Dejadlos crecer juntos

El evangelio de este domingo nos propone la parábola del trigo y la cizaña, una experiencia cotidiana de quien cultiva el campo, y de la que Jesús extrae una enseñanza fundamental para nuestra vida

Dios sólo es origen del bien, el mal no tiene nunca origen en Dios. Y se plantea la pregunta ¿por qué existe el mal en el mundo, en nuestro corazón, a nuestro alrededor? La parábola nos enseña que el buen sembrador ha sembrado buena semilla en el campo, ha sembrado trigo, y como tal esa semilla va creciendo hasta dar fruto y darnos un rico pan. Pero, junto a esa semilla buena, de la que se esperan frutos buenos, aparece otra hierba mala, la cizaña. Es muy parecida al trigo en su aspecto exterior, pero sus granos son tóxicos para el consumo humano.

La reacción espontánea de los empleados en ese campo, cuando ven aparecer la cizaña, que ellos no han sembrado, es la de ir al dueño del campo para preguntar quién lo ha sembrado. La respuesta es clara: ha sido el enemigo. El enemigo del hombre en el lenguaje bíblico es siempre Satanás, cuya tarea permanente es la de sembrar el mal para apartarnos de Dios. Queda identificada, por tanto, la semilla tóxica y quién ha sido el que la ha sembrado. No ha surgido por generación espontánea, la siembra ha sido intencionada.

Y viene entonces el núcleo de la enseñanza. La reacción espontánea y la propuesta es la de ir a arrancarla inmediatamente. Para que no haga daño al trigo, para que no confunda al labrador, para que los frutos de una y de otra no se confundan. Pero el dueño del campo señala rotundamente: No, que podíais hacer daño al trigo.  Al arrancar la cizaña, corre peligro el trigo, que podría ser arrancado indebidamente.

Hay males en nuestra vida y en la sociedad que habitamos que son fáciles de identificar y de luchar contra ellos. Nuestra lucha contra el mal ha de ser constante, una lucha sin cuartel. Pero hay males, que a pesar de ser identificados, no pueden ser eliminados de un plumazo. Se trata de convivir con ellos, fortaleciendo el bien que cultivamos y tolerando el mal que acompañan. Aquí, el discernimiento. Cuándo debemos atacar frontalmente el mal hasta erradicarlo y cuándo hemos de convivir con él tolerándolo para no hacer un mal mayor.

El dueño del campo no procede a arrancar la cizaña para no perjudicar al trigo. No la arranca por respeto a la cizaña ni por darle otra oportunidad a la misma cizaña. La cizaña siempre será tóxica y cuanto más crezca peor. Sin embargo, para no dañar al trigo, permite que crezcan juntos el trigo y la cizaña. Tiempo habrá, cuando llegue la siega, de separar lo uno y lo otro. Y el buen trigo irá al granero, mientras que la cizaña irá a la hoguera, será destruida.

Recurrían a mí hace unos días unos padres para que les aconsejara acerca de un hijo y de su mal comportamiento. Qué podían hacer. Acababa yo de meditar esta parábola, y encontré luz en ella para ofrecerla a esos padres angustiados. En cada actuación concreta, invoquemos al Espíritu Santo para ver qué tenemos que hacer. Pero en caso de duda, probemos en la línea de esta parábola, que algunos podrían calificar de tolerante, incluso en el mal sentido de la palabra. Dejadlos crecer juntos. Hay riesgo de que todo se vuelva cizaña. Hay riesgo de que el trigo, poco o mucho, se vuelva inservible si sus frutos se mezclan con el fruto tóxico de la cizaña. Dejadlos crecer juntos, nos dice Jesús hoy. No se trata de una indiferencia ante el mal ni se trata de favorecer el mal directa o indirectamente. Se trata de salvar el trigo. Y a veces para salvarlo hay que hacer la vista gorda ante la cizaña, que ha sembrado el enemigo. Ya llegará el momento de separar el trigo de la cizaña, pero ahora respeta la persona, respétala con todo el amor de tu corazón, respeta su libertad, como hace Dios continuamente con nosotros. Con este respeto a la persona por encima de todo, el trigo se fortalecerá y la cizaña quedará delatada por sí misma, de manera que el mismo sujeto que la padece será capaz de eliminarla en su momento. La pedagogía de Dios no siempre coincide con la nuestra.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.