Aportemos siempre la fuerza de nuestra esperanza con la confianza puesta en el Señor

Me alegra dirigirme a vosotros semana tras semana para observar la vida con mirada sobrenatural y animaros a vivir como cristianos. Los medios de comunicación nos mantienen conectados –como deseamos hacerlo— y pueden hacerlo con veracidad y autenticidad. Ojalá sepamos ver nosotros los acontecimientos abiertos a la verdad y que con mirada de fe comprendamos lo profundo de la realidad humana y lo sublime de la gracia que nos otorga Dios, sin caer en autosuficiencia ni en la deriva utilitarista que nos hace sordos a las necesidades de los demás y a vivir encerrados en nosotros mismos. Los cristianos debemos escrutar los signos de los tiempos, como lo hicieron los profetas, y aportar la luz de Dios, que se resume en dar testimonio de nuestro encuentro con Jesús vivo que nos abre a la relación con Dios y, por tanto, a la esperanza.

Aún no hemos apartado de nosotros el temor de la pandemia. Nos ha cambiado la vida el Coronavirus, que sigue causando heridas profundas y desenmascarando nuestras vulnerabilidades. Los difuntos y enfermos continúan aumentando en todos los continentes y la situación ha provocado problemas socioeconómicos, que afectan especialmente a los más pobres. El Covid-19 nos ha hecho constatar de forma dramática que un pequeño virus puede revolucionar el mundo entero pero que sus consecuencias son aún más dañinas si nos encerramos en nosotros mismos y si prevalece la autoreferencialidad. Ante la presencia del mal y del dolor no existe la neutralidad. Todos debemos aportar lo mejor de nosotros mismos para mejorar la situación en favor del bien común. En el contexto de inseguridad que nos plantea esta enfermedad, nosotros podemos y debemos hablar de esperanza. Seamos, pues, testigos de misericordia, portadores de sentido y de alegría para los demás.

El Papa ha recordado que “en el sufrimiento y la muerte de tantos, hemos aprendido la lección de la fragilidad”. Somos mortales y debemos mirar más allá de esta vida, a la vida eterna. El horizonte de nuestro destino final puede ayudarnos a descubrir el valor de la vida y la dignidad de las personas. Aún se sigue luchando, afrontando las dificultades sanitarias, económicas y sociales. Estamos llamados “a hacer nuestra parte” y asumir las cargas de manera compartida más allá de la resignación o la nostalgia. No olvidemos a las victimas del coronavirus. Recordemos a las familias que sufren por ello.

El Papa Francisco afirma en unas recientes catequesis que, además de encontrar la cura al virus, al mismo tiempo debemos “curar un gran virus, el de la injusticia social, de la desigualdad de oportunidades, de la marginación y de la falta de protección de los más débiles” (19 de agosto de 2020). En esta “doble respuesta de sanación”, la opción preferencial por los pobres “no puede faltar”. A los seguidores de Jesús se les reconoce por su cercanía a los pobres, a los pequeños, a los enfermos y a los presos, a los excluidos, a los olvidados, a quien está privado de alimento y ropa. “Este es un criterio-clave de autenticidad cristiana”. La fe, la esperanza y el amor necesariamente nos empujan hacia los más necesitados, que “va más allá de la pura necesaria asistencia”, que implica de hecho el “caminar juntos, el dejarse evangelizar por ellos, que conocen bien al Cristo sufriente, el dejarse ‘contagiar’ por su experiencia de la salvación, de su sabiduría y de su creatividad. Dios nos invita a colaborar con Él y, como discípulos de Jesús, médico de las almas y de los cuerpos, continuar con su obra de curación y de salvación, en sentido físico, espiritual y social” (Catequesis del 05 de agosto de 2020).

Queridos amigos: comencemos este curso abiertos a las necesidades de los demás, aportando siempre la fuerza de nuestra esperanza con la confianza puesta en el Señor, que cuenta con nosotros para afrontar tan grandes retos. Oremos unos por otros, que nos fortalezca la fe para ayudar a los demás aportando lo mejor de nosotros mismos; no olvidemos a los enfermos y a los ancianos. ¡Ojalá se normalicen pronto los trabajos, los cursos escolares, la vida familiar, la vida parroquial, las catequesis, la vida de comunidad! Pongámonos en marcha con decisión y entrega, pero sin olvidar a los que quedan atrás, y muy pendientes de cuantos pierden el trabajo y pasan necesidad. Estemos atentos a Cáritas que no deja de atender a todos, pero que necesita de nuestra generosidad.

Siempre rezo por vosotros. Orad al Señor por mi. Gracias.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Mons. Rafael Zornoza
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RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.