Crisis para crecer

Conforme se prolonga la crisis sanitaria y económica que atravesamos, se van confirmando algunas convicciones que ya teníamos desde el inicio.

Una primera convicción: aunque la crisis tiene diferentes caras, ante todo hemos de reconocer que se trata de una crisis “humana”, es decir, que está afectando, no solo a un aspecto u otro de nuestra vida (por ejemplo, la salud, la economía, la política), sino que pone en juego lo que somos, nuestro ser persona humana, lo que eso significa. Una segunda convicción, unida a la anterior: la crisis nos hace sufrir, pero con un sufrimiento semejante al que provoca el bisturí del cirujano, el corte que pone al descubierto el tejido orgánico que permanecía oculto, permitiendo examinar lo que está sano o enfermo.

Mirado así, supuesto que deseamos crecer humana y cristianamente, la crisis nos aporta un gran beneficio. Un auténtico crecimiento no sería posible si no supiéramos quiénes somos como personas y en qué estado nos hallamos, si estamos sanos o enfermos. Y es el caso que, desgraciadamente, vivimos despistados, distraídos entre mil tareas y sensaciones, sin preguntarnos en profundidad lo que somos como personas, qué sentido tiene nuestra existencia, y si realmente vivimos de una forma sana o enfermiza, es decir, si vivimos de acuerdo con lo que somos o hemos de ser.

En este sentido la crisis produce efectos sorprendentes. Puede resultar una buena oportunidad.

En primer lugar nos afecta al ámbito de la convivencia. La crisis nos ha obligado a convivir de una manera más estrecha e inmediata con las mismas personas, durante tiempos más prolongados, casi siempre sin posibilidad de evasión o compensación de monotonías y aburrimientos. Es una gran prueba. La convivencia se puede hacer difícil. Porque entonces sale a la superficie lo que, quizá sin darnos cuenta, llevamos dentro. A veces la bondad, que permite descubrir en el otro valores inesperados e incluso estrechar más los lazos de afecto; otras veces, por el contrario, surge el mal genio, las manías, la incapacidad para “soportar” debilidades y limitaciones ajenas. Entonces hace difícil el disimulo.

Si somos responsables y seguimos deseando crecer, es entonces cuando vienen las preguntas sobre lo que somos y el sentido de las cosas que vivimos. ¿Acaso no es una de las características que nos definen como personas humanas la necesidad y la capacidad para relacionarnos con los otros? ¿No estamos hechos para la comunicación y la relación con los otros? ¿Qué sentido tiene nuestra convivencia? Y ¿cómo asumir los fallos y errores, incluso conscientes, que degradan o hacen difícil la convivencia?

Buscamos en el humanismo que inspira nuestra fe el sentido profundo de nuestra convivencia. Nuestra visión de la convivencia humana nos hace ir más allá de “soportar” las limitaciones ajenas. Esto sería un paso importante. Pero somos llamados a ofrecer ayuda para caminar juntos. Hemos de crecer juntos, lo cual supone ofrecer posibilidades al otro para corregir y avanzar. No se trata de juzgar y dar lecciones, sino de abrir horizontes y posibilidades de crecimiento. Y hacerlo con todo el cariño del mundo.

Vemos que la crisis, ella sola, no logra estos resultados. Pero sí que puede ser ocasión para que nuestros ideales y valores lleguen a ser efectivos. En este sentido, quizá sea un don de Dios.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.