La cruz: ¡Señal de amor y de vida!

El lunes día 14 celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Es una antigua fiesta cristiana que tiene su origen en Jerusalén en el siglo IV con la consagración de una iglesia en el lugar de la Crucifixión, donde guardaron la reliquia de la cruz de Jesús, hallada por Santa Elena, y la tumba de la Resurrección. Más adelante, en el año 614, el rey persa Cosroes II conquistó Jerusalén, se llevó la cruz y la puso bajo los pies de su trono, como signo de desprecio al cristianismo. En el año 628 el emperador Heraclio derrotó al persa, recuperó la cruz y la devolvió solemnemente a Jerusalén, llevándola personalmente por la ciudad. Desde entonces, aquel hecho se recuerda litúrgicamente como la Exaltación de Vera Cruz (de la verdadera cruz).

Podemos recordar la antigua práctica cristiana que tenía lugar durante esta fiesta: el sacerdote, desde la cruz de término o desde el campanario o conjuratorio del pueblo o de la villa, bendecía con la reliquia de Vera Cruz todo el territorio.

Esta bendición del término y de las personas significaba ofrecer a todo el mundo la compasión de Dios, y pedir que todos los sufrimientos, necesidades, dramas humanos, conflictos, experiencia de la muerte… gracias a Jesús, muerto en la cruz, se convirtieran en experiencia de vida y salvación. Con aquel rito se mostraba que el Señor de la cruz nos apoya en nuestras cruces personales.

A la vez, el gesto invitaba a contemplar el mundo desde la mirada del crucificado. Ver cómo están las personas, como viven, su problemática… y manifestar que es Jesús quien puede dar la vuelta a las cosas y transformar la muerte en vida, la desesperanza en esperanza, el odio en amor, el egoísmo en generosidad, la condena en liberación, la incredulidad en fe, el temor y el miedo en serenidad y confianza.

Contemplar la cruz es darse cuenta de que Dios, a través de Jesús, mira el mundo con misericordia, compasión y ternura. Y no observando de lejos los problemas y el mal, sino asumiéndolos todos en la cruz. Podemos estar rodeados de violencia, de sufrimiento, porque la cruz es dura, es una invitación al realismo, a la dureza de la vida, pero también a la posibilidad de afrontarla sintiéndose confortado y sostenido por quien murió en ella pero resucitó.

A menudo hacemos la señal de la cruz –un gesto tan adecuado al levantarnos, por la mañana– y cuando vamos a dormir; también en la Eucaristía y en otros momentos. Que no sea un gesto mecánico: expresemos nuestra confianza en Jesús salvador.

Me doy cuenta de que en bastantes hogares no existe la imagen de la cruz. Está, sí, la cruz de cada día, pero el signo de Jesús en la cruz recordaría a sus habitantes la realidad de la salvación y de la vida.

Algunas veces he visitado a matrimonios jóvenes que me han enseñado su hogar con ilusión, y después, durante nuestra conversación, les he dicho: he visto cuadros bonitos de paisajes, animales, reproducciones de pinturas… pero echo de menos aquel que os recuerda que la dureza de la vida y de la convivencia puede vivirse de manera diferente; aquel que os recuerda que amar quiere decir dar la vida cada día para que los demás tengan vida; aquel que en los sufrimientos os mantiene la esperanza. Echo de menos la cruz.

¡Hagamos y enseñemos a hacer la señal de la cruz!

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.