Anunciar el Evangelio en una sociedad: Retos y desafíos para un nuevo tiempo

El Congreso de Laicos ha significado para muchos un singular momento de gracia y de presencia del Espíritu en la Iglesia que peregrina en España. Y lo ha sido por diversos motivos: en primer lugar, por el momento mismo de la celebración del Encuentro en Madrid. Hay que agradecer el esfuerzo de tantos para que todo saliese lo mejor posible.

Pero también hay que dar gracias a todos los congresistas por la actitud con la que participaron en el mismo. A pesar de las deficiencias que pudiesen existir, creo que fue un momento de comunión, de corresponsabilidad y de vivir con ilusión renovada el gran reto que tenemos de anunciar el Evangelio en una sociedad que ha cambiado mucho, lo que nos obliga a no perder de vista que estamos en “estado de misión permanente”.

Las ponencias generales, los itinerarios que se propusieron, los talleres y experiencias que pudimos compartir, nos mostraron el ingente trabajo que mucha gente está llevando adelante en nuestras diócesis con creatividad, espíritu de servicio, amor a la Iglesia y una grandísima generosidad.

En segundo lugar, por todo el proceso de preparación del mismo. Los meses previos al Congreso fueron momentos de intenso trabajo, tanto por los encargados de la organización general, como por los que en las diócesis acogieron las propuestas que se hicieron y las desarrollaron con acierto y constancia. Ello permitió tener una visión significativa de nuestro momento eclesial y, a la vez, tomar conciencia de que, para poder afrontar los retos que tenemos delante, debemos apoyarnos en el trabajo compartido, en el que todos hemos ido aprendiendo que los demás hermanos, independientemente de su carisma o espiritualidad, son realmente un don para nuestra Iglesia. También sirvieron estos meses de preparación, y no me parece una cuestión menor, para revitalizar nuestras Delegaciones de Apostolado Seglar en muchas diócesis españolas.

El tercer momento está por escribir. Sería el desarrollo del post-congreso. La crudeza de la pandemia que hemos sufrido, el dolor y el sufrimiento que ha generado en todos, y las consecuencias socioeconómicas que se están derivando, están influyendo, retrasando y condicionando, la acogida del mismo. En muchas diócesis había preparados encuentros diocesanos de laicos que no se han podido celebrar, por las circunstancias por todos conocidas. Pero estoy convencido de que este retraso y los hechos que lo han provocado, no serán óbice para poder desarrollar los retos que surgieron en el Congreso. Los cuatro itinerarios trabajados en el encuentro (primer anuncio, acompañamiento, procesos formativos y presencia en la vida pública) nos ayudan a definir las prioridades en nuestro trabajo, que en los próximos años habrá que abordar de manera sistemática para encontrar luz, partiendo siempre de la riqueza eclesial ya existente. A su vez, no podemos olvidar el marco en el que nos hemos movido desde el principio a la hora de desarrollar nuestro trabajo y que, a mi modesto entender, ha dado ya abundantes frutos: tener el discernimiento como método para interpretar los nuevos signos de los tiempos y la sinodalidad como camino, que nos permita articular de manera adecuada nuestras respuestas.

Se ha realizado mucho trabajo que hay que agradecer. Pero también queda mucho por hacer. Seguro que el Espíritu Santo irá por delante para mostrarnos cómo ser Pueblo de Dios en salida en este momento de la historia. ¡Adelante!

Mons. Carlos Escribano Subías, Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Presidente de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida

(Pueblo de Dios en salida)

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