CORPUS CHRISTI: Hambre de Eucaristía; Hambre de Caridad

Poco a poco se irán recuperando las celebraciones en nuestros templos. No ha sido fácil conjugar el cierre de los templos, por colaborar con el esfuerzo del conjunto de nuestra sociedad por vencer la pandemia del COVID19, con el deseo de mantener el dinamismo de unas asambleas vivas que tratábamos de configurar desde la conversión pastoral que nos pide ser una Iglesia muy presente y activa en nuestra sociedad. A muchos niveles, hacia dentro y hacia fuera, las asambleas, sobre todo las de nuestras eucaristías dominicales, son centrales en la dinámica de nuestras comunidades parroquiales. El impacto del ayuno de Eucaristía que como comunidades nos ha tocado vivir ha tenido
fuertes consecuencias que es de desear se superen cuanto antes, con mucha fe, creatividad y esfuerzo sostenido.

Que el ayuno de Eucaristía que nuestras comunidades, y por tanto nuestros cristianos, han tenido que sufrir en este tiempo de confinamiento, ayude a valorar aún más el bien infinito de la participación en la Eucaristía, en la Misa de nuestras comunidades y parroquias. Que el hambre, la necesidad de encontrarse con el Señor y de alimentarse de
Él en el sacramento eucarístico, nos haga conscientes de la importancia de centrar nuestra vida personal y comunitaria en la Eucaristía. Que es, como nos dice taxativamente el Concilio Vaticano II, “fuente y cumbre de la vida cristiana” (LG 11).

Que la necesidad de la Eucaristía y de la recepción de otros sacramentos que hemos pasado en este largo e intenso periodo de tiempo, nos ayude a vencer rutinas y a superar la mentalidad individualista con la que nos hemos ido configurando y acomodando a la hora de recibir los sacramentos de la Iglesia. Los sacramentos, y especialmente la
Eucaristía, son siempre y de forma absoluta un auténtico don, gracia, bien inmerecido; igualmente no son bienes de libre y autónoma disposición, dispuestos para uso y disfrute particulares. Los sacramentos han sido confiados por Cristo a la Iglesia y como miembros de la Iglesia debemos acercarnos a recibirlos, con el corazón y la mente eclesialmente ensanchados, y con una profunda veneración y gratitud ante el don inmerecido que se nos
concede por la misericordia del Señor, y que llega a nosotros en su Iglesia.

El ayuno de la Eucaristía en este especial período de tiempo de pandemia, ha venido unido al ayuno de vida comunitaria normal y al ayuno de comunicación presencial con tantos hermanos con los que hacemos camino y con tantos hermanos a los que ofrecemos nuestro servicio. Al igual que Eucaristía y Caridad se nos muestran bien unidos en el Día del Corpus, se nos recuerda que junto al hambre de pan eucarístico, en el que nos unimos al Señor, debemos cuidar el deseo de salir, también, al encuentro de Cristo ahí donde nos ha asegurado su presencia, en el prójimo, especialmente en el necesitado.

Es bueno recordar, a este propósito, las afirmaciones de San Juan Pablo II, al convocar el Año de la Eucaristía: “No debemos hacernos ilusiones; por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (Cf. Jn 13,35; Mt 25, 31-46). En base a este criterio se comprobará la
autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (“Mane nobiscum Domine” 28).

Valga el marco de estas consideraciones para, desde ellas, dejar patente mi gratitud a nuestros sacerdotes, que, a lo largo de este tiempo, han seguido celebrando diariamente la Eucaristía por sus feligreses y por las necesidades y sufrimientos del mundo entero; han seguido rezando con toda la Iglesia y ofreciendo su vida entera, entregados, por
cumplir su hermosa misión de configurase con Cristo para hacerle presente como buen pastor en medio de su pueblo; y esto lo han hecho desde sus encargos específicos, algunos de modo heroico como capellanes de hospitales, o desde la visita a los enfermos y la atención a personas mayores y en soledad, ofreciendo a todos ellos el auxilio de la
Confesión y de la Comunión, así como facilitando la Unción de los Enfermos, y muchos otros promoviendo y difundiendo, con compromiso y creatividad, propuestas de oración y formación a través de las redes sociales y medios de comunicación.

He podido comprobar por mi comunicación con ellos que para muchos este tiempo ha sido circunstancia de crecimiento en la fe y en el servicio ministerial, una auténtica gracia, explorando e iniciando nuevos cauces de comunicación y evangelización, con creatividad, compromiso e ilusión sacerdotal. Por ello y porque son fundamentales para el don de la Eucaristía en la Iglesia; para el crecimiento de la comunión y la caridad,
cuidémoslos, y oremos, ahora más que nunca, por nuestros sacerdotes, para que no desfallezcan y sigan siendo, siempre y en todo, sacerdotes de Cristo. Es por ello que la Diócesis les ofrece, junto a nuestros diáconos y seminaristas mayores, como gesto de reconocimiento el Primer Encuentro Diocesano tras el confinamiento; el 19 de junio, Solemnidad del Corazón de Jesús, de 11 a 13 horas en el templo de S. Pablo, junto al Obispado.

Unidos a ellos, mi recuerdo agradecido va hacia tantos hombres y mujeres consagrados y fieles cristianos laicos que han hecho, desde sus servicios y carismas específicos, de este tiempo nada fácil un espacio privilegiado para intensificar su oración y su acción a favor de los más necesitados. Cómo no agradecer la inmensa labor social y caritativa de asociaciones, movimientos, cofradías, colegios e instituciones eclesiales diversas en estos
tiempos de creciente crisis social. Cómo no bendecir a Dios por todos, pero especialmente con ocasión de la Solemnidad del Corpus, por nuestra Cáritas que, tanto a nivel diocesano como parroquial, es signo visible y referente singular de la Caridad de nuestra Iglesia. Son tiempos de mucha necesidad, tiempos de hambre de Caridad.
Tiempos de necesaria coherencia, para que la acción con los necesitados sea criterio de autenticidad de nuestras asambleas eucarísticas.

estamos entrando. El horizonte parece mostrarse como época de imprevisibles consecuencias de la pandemia en lo económico, lo cultural y lo social. En una situación así se aprecia claramente el valor de mantenernos unidos. Esta unión es reflejo de lo que es la Eucaristía, en la Iglesia, en la vida; esta unión es premisa para el testimonio y la
caridad. Evitemos, queridos diocesanos, todo lo que quiebra la comunión. No caigamos en la tentación del individualismo, de ir cada uno, o cada grupo o comunidad, “a la suya”. Necesitamos caminar juntos, no sólo por las circunstancias, también por coherencia con la Eucaristía que celebramos y con la Caridad que debemos reflejar y dar. Ánimo.

Con mi bendición y afecto para todos.

✠ Jesús Murgui Soriano
Obispo de Orihuela-Alicante

Mons. Jesús Murgui Soriano
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Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.