Palabras para crecer III

La llamada a crecer, medrar, avanzar, sigue viva, con tonos de urgencia desde todos los ámbitos de la vida. Como decimos, se juntan las dos llamadas: una lanzada desde la sociedad, afectada por la crisis, como invitación a reconstruir y a progresar; y otra que nos llega desde la Iglesia, necesitada ella misma de crecimiento, como Reino de Dios en el mundo. Para comprender bien uno y otro crecimiento le preguntamos a Jesús, que en los evangelios ha respondido sobradamente a nuestra inquietud.

Nuestra idea del avance y del progreso social es positiva: hablando en general, este progreso incluye el logro de “valores sociales”, como la justicia, la igualdad, la atención a los débiles, la mejora del nivel de vida, el desarrollo de la ciencia y de la técnica, etc. (Otra cosa es determinar qué valores tienen prioridad, según ideologías). Ahora bien, de hecho, tanto en el sentido económico como en el político e incluso en el cultural, lo que importa es la cuenta de resultados. Se aprecian los programas y planes según su eficacia. Las revisiones periódicas sirven para corregir e introducir medidas que aseguren el éxito esperado y programado.

Sin embargo parece que Jesús, cuando habla del crecimiento de la Iglesia, en esto de la eficacia desea cambiar nuestra mentalidad. La manera de pensar de sus interlocutores era la misma que la nuestra. Para ellos y para nosotros lo que hay que asegurar es la eficacia controlada, tener suficiente poder como para dominar la situación, hallar el método, los sistemas que permitan garantizar, según nuestros cálculos, el resultado esperado. Así, por ejemplo, lo que “es malo” debe quitarse de en medio. El hecho de que existan realidades malas entre nosotros significa un fracaso, hay que intervenir extirpando y mejorando el sistema. Igualmente la planificación correcta exige un punto de partida firme y fuerte. Solo así cabe esperar un crecimiento efectivo.

Todo forma parte de la lógica elemental que rige el progreso humano. ¿Por qué no aplicar esta lógica al crecimiento de la Iglesia, hoy precisamente cuando somos más conscientes que nunca de nuestra capacidad para dominar y cambiar la realidad? Quien se niegue a aplicar esta lógica del crecimiento será por ignorancia o por miedo a los cambios en los métodos, el lenguaje, los instrumentos, el estilo…

Nada de esto tiene que ver con las palabras y las acciones de Jesús. Él sí nos pide que acojamos la gran novedad que trae consigo. Esta novedad radical es la afirmación de la gracia, la acción de amor gratuito que introduce Él mismo en el mundo para su salvación. Ni este mundo, y menos la Iglesia, nos pertenecen, no somos sus amos omnipotentes.

Ciertamente somos llamados a mejorar el mundo y contribuir al crecimiento de la Iglesia. Pero somos enviados a hacerlo como siervos. Y un siervo, lo primero que ha de hacer es aprender y asimilar los criterios, el estilo propio del Señor, la manera como él trabaja y trata a la humanidad. Entonces aquel amor gratuito que introdujo en nuestra historia se convertirá en el único modelo, la única manera como podremos hacer avanzar el mundo y crecer la Iglesia.

Lo que sí quedará envejecido serán aquellas pretensiones de dominio, control y eficacia que solo sirven para proyectos cortos y para llevar adelante planes humanos. Un progreso que apenas deja entrever un pequeño atisbo de lo que significa la verdadera salvación.

 

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.