A nosotros, ¿quién nos defiende? ¡El Espíritu Santo es nuestro defensor!

En reuniones pastorales, después de valorar varias tertulias de programas televisivos en relación con el cristianismo y la Iglesia, hemos escuchado este comentario: “A nosotros, ¿quién nos defiende?”. Porque, ciertamente, los tertulianos se centraban en hechos negativos y en opiniones bastante anticlericales, y pocos se atrevían a defender objetivamente el hecho religioso cristiano y la Iglesia misma.

También constatamos a menudo que en nuestros encuentros entre cristianos se comentan las dificultades para vivir y transmitir la fe en ambientes religiosamente indiferentes, o incluso hostiles.

Cuando nos encontramos con muchas dificultades y fracasos en nuestra misión eclesial, sea la que sea, como presbíteros, catequistas, responsables de actividades pastorales, padres, abuelos, profesor de religión… vivimos la sensación de indefensión o de orfandad. ¿Somos huérfanos? ¿Estamos indefensos?

Cuando un cristiano manifiesta su fe, se topa con una sonrisa irónica porque se le considera una pieza de museo, alguien pasado de moda.

Cuando pensamos en nuestras limitaciones, en los pecados personales, en las incoherencias, los pecados y debilidades de nuestra Iglesia y lo que se nos pide, nos quedamos desconcertados, perplejos y atemorizados.

Cuando, muchas veces, nos damos cuenta de que los criterios de comportamiento que tienen prestigio en la sociedad no se asemejan a las propuestas del Evangelio, o le son contrarios, podemos dudar de si nuestro camino como discípulos de Jesús es el mejor para la vida, la realización personal, la felicidad…

¿Quién nos garantiza que la comprensión evangélica cristiana de la vida es la más adecuada a nuestra condición humana y la que responde a la búsqueda de lo que más deseamos?

En las comunicaciones, reflexiones y comentarios de los personajes importantes según el mundo, pocas veces descubrimos creyentes convencidos. Y entonces nos da la sensación de que aquellos a quienes la sociedad escucha y sigue no nos ayudan con su testimonio. Más bien al contrario. Y de nuevo, la exclamación “¡no tenemos quien nos defienda!”.

Aun así, cuando planificamos las actividades pastorales de las parroquias, instituciones, grupos… aparentemente da la impresión de que todo depende de nosotros, de nuestras posibilidades, recursos y organización. Algo parecido sucede cuando revisamos y valoramos lo que hemos hecho y nos damos cuenta de los resultados conseguidos. Entonces podamos incluso llegar a culpabilizarnos y a anhelar tener más acierto. También podemos pensar en quien nos ayuda y defiende.

Esta sensación es parecida a las experiencias que vivieron también los primeros discípulos. Por eso Jesús, mirándonos, nos recuerda hoy: “Si me amáis guardaréis mis mandamientos. No os dejaré huérfanos. Rogaré al Padre que os dé otro defensor, el Espíritu de la verdad, para que se quede con vosotros para siempre” (Jn 14,15).

Y podemos estar muy convencidos de esta decisión de Jesús, cuando insiste que no nos dejará huérfanos y pide al Padre que nos dé otro defensor, el Espíritu de la verdad.

Ciertamente es gracias al espíritu defensor que él está presente entre nosotros, que podemos estar muy convencidos del valor de nuestra fe, que siempre tenemos quien nos defienda, porque son los sencillos quienes saben, y no los sabios e importantes. Podemos estar convencidos de que el Espíritu nos asiste en el ejercicio de nuestras responsabilidades y nos da valentía.

Pero, atención: Nunca podemos valorar del todo los resultados de nuestro trabajo porque también hay que contar con la acción del Espíritu.

Por eso, a pesar de todas las dificultades, no nos podemos sentir ni huérfanos ni sin quien nos defienda. ¡No podemos tener mejor defensor!

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 453 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.