Gloria y pequeñez del testimonio

El discípulo testigo de Jesucristo experimenta diversos miedos.

Uno de ellos, más que miedo, es el temor reverencial hacia el misterio que ha de testificar. Es el temor que experimentaba Isaías cuando recibió la misión de ser profeta: ¿cómo pueden hablar de ti mis labios impuros? (cf. Is 6,1-8). Bien mirado, ejercer de testigo del misterio es una osadía. Si nos mantenemos como evangelizadores y testigos es solamente porque hemos sido enviados y el Espíritu nos acompaña. El testigo se siente demasiado pequeño para llevar y comunicar un misterio tan grande.

Pero hay otro miedo más frecuente y también más complicado. Es el miedo que siente quien confiesa su fe, o da razón de ella, temiendo una reacción adversa de quienes le miran o escuchan. Un miedo que induce a temer la crítica, la burla, cierta soledad, la pérdida de valoración social, ser “etiquetado”, etc. Algo de esto presentía Jesús cuando, conociendo la debilidad de sus discípulos, les dijo: “no tengáis miedo a quienes pueden matar el cuerpo pero no el alma.” Por lo visto algunos discípulos pensarían que también perderían el alma, si en ella solo radicaba el honor, el buen nombre, el éxito…

Lo cierto es que ha penetrado en la imaginaría social una imagen negativa de la Iglesia y de la fe. Nuestros errores y pecados, que reconocemos humildemente, tienen algo que ver en ello. Pero ellos solos no pueden explicar aquella imagen negativa. La Iglesia ha dado, y está dando, un buen testimonio, a la talla de ser testigo de Cristo, junto a los más necesitados en situaciones de sufrimiento humano. Pero existe una especie de consigna, no sabemos si explícita o sobreentendida, en los medios de comunicación “más o menos oficiales”, consistente en silenciar cualquier obra buena de carácter social realizada por la Iglesia o por miembros creyentes como tales. Las noticias que esos medios encuentran repetidamente en la Iglesia suelen ser errores o escándalos. Quizá coticen bien en el mercado de la información… o quizá predominen criterios ideológicos…

Es un hecho cotidiano, pero que merece ser profundizado en otro momento.

Como ya hemos dicho, la fe en Jesucristo nos libera de la gran esclavitud del miedo. No hemos de olvidar que Jesús nos mandó que “no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. Al contrario, lo hemos de recordar siempre, aunque en otro contexto (por ejemplo ante un peligro de fariseísmo). Pero también nos dijo que hemos de ser sal y luz, y que cuanto hemos escuchado al oído deberá ser anunciado abiertamente, y que hemos de ir y anunciar a todo el mundo el Evangelio…

El buen testigo de Jesucristo lleva consigo un tesoro. Su grandeza no solo consiste en el hecho de haber sido enviado. Su misma fe, la sabiduría contenida en el misterio de vida que él conoce, cree y desea transmitir, es el tesoro que necesita la humanidad empobrecida. Testificar la fe es enriquecer el mundo. Es contribuir a la salvación del mundo. El cristiano temeroso y pusilánime no ha llegado a captar y gozar del gran tesoro que es la Buena Noticia del Evangelio.

Al mismo tiempo ese buen testigo no podrá olvidar nunca que, si lleva consigo ese gran tesoro es porque Jesucristo no se avergonzó de ser servido al mundo con un instrumento tan débil e inapropiado. La debilidad, incluida la debilidad moral, acompaña siempre la transmisión de la fe. Los santos, grandes testigos, también fueron pecadores, solo que venció en ellos aquella libertad que mana de la salvación de Cristo.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.