En el comienzo del curso pastoral

Desde el día 14 de marzo hasta el día 21 de junio estuvo vigente el Estado de Alarma, que con mayor y menor vigor nos tuvo confinados en nuestras casas. La movilidad, como las actividades, como la misma comunicación, estuvieron muy limitadas. La vida recluida en nuestras casas fue acompañada de cansancio, inseguridad, perplejidad; y también de intensa intimidad e iniciativas insólitas. Salimos de aquella situación que truncó radicalmente el dinamismo de la sociedad y de la Iglesia. Mantuvimos la oración en las casas convertidas en “iglesias domésticas”; a través de los medios de comunicación participamos en las celebraciones de la fe.

Cuando terminaba el tiempo de alarma, entró el verano; aunque este año las vacaciones sean muy especiales, pero no deja de ser una pausa de amplias dimensiones en la sociedad. Las actividades pastorales también en gran medida disminuyen. Con estas dos etapas, confinamiento y verano, nos hallamos ante el nuevo curso laboral, escolar y pastoral. El futuro, si no es prolongación del presente y del pasado, es en sí mismo desconocido. El porvenir como tal es impenetrable, por más que se pretenda adivinar. Hay posibilidades abiertas, pero proceden en gran medida de la potencialidad del presente. El futuro ejerce para nosotros, en su desconocimiento y respeto, un cierto poder, que no podemos dominar; hay proyectos, pero siempre condicionados al “poder del futuro”. De cara al futuro que empezamos hacemos proyectos, esbozamos programas, planificamos actividades, pero ante este año, tenemos muchas preguntas: ¿Cómo discurrirá nuestra vida después de la experiencia del confinamiento a causa del Covid-19? ¿Habrá rebrotes y vuelta atrás? ¿Dominará la humanidad la pandemia, cuándo, cómo? Tenemos ahí una fuente de inquietudes; nuestra vida está particularmente limitada por el peligro ante el futuro. La cautela y la responsabilidad para no contagiar ni contagiarnos es obviamente exigida, pero la certeza de su exclusión aún no la poseemos hasta que la humanidad no disponga de una vacuna eficaz y abierta a todos. De la noche a la mañana este tiempo de epidemia no desaparece.

En esta situación, en que todos estamos inmersos, ¿qué actitudes adoptar en el campo pastoral de cara al curso que iniciamos? A continuación, indico algunas consideraciones con el ruego de que todos reflexionemos.
La seguridad absoluta no existe, y más en este contexto histórico-social. Vivimos más de confianza que de seguridad. Esto significa que, afirmando la exigencia de los cuidados, pero con la convicción de que caminamos entre peligros, debemos iniciar el curso.

El riesgo no puede significar inmovilidad interior y exterior. Debemos armonizar el cuidado de la salud y la responsabilidad en las tareas sociales, pastorales, históricas. ¡Ánimo! No nos quedemos como paralizados por la amenaza que no deja de cernirse sobre nuestras cabezas, sobre nuestras familias, sobre nuestra sociedad, sobre la Iglesia, sobre la humanidad que cada vez con razones tangibles descubrimos más como una familia.

Iniciamos las tareas pastorales, alentando a los otros y recibiendo nosotros el consuelo de Dios. Recordemos unas palabras de San Pablo: “Dios nos consuela en cualquier tribulación para poder consolar nosotros a los demás” (cf. 2 Cor. 1, 4). Repartamos el ánimo que recibimos de Dios. Vivir atenazados y paralizados sería una consecuencia terrible de la pandemia; acometamos el futuro con valor y decisión. Debemos programar el curso pastoral en cada parroquia, en cada comunidad, en cada delegación de pastoral, en cada colegio, en cada reunión que nos sostiene en la debilidad, nos ofrece la oportunidad de compartir experiencias y nos e impulsa a caminar. A veces percibimos una especie de resistencia a retomar el ritmo anterior, de cansancio antes incluso de comenzar el trabajo, de lastre por la experiencia pasada, de “miedo al futuro”. ¡No nos acostumbremos a soluciones de emergencia, como en el tiempo del confinamiento! La participación en la Eucaristía requiere normalmente la presencia de los fieles, aunque a veces cueste salir del domicilio.

Cuando las situaciones limitan nuestra capacidad de movimientos también en la acción pastoral, debemos centrar los esfuerzos y trabajos en lo fundamental. En este sentido yo invito a todos a la lectura de la Palabra de Dios y la catequesis de niños y adultos, a la participación en la Eucaristía del domingo (o celebración dominical en ausencia del presbítero), a la vida en comunidad. Seamos generosos para compartir la ayuda solidaria y fraternal, tan fundamental previsiblemente en este tiempo. Los problemas económicos y sociales son enormes. Si las grandes cifras nos desbordan en su alcance, presentemos los cinco panes como en el milagro de la multiplicación para alimentar a una multitud incontable (cf. Jn. 6, 5-13). Todos tenemos la experiencia de lo que significa carecer a veces de lo básico: Mesa, casa, trabajo, amistad. Lo pequeño e insignificante cuenta también. ¡Que nadie quede atrás ni orillado en el camino! La situación de confinamiento nos ha enseñado a ayudarnos a través de personas conocidas o no, de voluntarios, de asociaciones de vecinos, de las organizaciones religiosas, o no, públicas o privadas. ¡Que a nadie falte el pan de cada día, y lo que el “pan” como símbolo incluye!

Insisto en lo que termino de decir: Que lo fundamental concentre nuestros esfuerzos. Parece bastante claro que lo que hoy necesitamos en la Iglesia es ante todo la iniciación cristiana o la “re-iniciación cristiana”. Sin la fe, sin la oración, sin el encuentro personal con Jesús perdemos nuestras señas de identidad y el fundamento para vivir como cristianos. En nuestra sociedad podemos encontrar posturas diversas en lo religioso; hay creyentes, escépticos “desinteresados”, contrarios a la fe; no podemos vivir como cristianos aisladamente, sin comunión y comunicación con otros hermanos en la fe. Sin Iglesia no hay cristianos; sin comunidad seríamos candidatos al naufragio.

San Ignacio de Antioquía acuñó una expresión en la carta a los Romanos admirable: “Cuando el cristianismo es perseguido, lo que debe manifestar es grandeza de alma”. La fe no se impone; el proselitismo es rechazable, convertir la fe en ganancia económica es una idolatría; pero la fe tampoco se prohíbe ni impide ni discrimina. La vitalidad de la fe adormecida recibe a veces refuerzo de la hostilidad ambiental; y siempre de compartirla en la comunidad cristiana. Y hoy aparece un peligro del que debemos defendernos. Podemos los cristianos ser amenazados en la fe cuando experimentamos en nuestro ambiente indiferencia y relativismo, irrelevancia socio-cultural y ausencia de significatividad.

Ánimo a todos a ponernos en camino después de tanto tiempo transcurrido de manera excepcional. Empecemos el curso pastoral con cuidado responsable y con decisión confiada.

+ Cardenal Ricardo  Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
Acerca de Card. Ricardo Blázquez 81 Articles
Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)