Nuestros mayores

En la fiesta de san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen María, este 26 de julio,  celebramos “el día de los abuelos”. Felicito de corazón a los abuelos y las abuelas. Todos nuestros mayores se merecen nuestro afecto, reconocimiento y agradecimiento. Y este día nos ofrece la oportunidad para mostrarles nuestra gratitud.

Nuestros mayores no representan solo el pasado; forman parte de nuestro presente y con ellos hemos de contar para construir el futuro. “Un pueblo que no respeta a los abuelos, no tiene futuro, porque no tiene memoria” (Papa Francisco). Deben sentirse y poder seguir siendo parte activa en la familia, la sociedad y la Iglesia. Ellos atesoran la “riqueza de los años”, que es la riqueza de las personas, de cada persona que tiene a sus espaldas muchos años de vida, experiencia e historia. Porque la vida es un regalo de Dios, y cuando es larga es un privilegio, para uno mismo y para los demás.

Los mayores, sin embargo, son a menudo descartados; muchas veces ya no cuentan y son vistos, incluso, como una carga. Cuando se valora sólo lo útil y lo joven, se olvida la “sabiduría del corazón” que representan los años. Una sociedad así se vuelve desagradecida precisamente con aquellos que más han contribuido con su trabajo a la construcción del bienestar actual; así lo hemos visto y sufrido durante esta pandemia. Es un acto de justicia reconocerles su dedicación y sus sacrificios para con los hijos, la sociedad y la Iglesia. El respeto y el cariño hacia nuestros mayores debería ser algo connatural a nuestra sociedad e Iglesia.

En la Biblia, la longevidad es una bendición. Nos recuerda la fragilidad e interdependencia humana, los lazos familiares y comunitarios, y, sobre todo, nuestra filiación divina. Dios Padre nos da tiempo para profundizar en nuestra intimidad con Él. La ancianidad es también un tiempo de fecundidad para escribir nuevas páginas de santidad, de servicio, de oración. Como Iglesia no nos podemos cansar de proclamar el Evangelio a los mayores. Hemos de salir a las calles y buscar a los ancianos que viven solos. La vejez no es una enfermedad, es un privilegio. La soledad puede ser una enfermedad, pero con caridad, cercanía y consuelo espiritual podemos curarla.

Los mayores tienen hoy una impor­tancia capital en la di­fícil tarea de la educación en la fe y su transmisión a las generaciones más jóvenes. Son uno de los componentes vitales de nuestras parroquias. No sólo son destinatarios sino que deben ser actores de la pastoral, testigos privilegiados del amor fiel de Dios.

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mons. Casimiro Lopez Llorente
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Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.