Los retos de la Laudato si´(I)

En esta serie de cartas pastorales trato de presentar un marco de lectura que permita entender las implicaciones y plantear los retos. Lo hago en diez puntos, que forman una especie de decálogo ecológico, que resume los retos fundamentales, que iré desarrollando en las siguientes cartas pastorales.

  1. La causa de los pobres

Hay que reconocer que, a pesar de la buena recepción de la encíclica, en no pocos ambientes eclesiales y sociales, la causa de la ecología es aún considerada como algo exótico, como un lujo propio de sociedades ricas, como un freno al desarrollo de los pueblos o, poniendo un ejemplo gráfico, como un desenfoque que prioriza los animales como las focas antes que las personas.

Por eso, a algunos les ha podido sorprender que un papa que viene del sur del planeta, y que ha mostrado una sensibilidad social tan aguda, haya dedicado una  encíclica a esta cuestión. Esas voces escépticas parecen olvidar que muchas personas y grupos, dentro y fuera de la Iglesia, vienen insistiendo desde décadas en que las principales víctimas de la crisis ecológica son las poblaciones más pobres de la tierra. El papa Francisco asume esta visión cuando indica que “entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra” (LS 2).

Más aún, la encíclica desgrana “las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los pobres del mundo” (LS 13). A lo largo de la encíclica, el Papa describe algunos efectos de la crisis medioambiental. Veamos algunos ejemplos. 1º) “La exposición a los contaminantes atmosféricos produce un amplio espectro de efectos sobre la salud, especialmente de los pobres” (LS 20); 2º) el calentamiento global es particularmente grave “en los lugares más pobres de la tierra, especialmente en África, donde el aumento de la temperatura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los cultivos” (LS 51); 3º) la situación de los migrantes y refugiados medioambientales (LS 25); y 4º) las graves dificultades que sufren las poblaciones empobrecidas para acceder al agua potable (LS 28 ss.).

  1. Preocupación por la biodiversidad

Junto al modo de tratar la “cuestión socio-ambiental” como única, las palabras del papa Francisco introducen otra novedad significativa en la historia de la Doctrina Social de la Iglesia: una sorprendente preocupación por la biodiversidad (cfr. LS 32-42).

¿A qué se debe esta novedad significativa? Se debe, sin duda, a la centralidad de la cuestión la cual va más allá de su valor estético o sentimental hacia algunos animales icónicos en peligro de extinción. Así, se recuerda a los menos familiarizados con la biología que “algunas especies poco numerosas, que suelen pasar desapercibidas, juegan un rol crítico fundamental para estabilizar el equilibrio de un lugar” (LS 34).

Muchas de las numerosas especies que están desapareciendo a gran velocidad debido a la acción del hombre poseen un valor irremplazable puesto que “podrán significar en  el futuro recursos sumamente importantes, no sólo para la alimentación, sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios” (LS 32). En efecto, “estamos hablando de valores que exceden todo cálculo” (LS 36). Pero, además de su potencial utilidad, las especies con las que convivimos en nuestra ‘casa común’, aquellas con las que compartimos un cierto grado de fraternidad, deben ser conservadas porque “tienen un valor en sí mismas” (LS 33).

En último término, en la preservación de la biodiversidad está en juego mucho más que la conservación de algunas especies, la calidad y la preservación de nuestra propia vida: “Porque todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros” (LS 42).

  1. Los consensos científicos

Aunque la separación entre la fe y la ciencia constituye uno de los dramas de la Modernidad, hace ya mucho tiempo que la postura del magisterio eclesial admite, defiende y valora el campo propio de investigación científica. De ello da fe el Concilio Vaticano II cuando reconoce que “las cosas creadas y las sociedades gozan de leyes y valores propios, que el hombre va gradualmente conociendo” y que, por tanto, la autonomía de las realidades terrenas “no solo es una reclamación de los hombres de hoy, sino algo que responde a la voluntad del Creador” (Gaudium et Spes, 36).

En coherencia con este planteamiento y como no podía ser de otro modo, LS se apoya en el trabajo de los científicos. El Papa afirma con claridad que “hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático” y que “numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana” (LS 23).

El cambio climático y el calentamiento global no son los únicos temas, aunque sí son especialmente significativos y relevantes. Una postura igualmente fundamentada y matizada puede encontrarse, por ejemplo, al analizar los organismos genéticamente manipulados (cfr. LS 133). De hecho, la encíclica ha venido precedida de una serie de estudios y jornadas de debate, en las que ha jugado un papel destacado la Academia Pontificia de las Ciencias. Participan en ella numerosos y prestigiosos científicos, incluyendo varios galardonados con el premio Nobel, independientemente de sus creencias religiosas. La última de sus Conferencias Internacionales tuvo lugar en el mes de abril de 2015, en torno al siguiente tema: “Proteger la tierra, dignificar la humanidad: las dimensiones morales del cambio climático y de la humanidad sostenible”. Al respecto, Juan Pablo II ya escribió en 1988: “Al expresar mi admiración y mi aliento hacia estos valiosos pioneros de la investigación científica, a los cuales la humanidad debe tanto de su desarrollo actual, siento el deber de exhortarlos a continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte sapiencial en el cual los logros científicos y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos y éticos” (Fides et Ratio [FR], 106).

Con mi afecto y bendición,

+ Vicente Jiménez Zamora

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Vicente Jiménez Zamora
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Mons. D. Vicente Jiménez Zamora nace en Ágreda (Soria) el 28 de enero de 1944. Fue ordenado sacerdote diocesano de Osma-Soria el 29 de junio de 1968. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y en Filosofía por la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal y episcopal está unido a su diócesis natal, en la que durante años impartió clases de Religión en Institutos Públicos y en la Escuela Universitaria de Enfermería, además fue profesor de Filosofía y de Teología en el Seminario Diocesano. También desempeñó los cargos de delegado diocesano del Clero (1982-1995); Vicario Episcopal de Pastoral (1988-1993); Vicario Episcopal para la aplicación del Sínodo (1998-2004) y Vicario General (2001-2004). Fue, desde 1990 hasta su nombramiento episcopal,abad-presidente del Cabildo de la Concatedral de Soria. El 12 de diciembre de 2003 fue elegido por el colegio de consultores administrador diocesano de Osma-Soria, sede de la que fue nombrado obispo el 21 de mayo de 2004. Ese mismo año, el 17 de julio, recibió la ordenación episcopal. El 27 de julio de 2007 fue nombrado Obispo de Santander y tomó posesión el 9 de septiembre de 2007. Desde el 21 de diciembre de 2014 es Arzobispo de Zaragoza, tras hacerse público el nombramiento el día 12 del mismo mes. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro del Comité Ejecutivo desde el 14 de marzo de 2017. Además, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales para la Doctrina de la Fe (2007-2008) y Pastoral Social (2008-2011). Desde 2011 era presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, tras ser reelegido para el cargo el 13 de marzo de 2014. El sábado 29 de marzo de 2014 la Santa Sede hizo público su nombramiento como miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.