Ven, Espíritu Santo consolador

La fiesta de Pentecostés es una de las tres grandes fiestas del año litúrgico católico, una de las tres Pascuas del año. Está la Pascua de Resurrección, la fiesta de las fiestas. Y rematando la cincuentena pascual, la Pascua de Pentecostés. Además, se añade la pascua del nacimiento de Jesús, la Navidad. “Pascua” significa el paso de Dios por nuestra vida, en nuestra historia, en nuestra experiencia. Un paso de Dios que quiere divinizarnos, acercarnos más a él, hacernos partícipes de su divinidad.

En Pentecostés celebramos la venida del Espíritu Santo, que brota del corazón traspasado de Cristo en la cruz y resucitado. Ese corazón es como una ventana abierta de par en par por donde Dios se acerca hasta nosotros y por donde nosotros nos acercamos a Dios. Un corazón que ha sido taladrado por nuestros pecados y nos hemos encontrado con la gran sorpresa de un amor desbordante, que perdona, un corazón lleno de misericordia, que invita constantemente al arrepentimiento para entrar en comunión con él.

A los cincuenta días de la resurrección estaban los apóstoles reunidos en oración con María en el Cenáculo, y de repente vino el Espíritu Santo como un viento recio, posándose como lenguas de fuego sobre la cabeza de cada uno de ellos. Es la primera comunidad cristiana, fundada sobre el cimiento de los Apóstoles, aglutinados por la Madre, María Santísima. Es la primera comunidad de base, cuya alma es el Espíritu Santo. La Iglesia de todos los tiempos vuelve continuamente sus ojos a ese momento fundacional y a sus elementos esenciales.

El Espíritu Santo es el aliento permanente de esta comunidad fundada por Jesucristo, es el alma de la Iglesia. El Espíritu Santo rejuvenece continuamente a la Iglesia, la embellece con sus dones y gracias, la presenta renovada y engalanada como una novia para su esposo, Jesucristo.

El Espíritu Santo genera en nosotros una profunda sintonía con Jesucristo, nos hace sentirnos hijos de Dios, nos hace experimentar que Dios es nuestro Padre, que somos hermanos miembros de una misma familia. Vivir en gracia de Dios es vivir conscientemente esa relación filial, gozosa con el Padre; fraternal, amistosa, esponsal con el Hijo Jesucristo, habitados por el Espíritu Santo que ocupa nuestro corazón como un templo de Dios. Cuando uno vive esa relación honda con las personas divinas rompe el cerco de la soledad y el aislamiento, vive siempre acompañado, disfruta de una participación de la misma vida de Dios, vive en “otro mundo” y desde ese mundo se acerca a las realidades terrenas. Toda la vida cristiana es vida en el Espíritu Santo, es vida espiritual.

En este día de Pentecostés celebramos también el Día del Apostolado seglar y la Acción Católica, con el lema “Hacia un renovado Pentecostés”, haciéndonos eco del reciente Congreso de Laicos “Pueblo de Dios en salida”, celebrado en Madrid (14-16 febrero 2020), y que ha supuesto un nuevo impulso para la Iglesia en España con el protagonismo de los laicos en la vida de la Iglesia y en la vida pública de la sociedad actual. El coronavirus ha dejado en segundo plano este gran acontecimiento eclesial reciente, que habremos de retomar de manera inmediata mirando al futuro. Y la clave de esta renovación eclesial es la experiencia profunda de la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones, de manera que la Iglesia se renueve constantemente y ofrezca a la sociedad de hoy la alegría del Evangelio.

No es momento de achicarse, tampoco de creerse más que los demás. Es momento de vivir la realidad de nuestras vidas: amados de Dios, somos incorporados al Cuerpo de su Hijo, y recibimos constantemente el Espíritu Santo que ahuyenta nuestros miedos y nos da el arrojo de lanzarnos con parresía (audacia) a la evangelización de nuestro tiempo. A darla vida, como Cristo, para la salvación del mundo.

Pentecostés es el don perfecto de la Pascua. El don que Cristo resucitado hace a su Iglesia, el don del Espíritu Santo, nada menos que la tercera persona de Dios, que viene a vivir en nuestros corazones como en un templo. “Abramos la boca del alma, que es el deseo, y vayamos sedientos a la fuente de Agua Viva”, nos recuerda san Juan de Ávila.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

 

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

 

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.