La oración cristiana (III)

¿Para qué rezar? Únicamente cuando tenemos clara la respuesta a esta pregunta podemos entender lo específico de la oración cristiana. Muchas personas sienten necesidad de orar “para sentirse bien”, “para encontrarse consigo mismo” o para “tranquilizar su espíritu”. En este caso la oración queda reducida a una reflexión para tomar consciencia de los movimientos interiores del propio espíritu y de los propios deseos y, de este modo, poder dominarlos y alcanzar la paz. Así la oración se convierte en una meditación que no es propiamente cristiana, porque la meditación cristiana consiste en reflexionar sobre la propia vida confrontándola con la Palabra de Dios para iniciar un camino de conversión. Esto no excluye que podamos emplear técnicas que nos ayuden a serenar el espíritu y nos predispongan positivamente a la oración, pero no podemos confundirlas con ella.

Para un cristiano la meta de la oración y de todo el camino de la existencia es Dios, que es el fin último del hombre, y no debe ser instrumentalizada en función de otras finalidades. La oración nos ayuda a crecer en las actitudes que nos unen ya en esta vida a Dios y, por tanto, nos permiten llegar a alcanzarlo un día en plenitud: la fe, la esperanza y la caridad. San Agustín lo expresa magistralmente con estas palabras: “La fe, la esperanza y la caridad conducen hasta Dios al que ora, es decir, a quien cree, espera y desea”.

La actitud fundamental que caracteriza la vida del creyente es la fe y la confianza en Dios. Gracias a ella, ante las dificultades, “no anda agobiado”, ni se “afana” por el cuerpo o por el vestido, ni por lo que va a comer o beber, ni por el mañana (Mt 6, 25-34). La fe es una adhesión filial a Dios que va más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Sabemos que esta se pone a prueba especialmente en los momentos de dificultad y tribulación, o cuando experimentamos que Dios no nos concede lo que le pedimos. En esos momentos no debemos dudar de Él ni abandonar la oración, porque no significa que se haya olvidado de nosotros, sino que nos quiere dar “bienes mayores” (San Agustín).

En la vida tenemos muchas esperanzas. Unas se realizan y otras no. En el fondo todas nos hablan de un deseo de felicidad que hay en el corazón del ser humano: “en el fondo, queremos solo una cosa: la vida bienaventurada, la vida que simplemente es vida, simplemente felicidad” (Benedicto XVI). La oración nos ayuda a mantener esta esperanza en medio de las dificultades y a crecer en ella, porque despierta en nosotros el deseo de la Vida Eterna.

La caridad es amistad con Dios. Esta amistad nos lleva a amar a los demás como hermanos nuestros. Santa Teresa de Jesús define la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”. Para Santa Teresa del Niño Jesús es “un grito de amor a Dios tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría”. Gracias a la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones, que “viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene” (Rm 8, 26), en la oración esta amistad va creciendo cada día hasta unirnos con Dios.

La oración no es, por tanto, algo secundario para un cristiano: es necesaria para quien quiere alcanzar a Dios y, con Él, la verdadera felicidad.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.