Con Dios y con nosotros

Tres afirmaciones, dos de los evangelios y una de la plegaria del prefacio, nos ayudan a vivir y celebrar la fiesta de la Ascensión del Señor.

“Jesús, el Señor, después de hablarles, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16.19).

“Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

“El Señor, el vencedor del pecado y de la muerte, ha subido hoy de una manera admirable a las alturas del cielo… No ha subido para separarse de nuestra pequeñez, sino para que nosotros, sus miembros, tuviéramos confianza para seguir hasta donde nos ha precedido nuestro jefe y pastor”. (Prefacio de la fiesta).

En esta fiesta de la Ascensión destacamos que Jesús, el crucificado y resucitado, está para siempre con el Padre. Es su glorificación.

A menudo, cuando tenía la responsabilidad pastoral de parroquias, en los encuentros de formación con catequistas, en reuniones de grupos de adultos, explicando la fiesta a niños de los cursos de catequesis o a los monaguillos, me enfrentaba a algunas dificultades que hoy todavía pueden confundirnos. Existe el riesgo de imaginar la Ascensión como un viaje de Jesús al cielo, al firmamento, como una “traca final” para impresionar. O podemos tener la sensación de la ausencia de Jesús, de pensar que la Ascensión significa que Jesús no está presente en nuestra historia, de olvidar que Jesús es el Señor siempre –también ahora– y prescindir de él para vivir y enfocar nuestra existencia sin su ayuda. Y nos puede invadir la duda o el interrogante de dónde finaliza realmente la etapa de la vida humana.

La fiesta de la Ascensión nos invita a contemplar de nuevo a Jesús como aquel que ha vivido humanamente, ha sido glorificado y regresará glorioso.

¿Cómo expresar en lenguaje humano esta dimensión de Jesús como Señor Glorificado?

Los evangelistas se sirven de imágenes: “Elevándose, llevado al cielo, lo perdieron de vista, se alejó de ellos, y está sentado a la derecha del Padre por encima de todos los poderes y títulos”. ¿Qué nos quieren decir?

Que Jesús ya no es hombre de la tierra, que no lo encontraremos como hombre en la tierra y con una humanidad como la nuestra, sino que es el Señor Glorificado con Dios.

Pero, atención: La Ascensión no significa –ya lo aclara la plegaria del prefacio– alejarse de nuestra pequeñez, desentenderse de nosotros… sino al contrario. La glorificación de Jesús es motivo de esperanza para vivir con la confianza de caminar hacia nuestro Jefe y Pastor.

A la vez, la Ascensión no significa la ausencia de Jesús en la historia humana. La Ascensión de Jesús significa una nueva manera de estar presente entre nosotros. La Ascensión es al mismo tiempo el comienzo de la misión de la Iglesia.

Ahora somos los discípulos de todos los tiempos los que tenemos que continuar la misión que se nos ha confiado: ser sus testimonios. Para nosotros no empieza el tiempo del triunfo, sino del testimonio. Hoy, los discípulos de Jesús tenemos que hacerlo presente en la historia humana transformando la vida, según su evangelio. El sentido de nuestra misión como Iglesia y de nuestros trabajos pastorales es ceder la cara, las manos, la voz, el corazón, el trabajo, los gozos y los sufrimientos a Jesús para hacerlo transparente, presente y actuante.

Nos hace falta la fuerza del Espíritu. El próximo domingo lo recordaremos y lo celebraremos: será Pentecostés, la pascua del Espíritu.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 460 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.