En la Fiesta de San Juan de Ávila

Mis queridos hermanos en el sacerdocio:

Con ocasión de la memoria de San Juan de Ávila, patrono del clero español, tenemos la costumbre de celebrar una jornada sacerdotal, que en nuestra Diócesis lacelebramosel miércoles más cercano al 10 de mayo. Es unajornada sacerdotal, de encuentro, celebración, formación y convivencia en la que agradecemos la entrega y perseverancia de los sacerdotes ordenados hace 60, 50 y 25 años. Estos días, hablando con cada uno de ellos, he podido comprobar que hanvivido una existencia llena de fidelidades, sostenidas por la misericordia de Dios.Uno de estos sacerdotes, con santo orgullo, me decía: ¡todos los que nos hemos ordenado aquel día permanecemos fieles!

La fiesta de nuestro Santo Patrono coincide con los primeros pasos de las fases de recuperación de nuestra vida cotidiana. Después de haber sido visitados por el Covid-19, que ha dejado tras de sí, y todavía lo está haciendo, tanto dolor, preocupación, muerte, y también mucho heroísmo escondido, quisiera aprovechar esta ocasión para invitaros a que os convirtáis en testigos de esperanza yque tengáis mucha paz, prudencia y serenidad a la hora de comenzar esta etapa. Os aconsejo, vivamente, que prestéis atención a los criterios pastorales que os hemos enviado. Con ellos, deseamos prestaros un servicio,buscandovuestro bien y el de nuestros hermanos. Acogedlos como lo que son: unas normas de actuación comunes para nuestra Iglesia en Ourense. Quieren ser una ayuda para que, siendo fieles a ellos, en lo poco que se os pide, caminemos juntos, conscientes de que la actitud del sacerdote es fundamental en este proceso que pensamos será lento. Estas normas son una forma sencilla y comprometida de mostrar que somos capaces de “caminar juntos”, de vivir la sinodalidad. Por eso, ruego al Señor y a Santa María Madre, que se conviertan en un camino de esperanza y en ocasión de muchos bienes.

San Juan de Ávila, en las adversas circunstancias eclesiales de su época, estaba convencido de que el camino usado por muchos para reformar las costumbres caídas suele ser hacer buenas leyes y mandar que se guarden. El Santo Maestro era consciente, como lo somos todos, que de nada sirven los criterios y normas, por muy buenos y atinados que éstos sean, si en aquellos que deben llevarlas a cabo no hay fundamento de virtud para cumplirlas (…)han por fuerza de buscar malicias para contaminarlas y disimuladamente huir de ellas, o advertidamente quebrantarlas. Así decía San Juan de Ávila en Memorial primero al Concilio de Trento (1551).Nosotros, que continuamos nuestra marcha sinodal – ahora interrumpida por la visita inesperada del “coronavirus”-, estamos convencidosde que las causas de muchas inercias pastorales se encuentran en aquellos que hemos sido llamados a ser hermanos, padres, amigos, médicos y maestros para mejor servir a nuestros hermanos y, en ocasiones, nos quedamos a la vera del camino. Si en el siglo XVI era imprescindible la reforma de los ministros del altar, lo mismo pensaron los Padres del Vaticano II, los Papas posteriores y todos los que nos encontramos inmersos en las sesiones sinodales, cuya continuidad retomaremos en cuanto las circunstancias lo permitan con todas las garantías. No podemos olvidar que seguimos en Sínodo y así lo debéis compartir con vuestras comunidades parroquiales.

Los sacerdotes estamos llamados a ser relicarios de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios;a los cuales nombres conviene gran santidad. Este servicio tan excelso, superior a nuestras fuerzas y cualidades personales, requiere de nosotros, en palabras del Santo Maestro Ávila, que los sacerdotes tenganvirtudes más que de hombres y pongan admiración a los que los vieren.Es tan grande, hermoso y comprometido nuestro ministerio,que la clave de este servicio se sintetiza en: santidad personal.Sabemos bien que la santidad es el rostro más bello de la Iglesia (GE, 9), y los sacerdotes, para la mayor parte de nuestros conciudadanos, somos el rostro más significativo de esta Iglesia: los laicos y los miembros de la vida consagrada son la gran mayoría visibles de la rica diversidad de esta familia que es la Iglesia.

Estamos inmersos en una sociedad que está viviendo una acentuada y peculiar secularización, que no se percibe en otras naciones de nuestro entorno de la misma manera: es verdad que algunosno nos persiguen, bien es cierto que no nos quieren, o lo que a veces es peor, nos ignoran. Sin embargo, ahí estamos de manera silenciosa y humilde, como esos caminantes desconocidos al lado de los más necesitados y vulnerables, de los descartados, como las personas mayores que viven solas en nuestro mundo rural y el sacerdote se convierte para ellos en una persona de referencia y de apoyo.

Con todo, esta realidad no nos tiene que llevar a replegarnos; sino ¡todo lo contrario! debemos sentirnos orgullosos del ministerio sacerdotal, y motivos tenemos para hacerlo, también en estos momentos. Aunque algunos, para no perjudicar a nuestros padres ancianos y enfermos, hemos sido obligados a mantener con radicalidad el confinamiento en nuestros hogares, nos hemos sentido cerca de todos los que habéis estado trabajando, junto con los laicos y muchos miembros de la vida consagrada, en labores de caridad y solidaridad. Siemprehe tenido presente a los sacerdotes y demás agentes de la pastoral de la salud que, de forma heroica, habéis estado en primera línea atendiendo a los enfermos y a sus familiares, tanto en centros hospitalarios como en residencias y hasta en los mismos hogares. En nuestro país hay un buen número de sacerdotes y religiosos que se han contagiado con el Covid-19 y, a consecuencia de ello, algunos han muerto. No aparecen en las estadísticas, pero sabemos que es así.Conozco los sentimientos de los que habéis seguido ejerciendo vuestro ministerio, de cómo tuvisteis que acompañar a los fieles en el tránsito a la eternidad: la asepsia protocolaria no enfrió vuestros corazones de buenos pastores y de auténticos servidores de los hermanos en los momentos en los que se despedían de uno de sus seres queridos.

También vosotros, los sacerdotes mayores y enfermos, habéis observado una vida ministerial apoyada en la oración y en la súplica esperanzada por los fieles de vuestras comunidades y por las necesidades de esta sociedad dolida y atemorizada.Desearía recordar a otros miembros del clero que habéis sabido estar disponibles y en la brecha, atentos a aquello que tanto el Obispo como los vicarios os pudieran solicitar con el fin de desempeñar un servicio pastoral determinado. No quisiera callarme la presencia de alguno de nuestros sacerdotes el frente de las Cáritas parroquiales y en el comedor de Cáritas Diocesana; allí estuvieron, también, los seminaristas.

Mis queridos hermanos: En estos momentos, quisiera reiterar que a pesar del entusiasmo comprensible ante las primeras fases para volver a recuperar el pulso de lo cotidiano, que no perdáis la paz ni la serenidad, sin prisas ni precipitaciones. Atended y estudiad la manera adecuada -buscando el bien de todos – para que los criterios que se os han enviado, los vayáis encarnando en vuestras realidades pastorales. Cuidad la pastoral de acogida y escucha paciente de nuestro pueblo y, también de vuestros compañeros que después de este confinamiento pueden estar heridos por el dolor y la incertidumbre. Mientras, como le decía San Juan de Ávila a un sacerdote: diga Misa cada día, aunque no sienta devoción y confiese con frecuencia, con profundo conocimiento de sus males y crédito (…) y tenga fe y devoción a este sacramento (…) serle ha de grandísima dulcedumbre y seguridad.

No somos funcionarios; por eso, necesitamos tener siempre nuestra vida en sintonía con el Señor, Dueño de la mies, viviendo dentro dela dinámica dela gracia. Así preparados, serenos capaces de afrontar los retos pastorales que nos esperan sabiendo bien que el impacto del Covid-19 ha dejado una impronta en nuestra sociedad y seguirá haciéndolo, quiera Dios y sus Santos, que por poco tiempo. No perdamos esta oportunidad: este virus, visitante inesperado, nos tiene que llevar a replantear nuestras tareas sacerdotales y ministeriales; en este sentido, sed propositivos, como lo habéis hecho en las Sesiones de la Asamblea Sinodal y lo habéis demostrado a lo largo de estas semanas de confinamiento. De manera especial, os ruego que os preocupéis de los ancianos y enfermos que se encuentran confinados en sus hogares, a veces aplastados por la soledad que, en nuestra sociedad actual, se está convirtiendo en una  enfermedad que mata el alma con una virulencia superior a la de este virus.

Estad disponibles para atender a los fieles laicos. Algunos llevan sin acercarse a los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía y de la Reconciliación, desde antes de la Cuaresma. Sabemos que este año, en muchas zonas pastorales, no se han podido celebrar los “preceptos pascuales”, ofreciendo a nuestros hermanos el Sacramento de la Penitencia. Quisiera pediros que, manteniendo el protocolo establecido por las autoridades sanitarias y las normas de la prudencia pastoral, ofrezcáis la oportunidad a nuestros fieles para que se puedan reconciliar. Los atrios de nuestros templos y sus hermosos entornos, en este tiempo primaveral, son lugares privilegiados para improvisadas sedes confesionales al aire libre, sin riesgos ni peligros para nadie. Por ello haceros presentes y celebrad los Sacramentos durante la semana en lasparroquias más pequeñas, aunque sean pocos – pedidle ayuda a algún compañero para darle más posibilidades a la gente de tal modo que puedan hacerlo con entera libertad -. El haber celebrado la Eucaristía en “soledad” durante este tiempo nos tiene que ayudar a valorar más esas celebraciones con pocos fieles.

Os escribo en estos días del mes de mayo y en plena novena a la Virgen de Fátima, devoción tan entrañable en la ciudad y en muchos lugares de esta Iglesia en Ourense. Es un momento del año en el que nuestro pueblo siente en lo más íntimo de su corazón esa devoción mariana tan característica de estas tierras ourensanas: las flores de mayo, las romerías y las visitas a los santuarios de la Virgen. Acoged con un corazón paternal a todos aquellos que se acerquen a los templos, santuarios y ermitas, que buscan el consuelo y la ayuda en Nuestra Señora. Invitadlos a que impetren de su maternal corazón la salud para los enfermos, el consuelo para los que viven en la tribulación y el descanso eterno de los difuntos; que le supliquen para que nos libere de esta pandemia global; que nos conceda fidelidad y entusiasmo en nuestra vocación sacerdotal; y que nos regale vocaciones a la vida consagrada y al ministerio ordenado.

Por último, desearía pediros que no os olvidéis de encomendar al Espíritu Santo su ayuda y aliento en nuestro camino sinodal. Hemos tenido que posponer las últimas sesiones y, de manera especial, la Asamblea de Clausura. Sin embargo, no podemos perder de vista que esta singladura sinodal,por la que estamos navegando desde 2016, deberá adecuar su ritmo a las circunstancias que nos afectan, al igual que debe hacerlo toda nuestra labor pastoral. A los hijos e hijas de esta Iglesia, elegidos como sinodales en representación de este Pueblo santo, ayudadlos con vuestra oración, animadlos con vuestro entusiasmo y acompañadlos con vuestro corazón de padres, hermanos, amigos, maestros y servidores de la causa del Reino. Estos momentos de cruz y de tribulación que estamos viviendonos han de servir para crecer en santidad de vida y en las ansias apostólicas del Buen Pastor. ¿Somos y debemos seguir siendo Igrexa en camino!

Cuando me disponía a entregar esta carta para que se hiciese pública, me llegó la notificación de la Secretaría General de la Conferencia Episcopal Española, con la que se me hacía entrega de una carta dirigida a S. E. R. Mons. Juan José Omella, Cardenal Presidente de la CEE, con el ruego de hacerla llegar a los sacerdotes, con motivo de la Fiesta de San Juan de Ávila. Doy gracias al Señor por la coincidencia con los deseos manifestados por el Prefecto de la Congregación del Clero.

Me encomiendo a vuestras oraciones y os bendigo con todo afecto.

+ Leonardo Lemos Montanet

Obispo de Ourense

Mons. José Leonardo Lemos Montanet
Acerca de Mons. José Leonardo Lemos Montanet 49 Articles
Mons. J. Leonardo Lemos Montanet nació el 31 de mayo de 1953 en la parroquia de Santiago de Barallobre, ayuntamiento de Fene, provincia de Coruña y diócesis de Santiago de Compostela. A los 9 años se traslada con su familia a Ferrol, por destino de su padre, donde realiza los estudios hasta el bachillerato superior. Cursó el COU en el Instituto Xelmírez de Santiago de Compostela al tiempo que realizaba el propedéutico en el Seminario Mayor. Cursará los Estudios Eclesiásticos, siendo ordenado Diácono en el año 1978. En septiembre de ese mismo año será nombrado Formador en el Seminario Menor Diocesano de la Asunción. Desde este momento es socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El 19 de mayo de 1979 será ordenado Sacerdote al servicio de la Archidiócesis de Santiago de Compostela por el arzobispo D. Ángel Suquía Goicoechea. Continuó como Formador del Seminario Menor, al tiempo que colaboraba los fines de semana en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced de Conxo (Santiago), hasta septiembre de 1982 en que es enviado a Roma para ampliar estudios. Allí obtendrá la licenciatura en Filosofía Teorética por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y las diplomaturas de Arqueología Sagrada, Archivística y Biblioteconomía. Más tarde, obtiene el doctorado en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Roma, en junio de 1987, con la tesis Lo que llamamos ser humano. Ensayo sobre la antropo-ontología de Ángel Amor Ruibal. En el curso 1985-1986 empezará su actividad docente como profesor de Filosofía en el Instituto Teológico Compostelano y en el Seminario Menor de la Asunción, hasta la actualidad. Entre 1986 y 1988 ejercerá de capellán de la Residencia Universitaria Cristo Rey en Santiago de Compostela y profesor de religión en el Chester College International School. Desde septiembre de 1988 hasta junio de 2001 será Formador en el Seminario Mayor de Santiago de Compostela, labor que compaginará como sacerdote adscrito de la parroquia de S. Fernando, desde 1987 hasta la actualidad. Tras su etapa en el Seminario Mayor es nombrado Director Técnico del Seminario Menor Diocesano en el año 2001, cargo que desempeña en estos momentos. En el Instituto Teológico Compostelano, Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, desempeñará el cargo de Vicedirector desde 2007 hasta la actualidad, Director de la Biblioteca de Estudio Teolóxicos de Galicia, desde 1993 hasta 2007 y Director del Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas desde 2006. En diciembre de 2003 será nombrado por el Arzobispo de Santiago, D. Julián Barrio Barrio, Canónigo de la Catedral de Santiago de Compostela, ocupando el oficio de Canónigo-Secretario Capitular de la misma. El 16 de diciembre de 2011 la Santa Sede hizo público que S. S. Benedicto XVI lo ha nombrado nuevo obispo de Ourense.