Dios manifiesta su amor a través del amor y la entrega de los hermanos

Muchas veces, cuando nos ponemos a analizar la realidad en la que vivimos o la sociedad en la que estamos, podemos tener la impresión de que todo o casi todo es negativo, que hay mucho egoísmo y que solo declinamos el pronombre de la primera persona en todos sus casos: yo, me, mí, conmigo.

Una situación totalmente anómala como la que estamos viviendo en estos momentos de pandemia del COVID-19, nos ha hecho darnos cuenta de que, junto a personas egoístas y materialistas, que solo piensan en ellos mismos y solo se mueven por dinero, que es verdad que existen; hay también otras muchas personas, muchas más de las que pensábamos, que son realmente buenas personas, entregadas, solidarias y preocupadas por el bien de los demás.

Esta situación actual nos está haciendo más conscientes de que estamos rodeados de personas buenas, desinteresadas y solidarias, que se interesan por los demás. Personas generosas que se entregan de lleno a quien los necesita, que son capaces de dar lo mejor de sí mismas para hacer un poco más felices a los demás. Personas profesionales de la sanidad y de otros campos que arriesgan, incluso, su salud y su vida por los demás, para ayudar y atender, dando lo mejor de sí mismos para que puedan curarse tantos afectados por este coronavirus, que tanto está haciendo sufrir al mundo.

Son personas y profesionales que sufren en su corazón cuando ven morir a las personas afectadas por el virus en la más triste de las soledades, sin poder despedirse de su familia y sin que su familia les pueda dar su última prueba de amor y cariño. Son estos profesionales sanitarios los únicos que pueden acompañarlos en esos momentos; personas que, con su atención, sus gestos de respeto y cariño, consuelan a los enfermos y les ayudan a vivir su enfermedad e, incluso, el momento de su muerte, haciéndoles sentir que no están solos, que alguien que esos momentos está muy cerca de ellos y los quiere.

Es esa persona, ese o esa profesional que le atiende, su único apoyo humano, ese profesional no es para el enfermo un desconocido, sino alguien que con su actitud de atención y entrega le está diciendo que tiene cerca a alguien que le demuestra respeto, cariño, entrega y que, siempre que puede, le da una palabra de consuelo o simplemente le coge de la mano dándole ánimo para que siga luchando.

A nuestro lado encontramos cantidad de voluntarios que se preocupan de la soledad de los mayores, que se comprometen a hacerles la compra o les llevan la comida cocinada y llena de amor; personas solidarias que, ante las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados, se ponen a su servicio, no con palabras bonitas solo, sino con su dinero, que son capaces de compartir especialmente con aquellos que son los más pobres y necesitados del momento presente.

Estamos rodeados de gente buena que, olvidándose de sí misma, emplea tiempo, energías y medios económicos para ayudar a otros que realmente lo necesitan; vecinos que se ayudan entre ellos y se hacen favores preguntándose si necesitan algo en lo que se les pueda ayudar.

Cada día escuchamos noticias de profesionales que lo han dado todo por los enfermos, artistas que animan con sus canciones a seguir luchando con ánimo contra esta pandemia, voluntarios a millares, unos pertenecientes a instituciones eclesiales y motivados por la fe y otros a otro tipo de voluntariados, pero que, en definitiva, son personas para quienes los demás son muy importantes, especialmente aquellos más necesitados por edad, por salud, por situación social o por el tipo de necesidad que sea.

Todas estas personas hacen presente el amor de Cristo, que ha sido quien ha suscitado en el corazón de esas personas los mejores sentimientos y quiere que, a través de ellos, reciban y sientan los enfermos, los ancianos, las personas solas, los pobres y necesitados, el amor que Dios les tiene.

Cada día a las ocho salimos a los balcones y ventanas a aplaudir a todas esas personas buenas que llenan nuestros pueblos y ciudades, porque con nuestros aplausos estamos valorando lo que hacen y los animamos a que sigan haciéndolo, dando lo mejor de sí mismos en favor de quienes los necesitan.

Yo, en mi aplauso, claro que incluyo a todas esas personas, pero no me olvido nunca de que mi aplauso es también para el Señor, porque todas esas personas están haciendo presente el amor de Dios en quienes más necesitan de Él y, ellos, con su entrega, ayuda y cariño están haciendo presente al mismo Cristo, que siempre tuvo una predilección especial por los enfermos, por los más pequeños, por los más pobres y desahuciados de la sociedad, con los que se identifica.

Cuando el que se entrega a alguien que lo necesita es un creyente, lo está haciendo queriendo cumplir fielmente con aquellas palabras de Cristo en el evangelio de San Mateo en las que el Señor nos dice a todos: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Cuando nos entregamos a quien nos necesita, cuando consolamos a quien necesita consuelo, cuando nos ofrecemos a ayudar y ayudamos a alguien en cualquier necesidad, y especialmente a los más pobres, necesitados y marginados; aunque no seamos conscientes de que Cristo se encarna y se identifica con la persona necesitada, a quien ayudamos, nos entregamos y consolamos, es a Cristo mismo a quien se lo hacemos, que se identifica con ellos.

Por otra parte, con nuestra entrega y generosidad a quien más nos necesita, estamos manifestando el amor de Dios que, a través de nuestro amor y entrega, se deja traslucir y hace presente su amor con ellos.

Por eso, en este momento de sufrimiento y aflicción no estamos solos. Cristo se hace presente a través de las personas que aman, se entregan, ayudan y se solidarizan con los más necesitados y, al mismo tiempo, se identifica con los enfermos y necesitados del tipo que sean, de tal manera que, cuando les estamos ayudando y dando lo mejor de nosotros en su favor, es a Cristo a quien se lo estamos haciendo.

 

 

 

+Gerardo Melgar Viciosa

Obispo Prior de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.