Coronavirus: Hambre, cambio climático, otras “pandemias” de África

A orillas del río más grande de Ruanda y a tan solo 30 kilómetros de Kihgali, la capital, se ubica la localidad de Kabuga. Es una zona rural aislada, de difícil acceso y sumamente deprimida a la que las medidas de confinamiento han empobrecido aún más. La población vive de la agricultura de subsistencia, que no garantiza, ni de lejos, la seguridad alimentaria ni una nutrición adecuada.  Cultivan sus pequeñas parcelas, de menos de 400 m2 por cada familia compuesta por un mínimos de 6 personas, y solo pueden comer una vez al día en los momentos de recogida de las dos pequeñas cosechas anuales, lo que explica el elevado porcentaje de desnutrición en los niños menores de 5 años.

En Kabuga, conviviendo entre estas personas, lleva 14 de sus 54 años de misión en Ruanda, Milagros Sanz. La misionera española, miembro del instituto secular “Vida y Paz”, que ha sido testigo de muchos de los acontecimientos que han hecho del pueblo ruandés ejemplo de resiliencia, sabe que las circunstancias de la  vida pueden llevar al ser humano al límite de la resistencia.  Pero ese límite parece no tener fin para las personas más empobrecidas.

La vida no parece estar dispuesta a darles tregua… Semanas atrás, en pleno confinamiento, llegaron las lluvias, “torrenciales, como viene sucediendo desde hace unos años”, explica Milagros. “¿Os imagináis vivir en esas condiciones de precariedad absoluta y, en pleno estado de confinamiento por el coronavirus, perder a causa de las inundaciones la casita que cobija a toda la familia?”, se pregunta desde España, donde se encuentra desde hace unos meses. “atrapada” por el confinamiento.

Milagros Sanz, a quien en Ruanda llaman Niyranuma, que significa “paloma”, sabe que en las mujeres campesinas reside, en gran medida, la solución de los problemas, que su papel es clave en la toma de decisiones y en la producción.  Pero, a veces, las cosas se ponen demasiado cuesta arriba, hasta para ellas…

Llueve sobre mojado

La voluntaria navarra recuerda cómo, en 2018, las lluvias torrenciales destruyeron 50 casa de las familias más pobres de Kabuga. “El agua arrasó las cosechas y borró caminos y puentes… Y, lo que es peor, ocho personas murieron arrasadas por el agua o por el derrumbamiento de sus propias casas”, describe. “Manos Unidas aprobó un proyecto de emergencia con el que pudimos construir 20 casas nuevas y arreglar las restantes”, explica la misionera navarra. “En esos momentos todo era felicidad para estas familias que lo habían perdido todo. En reconocimiento a este proyecto las autoridades del Distrito de Kamonyi quisieron venir a inaugurar las casas. Y se presentó aquí todo el equipo…”, relata Niyranuma.

Pero, dos años después, la historia se ha repetido. Y la misionera lamenta, como dice el dicho con tanta razón, lo poco que dura la alegría en casa del pobre: “Hace unas semanas llegó la lluvia, en medio de las medidas de confinamiento y de una crisis alimentaria muy importante, y se llevó por delante otras 25 edificaciones”.

Después, lanza unas preguntas al aire:

“¿Qué podemos hacer ahora? ¿Adónde podemos recurrir para dar una respuesta positiva a todas estas familias si somos conscientes, como somos, de que la crisis económica es mundial?, aunque todos sabemos que los niveles de pobreza nos son iguales en España que en África…”, matiza la misionera que, a sus 80 años, espera, recuperada ya de una lesión, a que abran las fronteras en España para poder volar, como la paloma que es, de vuelta a su querida Ruanda.

(Manos Unidas)

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