Mons. Jesús Sanz: «Entiendo que toda esta circunstancia ha servido para purificarnos»

«La posición cristiana es la de construir la esperanza, la de ser testigos de ese Dios que está cercano». Lo recuerda en estos tiempos de pandemia por Covid-19 el arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, en esta entrevista que ofrece el «Esta hora», semanario de infroamción del Arzobispado de Oviedo.

¿Cómo nos ha afectado esta crisis sanitaria en nuestra Iglesia diocesana?

Siempre que ocurre algo así, imprevisible, que no figuraba en nuestras agendas, yo me acuerdo de aquel diluvio universal, que no deja de ser una catástrofe natural. conocemos el diluvio de Noé, el bíblico, y sabemos que en Mesopotamia hubo varios diluvios.

Cuando ocurre una catástrofe así, de esta índole, que es en este caso, también universal, ves que la vida no está en tus manos, y que a veces hace falta muy poquito para que se quede descolocado aquello que tú creías que estaba bajo tu control. Entonces puedes quedar descontrolado, perder la esperanza y la alegría hasta desesperarte vivo, o darte cuenta de que tus manos son pequeñas, no así las de Dios, y que tu vida está en otras manos, que son las del Señor. Es una ocasión preciosa para volver a poner en el centro al Señor, y colocar en esas manos providentes, manos de Padre, el avatar de cada día.

Durante estos últimos meses las redes sociales parece que llegaron para quedarse.

Yo pienso que sí, porque una vez que tuvimos, por las razones consabidas, que cerrar nuestras iglesias y templos, de pronto descubrimos que hay parroquias virtuales, y podemos llegar a través de otros cauces a la gente, que es en definitiva de lo que se trata. San Pablo también tuvo esta inquietud y se subió en aquella atalaya en el areópago de Atenas y desde ahí empezó a predicar, y a anunciar a Jesucristo como la gran Buena Noticia. Cuando se cierran las iglesias, no es que se nos quite la Palabra, sino que la Palabra, como un agua buena, encuentra otro cauce para llegar al mar.

Las redes sociales o los canales de televisión, son algunas de tantas maneras con las que sacerdotes y fieles han podido descubrir un nuevo modo de compartir la fe, de anunciar el Evangelio y de expresar también su religiosidad.

No podemos olvidar a los sacerdotes fallecidos en nuestra diócesis a causa del COVID-19, así como de tantos asturianos. 

Cada día rezo por ellos. He podido y debido celebrar algunos funerales, especialmente en la temporada de mayor severidad en cuanto a las medidas y he celebrado funerales por curas muy queridos donde estábamos tres personas. Esto también se extiende a tantas otras personas que no han podido tener ni ellas, en el momento de despedirse, ni de sus seres queridos, en el momento de despedirlos, el consuelo, también humano y religioso, de poder darse ese adiós y elevar una oración por todos ellos.

Habrá ocasión más adelante de hacer, en todas las diócesis de España, un funeral simultáneo. Más que funeral es un memento, o un recordatorio, que será el 26 de julio, domingo, y tendremos en todas las catedrales a las 12 del mediodía una misa en la que queremos unirnos en comunión eclesial en España para pedir al buen Dios por el eterno descanso de estas personas que hemos tenido que despedir de esta manera. Aquí en Asturias además de hacerlo en la Catedral yo lo voy a extender también a todas las parroquias asturianas.

Una fecha particular, la de San Joaquín y Santa Ana, que nos recuerda a los abuelos.

Sí, aunque al caer en domingo esa festividad pasa, pero el recuerdo y el enclave permanece y haremos una referencia a San Joaquín y Santa Ana, dos abuelos como tantos de los nuestros que en estas semanas han tenido que sufrir el adiós. Cuando se está en guerra, el miedo procede de los bombardeos, los cañonazos y la muerte. Cuando se firma la paz, y se sale fuera, están las consecuencias: una ciudad derruida. Es lo mismo, valga la metáfora, que ocurre con la pandemia. La podremos controlar más adelante, y aparecerá –Dios lo quiera –una vacuna eficaz. Pero vendrá la postpandemia, y hay que levantar personas que han quedado en el paro, familias enteras.

¿Lo ven los párrocos, se nota en Cáritas? 

Ya lo estamos notando. Comedores sociales, despachos de Cáritas, despachos parroquiales que están atestados de gente, y no gente transeúnte, sin hogar; no es esa la gente la que está acudiendo, sino personas que era inimaginable que hace unos meses pudieran golpear la aldaba de nuestra puerta. Cáritas está primero tratando de poner nombre a las pobrezas y tratando de acercarse y paliar con respeto y dignidad parte de este sufrimiento añadido. Hay muchas necesidades en farmacia, educación, seguridad, también en la convivencia en las familias, porque todo esto ha generado una especie de tsunami a todos los niveles y para toda esta destrucción, amplia y masiva, los cristianos queremos estar al lado de las personas.

Además de la enfermedad y la pérdida de tantas vidas, el confinamiento trajo consigo un parón y un replanteamiento de muchas cosas para gran parte de la población.  Vuelta a las raíces, a la vida tranquila…

Algún teólogo italiano se hizo la pregunta de si Dios estaba castigando y alguno ha respondido, desde un puritanismo religioso, “jamás, porque el Dios de la fe cristiana no castiga, porque es Padre”. Siempre vi con sospecha esta respuesta “buenista”, y tuve que acudir como hacía este teólogo italiano a la etimología de la palabra “castigo”. Si por castigo entendemos mordaza, mazazo, fusilamiento de madrugada, pues evidentemente ese tipo de castigo no coincide con la entraña de Dios. Pero la etimología de la palabra castigo viene de dos términos: el sustantivo castus, que significa “puro”, y el verbo agere, que significa “hacer”. Entiendo que toda esta circunstancia ha servido para purificarnos. Antes teníamos un planteamiento de vida que nos estaba deshumanizando, que nos hacía focalizar nuestras energías, nuestras esperanzas e intereses en cosas que luego se ha demostrado que no valen la pena, y que son enormemente vulnerables, mientras que quizás por la circunstancia hemos podido recuperar lo que es sólido, lo que tiene fundamento y que realmente es fuente de gozo, de convivencia y alegría, que es lo que en el fondo Dios quiere de sus hijos, que somos nosotros.

Vivimos ahora unos tiempos difíciles, con ambientes hostiles, entre los políticos, en el plano social, incluso en la calle, y no sólo en nuestro país. ¿Cuál es la mirada y el papel del cristiano en todo esto?

A mí me da pena cuando veo esa especie de esperpento en el ruedo político cuando te das cuenta que hay gente que utilizando las malas artes de la mentira, de la insidia, de la confrontación más provocativa, pretenden utilizar esta circunstancia para perpetuarse en el poder o arrebatarlo por un módico precio. Esa actitud me parece lamentable y no construye más que la pretensión de quienes se quieren aprovechar de una situación bien dolorosa para unos intereses que no son transparentes ni puros, sino que tienen la catadura moral más baja y más imperdonable. Ante este espectáculo, que se genera después en falta de medidas que sean las adecuadas, en una transparencia que haga honor a la verdad, en un estar realmente gobernando y mirando el bien para las personas y la reconstrucción de la sociedad, ante este espectáculo tan lamentable, el cristiano creo que no debe entrar en esa liza para ser una voz más. La posición cristiana es la de construir la esperanza, la de ser testigos de ese Dios que está cercano, que es no tanto rival de nuestra desgracia, sino cómplice de lo mejor, de aquello que nos permite vivir ante el Señor y ante nosotros de una manera justa y adecuada. Lo decía aquel gran pensador francés Henry de Lubac, que cuando hemos hecho un mundo sin Dios, lo hemos construido contra el hombre. Nosotros queremos hacer un mundo con Dios, y por tanto a favor de sus hijos, que son los hombres nuestros hermanos.

(Iglesia en Asturias)

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