Sacerdotes de Madrid: un apoyo en el último adiós a los fallecidos por coronavirus

Las parroquias de Madrid recuperan poco a poco la actividad previa a que se decretara el Estado de alarma. Después del primer fin de semana de Eucaristías con público, atendiendo siempre a las pautas organizativas e higiénicas, se va retomando el resto de la actividad sacramental, con especial atención a las celebraciones de los funerales por todos aquellos que han fallecido en este tiempo de pandemia.

La parroquia Santa María La Antigua, que atiende un cementerio de Vicálvaro que ha visto cuadriplicarse el número de entierros en estos últimos meses, celebrarán un gran funeral por todas las víctimas de la pandemia el 27 de junio manteniendo siempre las normas de aforo que dictamine la fase de desconfinamiento en la que se encuentre Madrid en ese momento.

Para los funerales privados, igual que para los bautismos, se vigilará especialmente que se puedan garantizar las medidas de seguridad necesarias teniendo en cuenta, tal y como explica el vicario parroquial, Miguel Vivancos, que son encuentros afectivos y familiares «arriesgados» ya que se prestan a mucho contacto.

Equipo de atención en Vallecas

La atención pastoral continúa por tanto tras unos momentos especialmente delicados para las familias de los fallecidos, que durante este tiempo han visto cómo su dolor se ha mitigado por el acompañamiento de los sacerdotes, con sus llamadas o con su presencia en el cementerio.

Lo sabe bien Quique Cabrera, párroco de San Eulogio e integrante del equipo de sacerdotes y vicarios parroquiales de su arciprestazgo, San Pedro Advíncula, que ha estado atendiendo el cementerio de Villa de Vallecas. «Ha sido una auténtica tragedia. Yo hice un entierro, era una persona mayor, en el que no había nadie de la familia, ni siquiera los tres permitidos, porque estaban todos en cuarentena por posible contagio. La chica que conducía el coche fúnebre lo grabó en el móvil para enviárselo».

Cuando los entierros comenzaron a aumentar de forma casi descontrolada, «pasamos de días sin ninguno a tener dos, tres y hasta cuatro diarios», el arcipreste organizó a sus sacerdotes para acudir por turnos y ofrecerse directamente a las familias para hacer una oración. «Excepto una familia que me espetó un no rotundo, el resto ha agradecido mucho encontrarse con un sacerdote porque no se lo esperaban, en un tiempo tan extraño y de cierto desorden. «Qué bien», me decían, «era una persona muy católica»».

Desde que ese servicio se dejó de hacer hace diez días ante el importante descenso en el número de entierros, en la parroquia de Cabrera aún no se han encargado funerales. «Es verdad que acabamos de retomar las Eucaristías con público, y que lo habitual es que para los funerales, cada uno acuda a su parroquia; también quizás están esperando a poder invitar a más personas, como por ahora solo están permitidas de diez a 15…».

Un duelo diferente

«La gente que ha perdido a un ser querido en estas circunstancias va asumiendo que eran extraordinarias y va aceptando que las cosas han tenido que ser así», señala Vivancos. Es otra forma de elaborar el duelo en la que la perspectiva cristiana ayuda, y mucho, porque enseña que «hay una presencia más allá de la física; la comunión de los santos traspasa las barreras de lo físico».

Ahora que se va reposando lo vivido, lo que le queda a los familiares es la gran tristeza de no haberse podido despedir de su ser querido, de no haberlos podido acompañar en sus últimos momentos. Así lo vive David Amado, párroco de Nuestra Señora del Enebral, en Collado Villalba, que ha atendido en este tiempo a varias personas del pueblo administrando Unciones de enfermos y acompañando a sus familiares y que que ya tiene un funeral programado para los próximos días. «Otros me han dicho que más adelante, cuando pueda venir más gente».

Este sacerdote reconoce que los primeros momentos del estallido de la pandemia fueron tan caóticos y dejaron a las familias en un estado de desconcierto tal que a algunas de ellas les costó encontrar resortes para acudir a una atención espiritual. «Me da mucha pena –señala– y además ahora es todo tan diferente. Hoy he hecho un entierro y en el tanatorio, en la sala en la que hablas con los familiares, han dejado solo una silla y han puesto una mampara entre medias, además estás con las mascarillas…».

Medidas de protección que limitan pero que no impiden estar cerca espiritualmente porque además, acompañados y desde la fe, como explica el padre David, se vive todo de otra manera. Y si no se es consciente de que la muerte no tiene la última palabra, apostilla Vivancos, «hay que ayudar a descubrirlo».

(Archidiócesis de Madrid)

 

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