a los suyos no merece la pena. En definitiva, la práctica eutanásica quebrará la confianza médico-paciente, introducirá en la familia la inseguridad, la confrontación y el miedo y, como ha ocurrido en Holanda, producirá una relajación de las exigencias legales y un aumento de la práctica en otros momentos existenciales.

Los defensores reales del valor supremo de la vida estamos llamados a redescubrir su valor y la dignidad de todo ser humano, hijo de Dios, a favorecer la solidaridad y la cultura de la vida y, en fin, a anunciar y celebrar el misterio pascual de Cristo en orden a iluminar el enigma del dolor y de la muerte, abriendo una ventana para volar hacia la eternidad.

Que el Señor os bendiga. Un saludo fraterno en Cristo.

+ Jesús Fernández González ,

Obispo de Astorga