Dirigida a los sacerdotes y a todos los diocesanos sobre la participación en la Eucaristía del domingo

Queridos diocesanos:

Hace ya unos meses, cuando comenzamos el confinamiento domiciliario para defendernos de la pandemia del COVID-19, tuve que tomar una decisión que realmente me preocupó mucho, especialmente por vosotros: la de cerrar nuestros templos para el culto público y, de ese modo, privaros de la participación presencial en la Eucaristía dominical, de la que os dispensé moralmente hasta tanto cambiaran las circunstancias.

La situación sanitaria me hizo adelantarme a tomar estas decisiones, para tranquilizar vuestras conciencias, especialmente la de muchos mayores, que suele ser el colectivo más sensible ante la responsabilidad y obligación de los católicos de participar en la Misa Dominical. Os confieso que lo hice con mucha preocupación, porque me preguntaba si esto podría dañar vuestra conciencia cristiana, especialmente la de aquellos que, semana a semana, participan en la Eucaristía del domingo y son conscientes de su valor para la vida cristiana y para su sentido de Iglesia. Esperaba, con confianza en vosotros, que no olvidaríais lo que afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, “la Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la practica cristiana” y es “un testimonio de pertenencia y fidelidad a Cristo y a la Iglesia”. Como nos enseña el Concilio Vaticano II, es “centro y culmen de la vida cristiana”.

Como sabéis muy bien, nuestra vida es eucarística por excelencia; en la celebración de la Eucaristía vivimos la comunión en la fe y en la caridad, en ella nos afianzamos en la santidad de Dios y alimentamos nuestra esperanza de salvación. En resumen, desde siempre, los cristianos tenemos como lema de vida que “sin la Eucaristía no podemos vivir”.

Estoy seguro de que ha sido por estas convicciones que muchos de vosotros habéis salido fortalecidos en el deseo de participar en la Misa del domingo, de la que os habéis visto privados por el confinamiento y sólo la habéis podido seguir por los medios de comunicación, que tan generosamente se han comportado. Por eso, a día de hoy, tengo que decir que mis temores eran infundados, especialmente cuando escucho los testimonios de tantos de vosotros, que habéis entrado en la “nueva normalidad” convencidos de que hay que volver a participar en la vida comunitaria de la parroquia.

Considero, por tanto, que debo de dar por finalizada la dispensa de participar presencialmente en la Misa del Domingo y dejo ya a vuestra conciencia la decisión de asistir. Seguir la Misa a través de los medios es un servicio generoso para mayores, enfermos e impedidos. Todos los demás estamos invitados a sentarnos en la mesa eucarística en nuestros templos, en los que manifestamos cada domingo nuestro vínculo comunitario como Iglesia del Señor, participamos del misterio de su muerte y resurrección y comemos y bebemos el Pan de vida eterna y el Cáliz de eterna salvación.

No obstante, la vuelta a la practica de la Misa dominical hemos de hacerla paulatinamente y sólo cuando nos sea posible; teniendo en cuenta siempre el aforo de los templos y también la situación en cada lugar, en lo que se refiere al contagio del coronavirus. Cuídense, especialmente, las personas de mayor edad o con factores de riesgo. La incorporación ha de ser prudente, porque la pandemia del COVID 19 continúa entre nosotros.

Por último, me dirijo a los que, sin ser participantes habituales en la Eucaristía en sus parroquias, la han seguido ahora en sus casas, en familia, a través de los medios de comunicación. Me consta que muchos se han sentido no sólo cómodos sino felices de participar en estas celebraciones. Os digo que eso, siendo muy bueno, no es nada en comparación con lo que realmente sucede cuando todos estamos unidos junto al altar, formando la familia de los hijos de Dios, que viven la gracia de celebrar el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Os invito, por tanto, a incorporamos a la vida comunitaria de vuestras parroquias, de las que quizás estáis alejados, más que nada, por razones sociológicas. Seguramente, no pertenece a vuestro comportamiento social el ir a misa con frecuencia.

No obstante, hasta tanto tomáis esta decisión, si os habéis sentido a gusto en las celebraciones que habéis seguido por los medios de comunicación, continuad participando en ellas; estoy seguro de que el Señor se sentará en una silla al lado de la vuestra cuando estéis siguiendo lo que otros viven presencialmente en los templos.

Animo a los sacerdotes a que tengan pastoralmente en cuenta a estos fieles cristianos que, seguramente, le han cogido el gusto a las celebraciones por las redes, pero que aún no están preparados para dar el paso a una participación plena, consciente y activa junto a los que viven como Iglesia que camina unida y participa en comunidad en la vida sacramental, especialmente en la Eucaristía. Seguid en contacto con ellos a través de los recursos y medios que habéis utilizado durante el CONFINAMIENTO.

Con mi afecto y bendición.

+Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.