Una hacienda de la esperanza en la pandemia

Hay hechos que nunca se olvidan, como me ocurre a mí con san Francisco de Asís. Siempre me he sentido sorprendido ante este santo. ¡Qué belleza tenía su saludo, cuando reconocía la bondad y la dulzura única de Dios Creador, observando la belleza y la fuerza que están contenidas en todas las criaturas y que de alguna manera son un espejo del Creador! Con su expresión «alabado seas mi Señor por todas tus criaturas», quiero, con todos los que leáis esta carta, alabar a Dios por la belleza de la Iglesia. A pesar de los errores que podemos cometer sus miembros, a pesar de las incoherencias de nuestras vidas, hay muchos que, siguiendo las huellas del Señor, engrandecen la obra de Cristo, su Iglesia.

Su grandeza está en que es obra del Señor. Es buena y santa, acerca y regala a todos los hombres esa presencia de lo divino que es el mismo Dios entre nosotros a través de lo más humano. He estado estos meses de la pandemia reuniéndome con laicos, religiosos, sacerdotes y consagrados de vida activa y contemplativa, hombres y mujeres que trabajan en la universidad, en los medios de comunicación, en las tareas corrientes de la vida, con las familias, con los jóvenes, con un grupo de médicos y farmacéuticos cristianos hace unos días… Y después de estos encuentros no puedo más que agradecer que la Iglesia sea una hacienda de la esperanza.

En medio de este mundo, tan lleno de cosas y también tan lleno de contradicciones, he encontrado una vez más que en esta tierra hay una hacienda de la esperanza que es la Iglesia de Jesucristo. Lo grandioso de esta hacienda de la esperanza es lo que ha puesto Jesucristo, que lo pone todo; lo pequeño e incoherente muy a menudo somos muchos de nosotros, aunque también hay verdaderos testigos de la fuerza del Evangelio. Esta hacienda es la manifestación del gesto de amor de Nuestro Señor Jesucristo a los hombres. Resuena en todos los lugares, en las ciudades, en los pueblos, en las colinas y en los valles, en todas las latitudes de la tierra. Porque la Iglesia hace verdad lo que nos dice el salmo 18: «Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje» (Sal 18, 4-5). Y lo hace por coherencia con el mandato del Señor: «Id al mundo y anunciad el Evangelio».

¡Qué maravilla! Donde la sociedad no ve futuro, donde la esperanza se derrumba, los cristianos, los discípulos de Cristo están llamados a anunciar la fuerza de la Resurrección y lo tienen que hacer precisamente desde esta hacienda de la esperanza. ¿Os imagináis lo grande que podemos hacer esta tierra? ¿Os imagináis lo que podemos hacer en este tiempo de la pandemia? Mirad, ved, escuchad, acompañad a tantas personas, jóvenes, adultos, ancianos, parados, enfermos, inmigrantes, personas no reconocidas en su dignidad desde el inicio de su vida hasta su término, con problemas de drogas y alcohol, dependientes de sustancias químicas, en una sociedad consumista que a menudo se aleja de Dios, a tantos que se quedaron sin trabajo, sin casa… Ahí, en medio de todos los hombres, de todas sus situaciones, qué fuerza tiene la Iglesia. Es una hacienda para todos los hombres, construida por creyentes y abierta a no creyentes, hombres y mujeres de todas las edades. Al verla todos han de preguntarse: «¿Por qué hacéis esto?».

Desde esta hacienda de la esperanza, os invito a mirar a Dios mismo. Al mismo Dios que contempló todo lo que había hecho y vio que estaba muy bien (Gn 1, 31). ¿Por qué lo estropeamos los hombres? Tenemos que salir a la vida, a esta historia como el Hombre Nuevo, Jesucristo, para devolver el rostro verdadero a todo lo creado, al hombre y a todas las criaturas. Y la Iglesia tiene esta misión: llevar de la mano a todos los hombres hasta Jesucristo. Tiene que llevarlos a contemplar al Hombre Nuevo y entregarles los medios necesarios para que sigan sus pasos, haciendo verdad aquel mandato que Él nos dio: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

La Iglesia anuncia a los hombres que, cuando el pecado entró en el mundo y con él la muerte, la criatura amada por Dios, a pesar de estar herida, no perdió totalmente su belleza; al contrario, recibió un Amor mayor. Recibió a Cristo Resucitado, que cura todas las heridas del hombre y salva a los hijos de Dios, salva a la humanidad de la muerte. ¿No veis cómo la Iglesia es la hacienda de la esperanza? ¿Qué entrega la Iglesia sino a Jesucristo? ¿De qué amor vive la Iglesia y qué amor regala si no es el de Jesucristo?

En esta hacienda de la esperanza se unen las oraciones de los creyentes, de todos los discípulos de Cristo, de la Iglesia que camina aquí en España. Se une la oración a su vida de compromiso y de amor por todos, de tal manera que realiza un trabajo de sanación de esta sociedad, de terapia verdadera para eliminar las prisiones y romper las cadenas que esclavizan, restaurando la belleza que encanta y maravilla a Dios y hace felices a los hombres. Es necesario edificar, construir la esperanza, tejiendo el entramado de una sociedad que, al extender los hilos de la vida, pierde el verdadero sentido de la esperanza. Y todo ello haciendo experimentar a los hombres el amor de Dios. En estos momentos que viven los hombres estamos llamados con urgencia a dar esperanza al estilo y a la manera de Jesucristo.

Con gran afecto y mi bendición,

+Carlos, Cardenal Osoro
Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.