Turismo en tiempo de pandemia

Inmersos en la “desescalada” del coronavirus, mi primer recuerdo es para aquellos hermanos nuestros que sufren sus terribles secuelas, ya sea por la pérdida de algún ser querido, por la enfermedad, soledad, o tal vez por su situación precaria o de incertidumbre económica… En este sentido, desde la Iglesia diocesana de Orihuela-Alicante, tratamos de paliar su dolor implicándonos de múltiples formas y rogando a Dios Todopoderoso que acabe con los males.

También el sector turístico está sufriendo, en estos momentos, una inquietante precariedad. La provincia de Alicante, sobre todo en verano, por la afluencia de visitantes, transforma su vida social, y por ende, también la diócesis, su actividad pastoral. Pero este año, la pandemia ha ralentizado su desarrollo normal creando graves problemas a este colectivo: empresas, transportes, hostelería, instalaciones de ocio, trabajadores, etc. Su penuria afecta también a todos los que no pueden realizar sus vacaciones. Urge, por tanto, su reactivación, en cuanto sea posible sanitariamente.

El turismo es un bien universal, por los valores y efectos saludables que comporta; es por ello, un derecho inalienable de todo ser humano. Convendría, pues, recordar algunas de sus bondades, especialmente útiles en estos momentos.

Una cualidad importante del desarrollo turístico es su capacidad de crear trabajo y de generar riqueza. En España, y concretamente en nuestra provincia, el turismo es uno de los impulsores esenciales de la economía y para muchos compatriotas esta actividad es imprescindible para el sustento familiar.

Otra de las virtudes, nada desdeñable, del turismo es su inherente poder de sanación humana. Fundamentalmente lo que buscamos siempre en su praxis es la recuperación física y psicológica del individuo; esta es más apremiante ahora, frente a ciertas secuelas del covid-19. Psicólogos de la Organización Mundial de la Salud ya nos están advirtiendo de una probable crisis de salud mental. El proceso de vuelta a la normalidad no es gestionado emocionalmente de la misma forma por todos. Por ello, la evasión y el relax que nos ofrece el turismo son magníficos remedios para el restablecimiento del equilibrio emocional después de ciertas experiencias traumáticas vividas por algunos durante la pandemia.

Destacan también como beneficios la convocatoria, la reunificación, y la conformación social del turismo. Atrae y vincula razas, culturas, creencias, países, personas de distinta procedencia e idiosincrasia… facilita los encuentros de alejados y posibilita la comunicación directa y personal. La presencia y proximidad que brinda a los individuos transciende y supera cualquier modo de diálogo cibernético, audiovisual o electrónico. En este sentido, quiero citar a tantas familias, que han sufrido, recientemente, una ardua reclusión durante meses, en la cual, por temor al contagio, han estado separados unos miembros de otros, comunicados tan solo por telefonía móvil o por video llamadas; el poder disfrutar de vacaciones otra vez juntos, les ayudará a restablecer la normalidad.

En definitiva, son tantos los beneficios derivados del turismo, que reivindicamos su pronto y pleno restablecimiento. No obstante, la responsabilidad y la sensatez exigen que ante todo se tenga en cuenta la situación sanitaria en la que nos encontramos: la epidemia aún no ha sido totalmente erradicada. Se nos advierte del peligro de posibles contagios y de nuevos rebrotes. En este sentido es imprescindible ser cautelosos. Salvaguardar la vida humana debe ser siempre el primer objetivo; en esta consecución, deben trabajar al unísono todos los responsables y estamentos turísticos, políticos y sanitarios. Es verdad que el discernimiento y las cautelas a adoptar no son siempre fáciles, ni están exentas de posibles errores, por eso se hace más acuciante el diálogo y la cooperación leal entre las partes afectadas. También es necesaria la implicación individual de cada viajero, y de todo el personal de servicio en el cumplimiento de las normas preventivas que se establezcan, a fin de lograr todos la máxima protección. Así, juntos conseguiremos que, sin precipitaciones, pero también sin demoras innecesarias, podamos tener un turismo seguro.  Pido al Espíritu Santo que nos ilumine en este empeño.

Por otra parte, el reinicio de la actividad turística es una buena ocasión, para la revisión y adopción de nuevos planteamientos. Y aunque ya he señalado su valía, el turismo no está exento de intereses y de actuaciones erróneas. La dignidad y el bienestar del ser humano deben ser siempre la meta a alcanzar por parte de los organizadores y empresarios. Su orientación se plasma en la siguiente pregunta: ¿Qué hace verdaderamente feliz a las personas? Sin duda alguna que el llamado “turismo basura” en sus excesos y chabacanerías, la diversión desenfrenada, la especulación y destrucción del hábitat, la conculcación de sus derechos a los trabajadores o un turismo mundano que prescinda de la transcendencia, etc. no son un buen  proyecto de desarrollo turístico, aunque de ello se obtengan grandes beneficios.

Un buen diseño turístico también debe incluir la dimensión espiritual.  Un maravilloso ejemplo lo tenemos en el evangelio cuando Jesús invita a sus discípulos a apartarse del trabajo para retirarse con Él a un lugar solitario a descansar (Mc. 6,30). Si el turismo no es solo de ajetreo, diversión y disipación; si logramos estar en vacaciones con nosotros mismos junto al Señor, seguro que se encenderá el pábilo, tal vez vacilante, de nuestra vida interior, como les sucedió a los apóstoles.

Para acabar, os reiteramos todo el apoyo diocesano al sector turístico, y nuestro aliento y respaldo a todas las iniciativas y acciones encaminadas a la consecución de un turismo seguro y saludable.

Que nuestra Madre la Virgen María nos ayude. Que nos mantenga en la esperanza y auxilie a sus hijos. A Ella os encomiendo y os doy mi bendición.

 

Orihuela-Alicante, 13 de junio de 2020

  1. Antonio de Padua

 

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
Acerca de Mons. Jesús Murgui Soriano 152 Articles
Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.