Radicalidad del amor a Cristo

En el evangelio de este domingo, Jesús nos propone una doble enseñanza que hemos de tener clara, no solo a nivel intelectual, sino a nivel vital:

  1. La primera enseñanza que Jesús nos propone es la radicalidad de su seguimiento. El seguimiento del discípulo debe ser de tal categoría que el amor a Él sea lo primero y lo más importante para su seguidor, que ocupe el puesto más importante y esté por encima de todo lo demás. El seguimiento de Jesús pide radicalidad, de tal manera que el centro de nuestra vida, el interés más importante para el seguidor de Jesús, debe ser Jesús.

El mismo Jesús lo expresa de esa forma: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).

La reflexión que nos hace cristo es que Él, su persona y su mensaje, deben ocupar para el discípulo y seguidor suyo siempre el primer puesto en su vida, el máximo interés y el amor más entregado.

No nos dice que no queramos a nuestros padres o a nuestros hijos, que indudablemente tenemos que quererlos; pero nunca debemos anteponer el amor a ellos, al amor a Cristo, a su persona y a su mensaje.

Incluso nuestro amor a Cristo debe superar el amor a nosotros mismos y a nuestra propia vida porque, si queremos salvaguardar ante todo nuestra propia vida, la perderemos.

El seguimiento de Jesús supone que en nuestra vida va a haber momentos de dolor, de sufrimiento y de cruz, que es necesario aceptarlos y vivirlos, como exigencia y consecuencia de su seguimiento. Ser discípulo de Cristo pide aceptar esa cruz, esas cruces que nos da la vida, la cruz que supone encarnar en nosotros sus mismas actitudes, porque solo quien carga con su cruz y le sigue, es digno de Él.

  1. Su identificación con la persona de sus apóstoles y con todos los que cumplen la misión de anunciar el evangelio con sus palabras y con su vida de tal manera que, quien les reciba a ellos por serlo, es a Cristo a quien recibe.

San Mateo en este texto habla de cuatro grupos de personas con los que nos estaría diciendo el tipo de personas que componían su comunidad: los apóstoles, los profetas, los justos y los pequeños. Los apóstoles eran, ante todo, los mensajeros del evangelio que continuaban la misión de Jesús y sus representantes, pues solo de ellos se dice: «Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí»; pues según el proverbio rabínico, «el enviado de un hombre es como si fuera él mismo». Por eso la acogida o rechazo de los apóstoles es, en realidad, acogida o rechazo del mismo Jesús. Los profetas que ejercían un ministerio itinerante que consistía sobre todo en la predicación, los justos, con lo que designaría a los cristianos que procedían del judaísmo, que intentaban vivir en la comunidad cristiana su fidelidad a la ley de Moisés. Finalmente, los pequeños, con lo que designaría a los discípulos en proceso de maduración, que pueden escandalizarse con facilidad

Las palabras con las que termina el texto del evangelio de hoy y que cierran el discurso de misión, aplican a todos los miembros de la comunidad cristiana lo dicho de los apóstoles. Todos ellos son los enviados y a todos ellos, que componen la comunidad, se les confía la misión de anunciar el evangelio. En definitiva, la tarea de anunciar el evangelio pertenece a toda la comunidad.

Por eso este pasaje del Evangelio de San Mateo se refiere a todos ellos cuando dice: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Cuando aceptamos al que, con su vida y con su palabra, anuncia su mensaje, es a Cristo a quien aceptamos; y, lo mismo si lo rechazamos, es al mismo Cristo a quien rechazamos.

Escuchemos, valoremos y estemos con el corazón abierto, acogiéndolos y dando cuanto necesiten porque nada de eso quedará sin recompensa para nosotros, porque Cristo mismo se identifica con ellos, que son para nosotros portadores de su vida y su mensaje.

 

+ Gerardo Melgar Viciosa

Obispo prior de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.