Sagrado Corazón de Jesús en ti confío, a Ti te los confío

Os escribo a todos los diocesanos y particularmente a los miembros del Apostolado de la Oración: Os agradezco el ofrecimiento a Dios que hacéis cada día por el Papa, por mí, vuestro Obispo, y por vuestros párrocos. Gracias por hacer vuestras nuestras intenciones. Os confío que en esta fase de «desescalada» en la que nos encontramos, me llena de alegría poder estar más cerca de vosotros. Estoy escuchando vuestras inquietudes, vamos compartiendo nuestros sentimientos y, sobre todo, doy gracias a Dios de que ya podamos celebrar juntos momentos de tanto consuelo como han sido el Corpus Christi y esta semana la
gran fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Os aseguro que os escucho con mi corazón de Pastor y comprendo y acojo vuestras preocupaciones, que hago mías, especialmente las de las familias que estáis sufriendo por tantas circunstancias difíciles. Todas ellas, y a cada uno de vosotros particularmente, las pongo ante el Señor a quien, una y otra vez, le digo: Sagrado Corazón de Jesús en ti confío, a Ti te los confío.

Me preocupa la situación concreta de cada una de esas personas que se acercan y me cuentan cómo se encuentran. También me preocupa la situación social y política por la que estamos atravesando, pues veo demasiadas incertidumbres. Por ello, buscando luz en el Señor, recuerdo lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 478: «Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: ‘El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta
razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), ‘es considerado como el principal indicador y símbolo… del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres’ (Pío XII, Enc. Haurietis aquas)». Estas palabras del Catecismo sobre el amor personal del Corazón de Jesús, me llenan de confianza y esperanza; por eso, os pido que también vosotros las hagáis vuestras. El Corazón de Jesús te conoce y te ama, Él está contigo. Como dijo el Papa Francisco hace un año con motivo de la solemnidad del Corazón de Jesús: «Jesús nos
mira, nos ama y nos espera. Es todo corazón y todo misericordia. Vayamos a Jesús con confianza, Él nos perdona siempre».

Mi lema episcopal (Cor Jesu fons evangelizationis pauperibus) muestra la certeza que tengo de que el Corazón de Jesús es fuente para evangelizar a los pobres; no solo a los que sufren la pobreza material, porque bien sé que los hombres y mujeres de hoy necesitamos de lo material y, sobre todo, de los bienes espirituales. Por es,o cuando oigo que necesitamos alcanzar «una nueva normalidad», yo pienso que lo que verdaderamente debemos anhelar es que entre todos construyamos una sociedad en la que reine el amor. No lo digo yo solo, ya lo dijo el Concilio Vaticano II: «La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda
la historia humana se halla en su Señor y Maestro… Él es el punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia humana y de la civilización, el centro de la humanidad, el gozo de todos los corazones y la plenitud total de sus aspiraciones» (GS n. 10 y 75).

Queridos todos: el Corazón de Jesús expresa el amor de Jesucristo, que entrega su vida «para que tengamos vida en abundancia» (cf. Jn 10,10), y también el Evangelista San Juan nos dice que «Dios es amor» (1Jn. 4,8). El Corazón de Jesús es la persona entera de Jesucristo, que nos ama, y desde ese interior hace nuevas todas las cosas. San Juan Pablo II nos dijo: «Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así –y esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador–
sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la civilización del Corazón de Cristo» (Carta al Prepósito general de la Compañía de Jesús, 5 octubre 1986). Así pues, dejémonos atrapar por este amor inmenso y eterno. Reiterando mi oración con vosotros y por vosotros: Sagrado Corazón de Jesús en ti confío, a Ti te los confío, os envío mi bendición.

+ Francisco Cerro Chaves
Arzobispo de Toledo y Primado de España

Mons. Francisco Cerro Chaves
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Nació el 18 de octubre de 1957 en Malpartida de Cáceres (Cáceres). Cursó los estudios de bachillerato y de filosofía en el Seminario de Cáceres, completándolos en el Seminario de Toledo. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1981 en Toledo, desempeñó diversos ministerios: Vicario Parroquial de "San Nicolás", Consiliario de Pastoral Juvenil, Colaborador de la Parroquia de "Santa Teresa" y Director de la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales. En la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma se licenció y doctoró en Teología Espiritual (1997), con la tesis: "La experiencia de Dios en el Beato Fray María Rafael Arnáiz Barón (1911-1938). Estudio teológico espiritual de su vida y escritos". Es doctorado en Teología de la Vida Consagrada en la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de más de ochenta publicaciones, escritas con simplicidad y dirigidas, sobre todo, a la formación espiritual de los jóvenes. Miembro fundador de la "Fraternidad Sacerdotal del Corazón de Cristo". Desde 1989 trabajó pastoralmente en Valladolid. Allí fue capellán del Santuario Nacional de la Gran Promesa y Director del Centro de Formación y Espiritualidad del "Sagrado Corazón de Jesús", Director diocesano del "Apostolado de la Oración", miembro del Consejo Presbiteral Diocesano; delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y Profesor de Teología Espiritual del Estudio Teológico Agustiniano. El 2 de septiembre de 2007 fue ordenado Obispo de Coria-Cáceres en la ciudad de Coria. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, departamento de Pastoral de Juventud, y de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.