El Libro de la vida (IV) Pentecostés

Estamos empeñados en construir “una nueva normalidad una vez superada la crisis de la pandemia. Nosotros queremos hablar de la Trinidad. Alguien dirá: “¿Qué tiene que ver la construcción de una nueva normalidad con el misterio de la Trinidad?” Hay que entender qué significa una cosa y otra.

En efecto, cuando hablamos de “nueva normalidad”, ¿qué queremos decir?: ¿un nuevo orden social?, ¿otro sistema productivo?, ¿nuevas normas o protocolos sanitarios y de convivencia?… Cada uno sabrá qué quiere decir. Todos esperarán alguna novedad que nos facilite evitar otra pandemia. El cristiano, que siempre va a lo profundo y fundamental, piensa en la novedad radical del “hombre nuevo”. Es de este hombre nuevo, de donde nace toda otra novedad verdaderamente valiosa.

Por otra parte, cuando hablamos del misterio de la Trinidad, ¿qué queremos decir? Entre bromas o en serio, solemos subrayar su incomprensibilidad, su lejanía, su complejidad. Eso hace que muchos traten este misterio dejándolo a un lado, como algo que simplemente hay que soportar porque lo dice la Iglesia… Sin embargo, la Trinidad, que Dios sea un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es algo absolutamente decisivo para nuestro mundo, para nuestra historia personal y social. Creer en la Trinidad y vivir en contacto de amor con Dios, Padre Hijo y Espíritu Santo, es estar vinculado a la fuente de toda la vida; pues de la Trinidad salió la creación, la salvación y la gloria de todo el mundo.

Todo ese humanismo que la pandemia ha despertado en muchos; esa solidaridad, esos buenos sentimientos, esa búsqueda del progreso y de la justicia, esa defensa de los derechos, esa ayuda a los más pobres, tiene su fuente última en el amor trinitario. Si ese humanismo es totalmente limpio, gratuito, verdadero; si está acompañado por todas las otras virtudes y del amor más entregado, diremos que en él talmente está la acción de Dios: en él se manifiesta la providencia de Dios Padre, la presencia de Jesucristo, la acción del Espíritu Santo. Sin duda lo está y se manifiesta, al menos parcialmente.

Existía la costumbre de hacer la señal de la Cruz sobre uno mismo al tiempo que se decía “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, cuando se comenzaba el día, al salir de casa o al iniciar una tarea importante. Quizá el sentimiento que animaba este gesto era el de invocar la protección de Dios. No está mal. Pero su sentido es mucho más profundo. Ha pasado a la liturgia, como primer rito: somos convocados en nombre y por acción de la Trinidad. También como último rito: somos bendecidos y enviados por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (independientemente de las precisiones litúrgicas). Porque la Trinidad abraza toda la vida: de ella nace, y en ella encuentra su plenitud.

Así, todo cuanto vivimos y hacemos, como por ejemplo la reconstrucción de “la nueva normalidad”, ha de tener su fundamento y su modelo en el amor trinitario: un amor que no se agota, un amor concreto, un amor que salva las distancias insalvables, un amor que reúne lo más diverso, vincula lo radicalmente distinto, un amor incondicional…

Una vida concreta que nace de esta fuente de amor, no se ve solo en las comunidades de fieles o de personas consagradas, se ha de ver también plasmada en la vida social, en la economía, en la cultura, en la ciencia, etc. Es la gran aportación de la fe cristiana al mundo. Todos los santos crearon en ellos mismos y en su entorno una nueva humanidad. El gran obsequio que hacemos desde la fe al mundo es precisamente la Trinidad.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.