El Libro de la vida (II)

Toda crisis produce un efecto clarificador: pone al descubierto lo que hay de bueno y de malo en cada uno… Cada crisis es como un juicio.

Estamos seguros de que Dios quiere que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2,4) y que Jesús después de Pascua envió a sus discípulos a predicar el Evangelio a todas las gentes, sin distinción de raza, lengua, cultura y nación, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Al mismo tiempo hemos de aceptar que no todos, después de conocer el Evangelio, llegan a creer y aceptar formar parte de su Pueblo. Más aún, hay personas que consideran un deber moral combatir contra la fe y el Pueblo de los creyentes, como profetizó el mismo Jesús (cf. Mt 10.16ss.). Entonces, si alguien se pregunta qué ocurre con estas personas, si están o no en el Libro de la vida, ante todo deberá recordar que “solo Dios lo sabe”.

Es una historia que se remonta desde muy atrás. En los salmos encontramos que Dios inscribirá en el “registro de los pueblos” a los paganos, sean de la nación que sean, como “ciudadanos de Sion”, les dará una especie de carta de ciudadanía (Sal 86, 5-6). Sion, para nosotros la Iglesia, será universal, como una madre que engendra hijos humanamente diversos y al mismo tiempo unidos. Pero, siempre pensando en el futuro, este Nuevo Pueblo será purificado, de forma que los falsos profetas, los hijos de la mentira y de las tinieblas, que abusan de sus conciudadanos, deberán ser excluidos (cf. Ez 13,19). Un hecho que nos cuesta admitir (pues la misericordia de Dios es infinita), pero que tendremos que aceptar, al menos como posibilidad, si no queremos considerar la justicia (por ejemplo, ante los grandes crímenes contra la humanidad inocente) como algo más que “un género literario”, una manera de hablar, sin repercusión en la realidad.

Según el Antiguo Testamento, el resultado último será un resto, un pueblo purificado, un número de fieles que, gracias a su fidelidad, su justicia y su humildad, serán inscritos “como vivos”, destinados a vivir para siempre (cf. Is 4,3).

Éstos, en consecuencia, serán los verdaderos inscritos en el Libro de la vida, frente a quienes no han hecho más que acosar y abusar del justo y del pobre (cf. Sal 68,39). Los justos ya viven en la tierra como inscritos en ese libro. Seguirán siendo libres y por tanto responsables de su destino, pero, si se mantienen fieles, sus nombres serán inscritos en el cielo. Es la mayor gloria a la que puede aspirar el ser humano, el motivo más grande de alegría: una alegría más grande que constatar el éxito de la misión (cf. Lc 10,20).

¿Cómo no alegrarse de un Pueblo, cuyos miembros están viviendo ya como ciudadanos del cielo? La mirada larga que proyecta el Libro del Apocalipsis permite seguir viviendo en la tierra sin perder la paz, con ánimo renovado, contagiando esperanza. Porque el destino victorioso de los fieles justos está asegurado (cf. Ap 3,5; 20,13)

Entre los primeros cristianos, decir a alguien “verdaderamente estás inscrito en el Libro de la Vida” sonaba como la mayor felicitación. Era como una bienaventuranza, una declaración gozosa, como las que hizo Jesús en el Sermón de la Montaña. Pero solo Dios, con su mirada de Padre justo y misericordioso (cf. 1Pe 1,17) sabe quién está inscrito en el Libro. A cada uno corresponde orar con el salmista:

“Anota en tu libro mi vida errante, recoge en tu odre mis lágrimas, Dios mío” (Sal 55, 9).

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.