La familia, garante contra toda pandemia

La pandemia que nos está afectando desde, que sepamos, diciembre del 2019, está generando unas consecuencias humanas, sociales, religiosas, existenciales, familiares y económicas que han sido, son y seguirán siendo causa de muchos sufrimientos. Ante esta grave situación, que no podemos correr el riesgo de minimizar y mucho menos frivolizar, los hombres y mujeres que deseamos luchar por ser coherentes con nuestra fe, necesitamos realizar  con paz una reflexión a la luz del resplandor que brota del Crucificado-Resucitado.
Lo primero que debe quedar claro es que todo el mal que nos acontece no puede venir de Dios, porque nuestro Dios nos ha creado para la vida, por amor y para amar. El Covid 19, lo mismo que las guerras, el hambre, la enfermedad y la muerte, la pérdida de recursos económicos y de un trabajo digno, son las diferentes caras que reviste el mal en este momento de nuestra historia. Y el mal, como ya queda dicho, no procede de Dios, pero tenemos que convertirlo en ocasión para manifestar el amor, la bondad y la Misericordia de Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo.
La fe no busca teorizar sobre el dolor y la muerte sino que es el camino que nos empuja a vivir lo que nos acontece como lo haría Jesucristo. Él asumió el dolor y la muerte, se puso al lado del que sufre, ¡se puso de su parte! Por eso nosotros tenemos que hacer lo mismo y, en este sentido, se entienden los sentimientos de aquél cristiano que llegó a escribir: «estoy crucificado con Jesucristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Jesucristo quien vive en mi». (Ga 2, 20).
A pesar de todo es muy humano huir y revelarnos contra el dolor, la enfermedad y la muerte de nuestros seres queridos, también Jesús experimentó este rechazo y este dolor. Recordemos algo que hemos vivido en el Tríduo Pascual: «en medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre». (Lc 22,44). De tal modo que llegó a pronunciar aquellas palabras cargadas de misterio: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26, 39).
Podemos decir que Jesús se entrega a su pasión y muerte con la voluntad decidida de asumir sobre sí mismo todos los males de la humanidad para transformarlos en vida.
Ese es el talante auténticamente cristiano que en esta situación debemos tomar los creyentes y no podemos caer en la tentación de pensar que Dios elige para nosotros caminos extraordinarios sino que a menudo, como nos lo recuerda el papa Francisco, el Señor elige caminos «impensables, tal vez los de nuestros límites, los de nuestras lágrimas, los de nuestras derrotas», como son los de esta pandemia, para que en ellos, y a través de ellos, podamos encontrar la paz, la solidaridad, la esperanza.
Por eso, ante esta pandemia, es bueno que nos planteemos la necesidad de volver a lo esencial y de replantear nuestro estilo de vida; es decir, esta situación nueva nos debe llevar a reflexionar sobre una serie de interrogantes: ¿qué lectura creyente podemos dar a lo que nos acontece? ¿qué sentido tiene lo que estamos viviendo? ¿el confinamiento durante tanto tiempo, quedando hipotecadas nuestras «libertades» tiene algún sentido? ¿todo esto sirve para algo? ¿tras lo que sucede se esconden intenciones turbias que nos desconciertan? ¿en realidad qué espera Dios de nosotros en estas circunstancias? Todo lo que está aconteciendo tiene que llevarnos a la conversión social y personal.
Y mientras nos encontramos en este proceso, surge una vez más la familia como la institución más importante, como garante de todo lo que somos y tenemos. No es la primera, ni será la última vez, en la que la familia se convierta en esa realidad viva en donde hemos nacido a la vida, fuimos acogidos y somos amados, a pesar de los pesares, de manera incondicional. También en estos momentos de confinamiento ella se muestra como hogar e «iglesia doméstica», como «hospital cercano» para tantos que han sufrido y siguen padeciendo. La familia se nos muestra como el cauce fuerte en donde encuentran su refugio los confinados, los positivos «asintomáticos», los que han perdido su trabajo.
En estos momentos, como cristianos, tenemos que salir a la ayuda de esta institución que garantiza el apoyo humano, afectivo, psicológico, religioso y económico de muchísimos ciudadanos. La familia está amortiguando la esperanza de sus miembros. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos ser propositivos y crear los cauces y las medidas oportunas para sostener a las familias de tal modo que sea viable esta reconstrucción humana, espiritual, social y económica.
La Iglesia tiene nombre de familia. Nuestra Iglesia diocesana tiene que plantearse muy en serio cómo ayudar en estos momentos tan delicados de nuestra historia a las familias, para que prosigan en esa labor callada de auténticas instituciones garantes de lo más humano de las personas en este tiempo de pandemia, y para ello necesitamos tu ayuda.
Con mi bendición y afecto, ¡rezad por mí!
+ J. Leonardo Lemos Montanet,
Obispo de Ourense
Mons. José Leonardo Lemos Montanet
Acerca de Mons. José Leonardo Lemos Montanet 49 Articles
Mons. J. Leonardo Lemos Montanet nació el 31 de mayo de 1953 en la parroquia de Santiago de Barallobre, ayuntamiento de Fene, provincia de Coruña y diócesis de Santiago de Compostela. A los 9 años se traslada con su familia a Ferrol, por destino de su padre, donde realiza los estudios hasta el bachillerato superior. Cursó el COU en el Instituto Xelmírez de Santiago de Compostela al tiempo que realizaba el propedéutico en el Seminario Mayor. Cursará los Estudios Eclesiásticos, siendo ordenado Diácono en el año 1978. En septiembre de ese mismo año será nombrado Formador en el Seminario Menor Diocesano de la Asunción. Desde este momento es socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El 19 de mayo de 1979 será ordenado Sacerdote al servicio de la Archidiócesis de Santiago de Compostela por el arzobispo D. Ángel Suquía Goicoechea. Continuó como Formador del Seminario Menor, al tiempo que colaboraba los fines de semana en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced de Conxo (Santiago), hasta septiembre de 1982 en que es enviado a Roma para ampliar estudios. Allí obtendrá la licenciatura en Filosofía Teorética por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y las diplomaturas de Arqueología Sagrada, Archivística y Biblioteconomía. Más tarde, obtiene el doctorado en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Roma, en junio de 1987, con la tesis Lo que llamamos ser humano. Ensayo sobre la antropo-ontología de Ángel Amor Ruibal. En el curso 1985-1986 empezará su actividad docente como profesor de Filosofía en el Instituto Teológico Compostelano y en el Seminario Menor de la Asunción, hasta la actualidad. Entre 1986 y 1988 ejercerá de capellán de la Residencia Universitaria Cristo Rey en Santiago de Compostela y profesor de religión en el Chester College International School. Desde septiembre de 1988 hasta junio de 2001 será Formador en el Seminario Mayor de Santiago de Compostela, labor que compaginará como sacerdote adscrito de la parroquia de S. Fernando, desde 1987 hasta la actualidad. Tras su etapa en el Seminario Mayor es nombrado Director Técnico del Seminario Menor Diocesano en el año 2001, cargo que desempeña en estos momentos. En el Instituto Teológico Compostelano, Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, desempeñará el cargo de Vicedirector desde 2007 hasta la actualidad, Director de la Biblioteca de Estudio Teolóxicos de Galicia, desde 1993 hasta 2007 y Director del Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas desde 2006. En diciembre de 2003 será nombrado por el Arzobispo de Santiago, D. Julián Barrio Barrio, Canónigo de la Catedral de Santiago de Compostela, ocupando el oficio de Canónigo-Secretario Capitular de la misma. El 16 de diciembre de 2011 la Santa Sede hizo público que S. S. Benedicto XVI lo ha nombrado nuevo obispo de Ourense.