El Libro de la vida (III) La Ascensión

Hemos de pasar del libro escrito en el cielo al libro redactado en la tierra.

Hemos de escribir nuestro propio “libro de vida” con nuestro día a día, con nuestra biografía tal como es, con todo realismo y autenticidad. Entonces, si hemos vivido ante Dios y según Él, a pesar de nuestros pecados y debilidades, ese libro nuestro llegaría a ser un testimonio luminoso del gran Libro escrito por el dedo de Dios, es decir, de su Espíritu.

Los ángeles el día de la Ascensión de Jesús, decían a los discípulos: “¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Jesús volverá”. Es hora, pues, de mirar también a la tierra. Y el mismo Jesús les había dicho: “recibiréis el Espíritu Santo, seréis mis testigos hasta los confines del mundo” (cf. Hch 1,1ss.). Así mismo les dio este mandato: “Id y anunciad el Evangelio bautizándoles en el nombre del Padre…” (Mc 16,15).

Aquellos discípulos de la primera hora, con la Virgen María a la cabeza, eran primicia de los inscritos: habían recibido el don inmenso, la gracia de la salvación. ¿Qué significaba esto?, ¿un privilegio, un premio, un honor? No exactamente. Quedaba claro que el “Libro de la Vida”, antes que un cuadro o lista de honor, se convertía en tarea, en misión. Porque, como sabemos, cada don de Dios comporta una vida consecuente y una tarea, un servicio. Así, el mismo “Libro de la Vida” estaba pidiendo la redacción de estos otros libros personales que se escriben con el corazón libre, bajo el signo de la obediencia a la voluntad de Dios.

En efecto, los santos, al llevar aquí en la tierra una existencia de seguimiento fiel a Cristo, con sus debilidades y pecados, con sus luces y gozos, pero habiendo triunfado en ellos la gracia, han escrito con su vida un verdadero libro. Es su testimonio.

Ellos fueron buscadores, muy conscientes de su pobreza. ¿Qué era lo que pedían a Dios con más frecuencia?: que anotara en el Libro, no sus méritos, sino sus lágrimas, como hacía el salmista (cf. Sal 55,9).

Algunos pusieron por escrito su itinerario espiritual. Ningún santo teoriza sobre la santidad sin aludir a cómo él la ha vivido. Muchos se vieron movidos a escribir su trayectoria de búsqueda y encuentro con Cristo. San Gregorio Nacienceno, en pleno destierro escribió Sobre su vida, testimonio de un pastor que sabía sufrir. San Agustín con sus Confesiones, que alabando a Dios se confiaba a aquellos “que le amaban”. San Ignacio de Loyola, que reflejó su propia experiencia en sus Ejercicios Espirituales, y otros muchos, como Sta. Teresa del Niño Jesús, con su bien conocida Historia de un alma.

Alguna vez estas obras en las que se describe la propia experiencia de vida “con Dios” han sido tituladas así: “El Libro de la vida”.

En estos casos, la palabra “vida” tiene un doble sentido: por un lado, significa el camino existencial, la biografía, que indica el itinerario concreto de la persona hacia la santidad (la unión con Dios); por otro lado, da a conocer, testifica, la obra de Dios en esa persona, el gran regalo de la vida divina otorgada y concretada en su historia. Con estas obras en la mano nadie podrá decir que ser cristiano es un cambio de ideas o una opción de lucha por una utopía nueva…

Podemos descubrir en ellas huellas propias de la mano de Dios, es decir, del Espíritu Santo. Así podemos decir que Dios “escribe” en nuestras vidas para que, leyéndolas, descubramos cuál es su voluntad, su estilo, su manera de amar transformándonos.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 335 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.