Frutos estivales de santidad

Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

Durante el verano abundan las celebraciones marianas y la conmemoración de los ricos frutos de la santidad en la vida, vocación y misión de multitud de personas que, en su itinerario vital, se han convertido en personas-luz que reflejan y comunican el resplandor de Jesucristo.

La celebración en torno a los santos nos asegura la confiada certeza de que no estamos solos en nuestro caminar diario, que es posible vivir de otra manera, que se puede ser feliz caminando tras las huellas del Señor. Los santos nos ofrecen “el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino” (Prefacio I de los santos).

Nos “sentimos animados por tan abundantes testigos” (ibid.) y deseamos alcanzar, con ellos, “la corona de gloria que no se marchita” (ibid). El testimonio admirable de los santos fecunda sin cesar a la Iglesia con vitalidad siempre nueva y, en ellos, el Señor nos da pruebas evidentes de su amor (cf. Prefacio II de los santos).

El Papa Francisco nos dice: “En los procesos de beatificación y canonización se tienen en cuenta los signos de heroicidad en el ejercicio de las virtudes, la entrega de la vida en el martirio y también los casos en que se haya verificado un ofrecimiento de la propia vida por los demás, sostenido hasta la muerte. Esa ofrenda expresa una imitación ejemplar de Cristo, y es digna de la admiración de los fieles” (Gaudete et exsultate, 5)

También nosotros podemos caminar por la senda de la santidad, inspirados por los santos. Es posible revivir el mensaje misionero que ellos han dejado a la Iglesia. Es posible conservar e incrementar en el corazón el ardor apostólico de los santos, nacido del amor a Jesucristo. Los santos nos animan para que llevemos al mundo la luz que dio esplendor a sus vidas y gozo a sus corazones.

San Juan Pablo II escribió: “Los laicos pueden realizar su vocación en el mundo y alcanzar la santidad no sólo comprometiéndose activamente a favor de los pobres y los necesitados, sino también animando con espíritu cristiano la sociedad mediante el cumplimiento de sus deberes profesionales y con el testimonio de una vida familiar ejemplar” (¡Levantaos! ¡Vamos!, p. 107).

Las fiestas patronales son una ocasión propicia para el reencuentro, para la convivencia, para la alegría sana y festiva, para el fortalecimiento de los vínculos familiares y sociales, para la cooperación generosa y la colaboración incondicional.

Tenemos una oportunidad pastoral para subrayar el contenido cristiano de las fiestas. A los santos les pedimos que intercedan por nosotros para que el Señor nos conceda salud, paz, serenidad, gozo. Les solicitamos su intercesión para que el Señor bendiga los campos y los haga fecundos, para que los riesgos de las inclemencias climatológicas no echen a perder la labor de muchos meses de esfuerzo. También rogamos por los ganados, la ganadería extensiva y la intensiva, y los animales domésticos, que requieren atención y dedicación.

La creación misma alaba y bendice al Creador. “El Señor podía invitar a otros a estar atentos a la belleza que hay en el mundo porque él mismo estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro. Cuando recorría cada rincón de su tierra se detenía a contemplar la hermosura sembrada por su Padre, e invitaba a sus discípulos a reconocer en las cosas un mensaje divino: «Levantad los ojos y mirad los campos, que ya están listos para la cosecha» (Jn 4,35)” (Laudato si`, 97).

La Virgen María, “que vivió en constante y profunda comunión con Cristo, es modelo sublime y perfecto de santidad” (Benedicto XVI, Ángelus, 10 julio 2005).

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Jaca y de Huesca

Mons. Julián Ruiz Martorell
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D. Julián RUIZ MARTORELL nació en Cuenca el 19 de enero de 1957. Desde pequeño vive en Zaragoza. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Zaragoza, siendo alumno del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA). Fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 24 de octubre de 1981. Encargos pastorales desempeñados: 1981-1983: Ecónomo de Plasencia de Jalón y Encargado de Bardallur; 1983: Encargado de Bárboles, Pleitas y Oitura; 1983-1988: Durante sus estudios en Roma, Capellán de las Religiosas "Battistine"; 1988-1993: Adscrito a la Parroquia de Santa Rafaela María, en Zaragoza; 1991-2005: Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar"; 1994-2010: Capellán de la comunidad religiosa del Colegio Teresiano del Pilar; 1998-2005: Director del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón; 1999-2005: Director del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín"; 2007-2010: Delegado de Culto y Pastoral de El Pilar. Fue nombrado obispo de Huesca y de Jaca el 30 de diciembre de 2010. En ese momento desempeñaba los siguientes cargos y tareas: Profesor de Sagrada Escritura del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (1988), del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar" (1988) y del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín" (1988); Miembro del Consejo Diocesano de Pastoral (1993); Miembro del Consejo Presbiteral (1998); Canónigo de la Catedral Basílica "Nuestra Señora del Pilar" de Zaragoza (2004); Miembro del Colegio de Consultores (2005) y Secretario del Consejo Presbiteral; y Vicario General de la Archidiócesis (2009). Fue ordenado obispo en la S. I. Catedral de Huesca el 5 de marzo de 2011. Tomó posesión de la diócesis de Jaca al día siguiente en la S. I. Catedral de esta diócesis.