A pesar de la incertidumbre. Adelante.

Queridos diocesanos:

Al escribir este comentario con algunas semanas de antelación, me arriesgo a no acertar en la descripción de la situación social y eclesial del inicio del curso 2020-21. Vista la experiencia de los meses anteriores, nos hemos acostumbrado todos a aceptar con cierta normalidad algunas pautas de comportamiento que en otros momentos no se producían: la improvisación, la imprevisión, los desmentidos, la resignación en los cambios de normas a cumplir o medidas impuestas, la supresión de reuniones y celebraciones. O lo que es peor, la comprensión de las medias verdades con la excusa de tranquilizar o no alborotar a la ciudadanía.Parece que todo lo damos por bien empleado si todo ello contribuye a paliar o a eliminar los efectos del desafío que está suponiendo la pandemia que pende sobre nosotros, sobre nuestra sociedad y sobre el mundo entero.

Espero, y pido a Dios por ello, que no tenga que proceder a ninguna rectificación sustancial por estas líneas que os dirijo en estos primeros días de septiembre.

Una primera afirmación es clara: empieza un nuevo curso muy atípico. Tanto que ninguno de nosotros lo había conocido con anterioridad. Desde luego ya terminamos el curso anterior con bastantes anormalidades en todos los ámbitos de nuestra vida: en los colegios, en las asociaciones, en los comercios o en las empresas. Algunas se han prolongado durante el verano que ahora termina. Las colonias y campamentos de verano donde se articulaba y completaba la actividad educativa reglada; los centros de vacaciones que han visto descender sus reservas y, como las empresas anteriores, contemplar lo indeseable como es el cierre del negocio o el despido de trabajadores. Por no mencionar un sector fundamental en esta tarea como es el mundo sanitario. A pesar de todo cuánta gratitud hacia estos profesionales por parte de toda la sociedad.

Una segunda afirmación: este nuevo curso influirá en el ámbito eclesial. Pueden verse alteradas las celebraciones sacramentales, la formación permanente y las actividades catequéticas, la atención caritativa a los más frágiles, las reuniones de creyentes que escuchaban la Palabra y revisaban sus actitudes vitales, la presencia en la Eucaristía diaria, las confesiones, las relaciones personales dentro de la comunidad y en el servicio exterior.

Tercera afirmación: un curso con el peligro del miedo permanente, de la reclusión voluntaria en casa, de la indiferencia respecto a los semejantes, de no querer ver los dramas y tragedias que nos rodean, del egoísmo en nuestras percepciones y actitudes, de la renuncia a colaborar con entidades y asociaciones de ayuda, del individualismo insensible, de una huida de la realidad imaginando sólo actuaciones que nos gustan, nos interesan o nos gratifican.

Cuarta y última afirmación. Esta situación nos obliga a todos, de un modo especial a los cristianos a eliminar los aspectos negativos de las anteriores afirmaciones. Debemos empezar el curso con esperanza. No me atrevo a decir con alegría. A pesar de todo lo que está ocurriendo no podemos caer en el desánimo y en la parálisis. Mucha gente de nuestro alrededor nos necesita, espera una palabra de optimismo y de consuelo. No podemos negarnos. Nos jugamos el futuro de todos. Los cristianos no podemos prescindir de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos. Sin estos medios que Dios nos ha concedido no podremos afrontar el curso con garantías de éxito. Este significa un mayor y más amplio voluntariado, una preocupación y una ayuda efectiva a los que más sufren, no abandonar nuestras obligaciones aceptadas en años anteriores en los distintos sectores pastorales en los que colaboramos.

Con mi bendición y afecto

+Salvador Giménez,

Obispo de Lleida

Mons. Salvador Giménez Valls
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Mons. D. Salvador Giménez Valls nace el 31 de mayo de 1948 en Muro de Alcoy, provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia. En 1960 ingresó en el Seminario Metropolitano de Valencia para cursar los estudios eclesiásticos. Es Bachiller en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 9 de junio de 1973. Es licenciado en Filosofía y Letras, con especialización en Historia, por la Universidad Literaria de Valencia. CARGOS PASTORALES Inició su ministerio sacerdotal como párroco de Santiago Apóstol de Alborache, de 1973 a 1977, cuando fue nombrado director del Colegio “Claret” en Xátiva, cargo que desarrolló hasta 1980. Este año fue nombrado Rector del Seminario Menor, en Moncada, donde permaneció hasta 1982. Desde 1982 hasta 1989 fue Jefe de Estudios de la Escuela Universitaria de Magisterio “Edetania”. Desde 1989 a 1996 fue párroco de San Mauro y San Francisco en Alcoy (Alicante) y Arcipreste del Arciprestazgo Virgen de los Lirios y San Jorge en Alcoy (Alicante) entre 1993 y 1996. Desde este último año y hasta su nombramiento episcopal fue Vicario Episcopal de la Vicaría II Valencia Centro y Suroeste. Además, entre 1987 y 1989, fue director de la Sección de Enseñanza Religiosa, dentro del Secretariado de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la CEE, y fue miembro del Colegio de Consultores entre 1994 y 2001. El 11 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo auxiliar de Valencia. Recibió la ordenación episcopal el 2 de julio del mismo año. Fue administrador diocesano de Menorca del 21 de septiembre de 2008 hasta el 21 de mayo de 2009, fecha en la que fue nombrado obispo de esta sede. Tomó posesión el 11 de julio del mismo año. El 28 de julio de 2015 se hacía público su nombramiento como obispo de Lleida. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde 2014. También ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 2005 a 2014.