Verano de pandemia: el encanto de lo local y la solidaridad como antídoto

Nos encontramos en los inicios de un verano que se sitúa, entre la vivencia de una fuerte crisis sanitaria de la que salimos con la llamada “desescalada”, y el horizonte de un otoño incierto tanto a nivel sanitario como a nivel económico y social.

Creo que muchos podemos coincidir en la percepción de que la etapa que representan en nuestra vida, como personas y miembros de la Iglesia, estos últimos meses tiene una gran incidencia. Se han generado vivencias que nos transforman. Se ha pasado de la sensación estable y prepotente por el progreso de los países desarrollados a sentirnos inmersos en un mundo
herido y sin respuestas ante crisis sanitarias, económicas y humanitarias globales; pasando de la seguridad a la inseguridad, pasando, como consecuencia, a la aceptación de unos niveles de injerencia y de control en nuestras vidas muy altos y socialmente aceptados, impensables anteriormente, comprensibles por el miedo al contagio y el clima creado de anteponer la salud antes que cualquier otra cuestión.

Ha sido una etapa en nuestras vidas que ha tocado y ha afectado a grandes cuestiones: a la vida familiar vivida en un confinamiento único, a la educación, que ha tenido que reinventarse a marchas forzadas, a la vida laboral afectada en muchas personas por nuevas formas de desarrollarse y en otras muchas, sencillamente, hundida y destrozada; y, no digamos, si
entramos en la experiencia de los afectados por tantas muertes en soledad, tantas despedidas que no existieron de seres queridos, tantas familias afectadas por la enfermedad, el dolor, el truncamiento de sus vidas. Han sido tantas realidades de fuerte incidencia y en tan corto espacio de tiempo, que necesitaremos de tiempo y de sabiduría para adquirir suficiente perspectiva para extraer las enseñanzas de unos tiempos, que quizás tan sólo estamos comenzando, y, que sin duda, han transformado nuestro mundo conocido, estableciendo un antes y un después en nuestra historia.

A nivel eclesial, muchos han sido las reflexiones que hemos podido compartir. Así, en positivo, hemos destacado el servicio abnegado y fiel de sacerdotes, consagrados y laicos. Encomiable, especialmente, en aquellos más comprometidos en el mundo hospitalario, de las residencias y de las visitas domiciliarias a enfermos, ancianos y personas solas o en necesidad. La caridad comprometida, hecha cercanía y servicio, se ha mantenido muy viva. Igualmente hemos destacado la creatividad de muchos hermanos, párrocos y agentes de pastoral que se las han ingeniado con nuevos cauces para hacer llegar a muchos las celebraciones litúrgicas, las catequesis, la formación y los servicios de ayuda y de caridad.

Pero igualmente hemos realizado llamamientos, apuntando que las nuevas circunstancias han acentuado la urgencia de un necesario relevo generacional, especialmente en el campo de los agentes de pastoral en la catequesis y en la caridad. Con el consiguiente esfuerzo por nuevas incorporaciones y por la adecuada formación de las mismas, algo que no se puede improvisar. Del mismo modo, al igual que en la Visita Pastoral desplegada en todos estos años, hemos llamado insistentemente a la
continuidad en la iniciación cristiana después de las Primeras Comuniones y al ofrecimiento de espacios para jóvenes cristianos tras la Confirmación, lo cual es vital para revitalizar y crear futuro en nuestras comunidades parroquiales. Estos repetidos llamamientos en estas circunstancias han incidido, también, en la identidad cristiana y la vitalidad de nuestros Colegios, Movimientos, Hermandades y Cofradías, y todo tipo de realidades y servicios diocesanos.

En nuestra vida cristiana personal y también comunitaria, se precisa seguir acentuando el valor de algo de lo que esencialmente hemos carecido en esta reciente etapa de confinamiento. Si que ha llegado a muchos la Santa Misa a través de los medios de comunicación social. Si que han podido vivirse por parte de las familias cristianas esas celebraciones, gracias a esas
transmisiones, como momentos de gracia, de verdadera Iglesia doméstica: padre-abuelos, rezando con sus hijos, nietos y haciendo comunión espiritual. Pero nos faltaba comer realmente el Cuerpo de Cristo, comulgar realmente con Él; y nos faltaba vivir la comunión en el Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, concretizada en la comunidad, especialmente la parroquial. Por ello, reavivemos las misas dominicales de nuestras parroquias, reavivemos el hambre de Eucaristía y de comunidad. Demos
nueva vida a las misas dominicales de nuestras parroquias y comunidades, verdadero corazón del vivir cristiano. Que el ayuno de pan eucarístico real y el ayuno de comunidad festiva parroquial, nos impulse a revitalizar la grandeza de la Eucaristía y de la asamblea eucarística, como vivencia plena y gozosa, como cumbre y fuente de la vida cristiana, en todos y en cada uno de nosotros.

Vamos a entrar en un verano único también, entre otras cosas, por la inexistencia de nuestras queridas fiestas patronales. Esos días únicos de fe y piedad, de alegría, encuentro, pólvora, música, raíces y vida local propia que configuran –además- nuestra identidad. Está claro que no las podemos tener. Pero pido que el día propio de la fiesta de nuestro patrón o nuestra patrona, no falte la Misa Solemne de la fiesta. Con las limitaciones propias de la situación, cumpliendo por responsabilidad todas las normas sanitarias, pero viviendo “a tope”, desde dentro con más fe y sentimiento que nunca, la Misa Solemne de nuestra fiesta. Ello depende, esencialmente, no de autoridades o de comisiones festeras, a las que según proceda en cada lugar y circunstancia se les hará partícipes, ello depende de curas y de laicos, enraizados en la fe y en el amor al Señor y a la Virgen y bien enamorados de su pueblo, de su gente, con “olor a oveja” como nos pide el Papa.

Ánimo, pues, a vivir un verano rico en interioridad, como siempre, rico en fe, en familia, en comunidad, en caridad. La solidaridad venza al aislacionismo, la cooperación a la desunión; esas son las vías para vencer ésta y otras crisis que vendrán. Redescubriendo el encanto de lo local, de las raíces, de la identidad, del “modo” de celebrar a Dios, al Señor. Para así,
alimentados por la Eucaristía, ser más solidarios que nunca, más relacionales y abiertos, cuidando la persona, buscando a Dios nuestra salud y nuestra salvación definitivas.

Feliz verano.

+ Jesús Murgui

Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
Acerca de Mons. Jesús Murgui Soriano 149 Articles
Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.