Señor, ¡sálvame!

El evangelio de este do­mingo nos habla de la fe, de las dudas y de las dificultades que tene­mos para mantener viva esa fe.

En nuestra vida cristiana trata­mos de vivir nuestra fe, pero a veces está mezclada con toda una serie de dudas y dificultades que no nos be­nefician para vivir con autenticidad nuestra fe y nuestra confianza en el Señor.

No es raro encontrarnos con cris­tianos que quieren hacer coincidir los planes de Dios con sus propios pla­nes y, cuando no coinciden, descon­fían del Señor.

Otros tratan de vivir su fe pero, ante un ambiente adverso a la mis­ma, van notando que su fe cada día es más débil.

Hay quien dice que tiene mucha fe pero, ante una enfermedad, un he­cho doloroso en su vida, piensa que Dios le ha abandonado y que le está castigando por sus pecados, y enton­ces echa la culpa a Dios de lo malo que le está sucediendo.

Otros hacen una lectura catastro­fista y apocalíptica de cuanto está sucediendo en la vida de la humani­dad. Son todos los que, ante una pan­demia como la que estamos viviendo de la COVID-19, ven un castigo de Dios a esta humanidad descreída y materialista.

Así podríamos poner situaciones y situaciones que, cuando la fe no es una fe auténtica, fuerte y madura, se llena de dudas y falsas interpretacio­nes de lo que le sucede en su vida y se comienza a pensar que el Señor nos ha abandonado.

Esta es la situación que viven los apóstoles: Jesús se ha quedado en tie­rra y ellos han ido en la barca adelan­tándose, se habían alejado mucho ya de tierra y aparecen las dificultades: La barca es sacudida por el viento y comienzan a tener miedo, a temer por su vida, porque Jesús no está físi­camente con ellos.

Inmersos en el temor y las du­das, aparece Jesús andando sobre las aguas que le dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro, tan espontá­neo como siempre, le dice: «Se­ñor, si eres tú, mánda­me ir a ti sobre el agua». Pero, al estar andan­do sobre las aguas comienza a hun­dirse y una vez más aparece la duda, y le dice a Jesús: «Señor, sálvame». Jesús tiene que decirle: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Nosotros, como cristianos, no tene­mos una fe fuerte y madura para que, por encima de las dificultades que encontramos, sepamos seguir creyen­do de verdad en el Señor, que no nos abandona, sino que está continuamen­te pendiente de nosotros. Por eso, cual­quier cosa importante para nosotros o menos importante nos hace dudar, nos hace desconfiar del Señor que nos ha dicho y nos dice cada día: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

Tener fe en el Señor no quiere de­cir que no podamos tener dificulta­des, quiere decir que, conociendo las dificultades, el verdadero creyente sigue teniendo fe y confianza en el Señor, porque sabe que Él no le aban­dona nunca, sabe que le va a ayudar a superar las dificultades que le van surgiendo, aunque su ayuda a ve­ces no coincida con lo que nosotros queremos. Pero nos ayuda y está a nuestro lado y quiere lo mejor para nosotros, aunque no coincida con lo que nosotros consideramos lo mejor, de eso debemos estar seguros.

En ningún momento Jesús dijo que los creyentes no íbamos a tener dificultades para perseverar en la fe y cre­cer y madurar en ella, lo que sí que nos dijo es que Dios no es ajeno a nada de lo que vivimos y que nos ayuda siempre y nos acompaña en nuestras luchas y dificulta­des. Por lo tanto, hemos de tener confianza y fe siempre en este Dios que quiere lo «mejor» para nosotros, aunque ese «mejor» a veces no coincida su criterio de lo mejor con el nuestro.

Seguro que vamos a tener momentos en la vida en los que parece que se tambalea nuestra fe, que parece que no logramos nada de lo que nos proponemos y todo se nos viene abajo. En esos momentos surge de nuestro corazón esa súplica al Señor: «Sálvame». Pero con una gran con­fianza en que el Señor está ahí y que me ayuda y ayudará como Él sabe que lo necesito sobre todo. Lo importante es que permanezcamos fieles y sigamos teniendo confianza y fe en Él, porque el Señor no defrauda nunca.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo prior de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.